Boris Izaguirre entrevista a Carolina Herrera (II)

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Carolina Herrera cuenta con más de 70 tiendas en el mundo. Lo que la señora Herrera me enseña con su paso ligero y sus manos que señalan sin señalar es la cocina de un imperio de moda que lleva su nombre y apellido, exporta su estilo y ha surgido de una aventura iniciada hace sólo 28 años. «Y aquí está el taller.» Los empleados ?estadounidenses, caribeños, orientales?, y muchas mesas de coser, planchar y dibujar esparcidas, reciben cada uno un saludo de la señora Herrera. fantasía contra la crisis Carolina observa un chaleco de la última colección colgado cerca de un busto. «Ésta es la prenda estrella. La idea la tuve revisando este libro de imágenes de Chardin, el célebre pintor de corte austriaco, que retrataba esas cacerías dieciochescas. De inmediato supe que era el tipo de lujo y excentricidad que necesitaba para esta colección en plena crisis económica. Todo el mundo triste, asustado... La moda tiene siempre que ofrecerte fantasía, una sorpresa, incluso una ironía, aunque luego te critiquen por ello. Hay de todo en esta colección; algunos de los trajes tenían tantas plumas que eran como avestruces inmensas golpeando con las plumas a los que estaban en la primera fila durante el desfile. Pero el chaleco es una idea que puede servirte en el trabajo, en fiestas, en cualquier clima, puedes llevarlo con o sin accesorios.» ¿Algo así como un hermano de su emblemática blusa blanca? «Es verdad que siempre estoy marcada por determinados golpes, las mangas en el principio de mi carrera, la blusa blanca, los chalecos ahora... Bueno, la moda para mí siempre ha tenido que ver con la edad. carolina herreraNo puedes vestirte siempre como si tuvieras veinte años. Cada edad tiene unas prendas. Lo difícil es aceptarlo, claro.» Avanza hacia la puerta y de repente mira los trajes que antes he visto desfilar. «Es una colección resort ?me explica?, se dejaron de hacer durante mucho tiempo y ahora han vuelto, porque sirven para cualquier tipo de clima.» O sea, ¿un efecto del calentamiento global? «La moda, Boris, se adapta a todo. Es la gran superviviente», dice mientras se acerca a los compradores rusos, que se asombran de ver a la mismísima Carolina Herrera entre ellos. «¿Están bien los sándwiches?», pregunta como si fuera una madre en una fiesta del colegio. Lo están. Avanzamos hacia el ascensor, siempre con ese caminar ligero, sorprendiendo a la gente que entra con una sonrisa que la deja parada, manteniendo la conversación sobre su colección junto con su asistente: «En Estados Unidos tuvimos que decir que la colección era sobre la vida en el campo, porque si hubiese dicho que me he inspirado en escenas de caza, la controversia habría sido terrible. Entiendo que avancemos en muchas cosas, pero si un cuadro de una escena de caza me inspira, es por la ropa, porque esas prendas han superado a la propia historia y yo las veo actuales y ponibles. Pero, en la moda, ser práctica lo es todo. Así que decidimos, campo en vez de caza.» Salimos al calor y al desmelene de una de las arterias de esta capital del mundo. Carolina saluda a porteros y curiosos con un gesto delicioso; es una estrella amiga de todos. «Es cierto que hay un poco de excentricidad en la moda; bueno, es el mejor ámbito del mundo para tenerla. Yo siempre he creído que hay que defender tus tradiciones, tu familia, tus valores, pero también tu punto de? excéntrica. Si no, seríamos todos iguales. Yo me he vestido muchas veces, muchísimas, con cosas exageradas, porque quería disfrutar esa faceta que te da la moda. La mayor parte de mi vida estoy como me ves ahora, porque tengo que trabajar, comer con un escritor venezolano, responder unos cuestionarios de ?¡Hola!?, regresar a mi casa para cenar con mi marido... La moda sólo tiene una libertad: fantasear.» comida con una megadama Manhattan circula a nuestro alrededor a la misma velocidad de su caminar y su mente.

 

Carolina Herrera, siendo una caraqueña nata, es una de las personas en el mundo que simboliza Nueva York. Y la ciudad que representa se convierte en una amalgama, un sinfín de lugares rápidos apenas reconocibles, estando a su lado. Entramos en el Cipriani Downtown y todo el restaurante, todo, se gira para verla avanzar hacia la mesa del fondo, «donde vamos a charlar tranquilos y vas a apagar la grabadora para hablar de nosotros. Tienes que seguir escribiendo, Boris, nada de seguir desnudándote en televisión, que ya lo has hecho y mucho». Asiento a todo lo que dice, pero sigo observando cómo la miran. Va vestida con una de sus características faldas por debajo de la rodilla, en un tono marfil con algo de mandarina y ligeramente volada, la cintura muy estrecha, la blusa blanca... natural, pero sin una arruga, un jersey muy fino sobre los hombros, nada de cartera, pulseras de oro en ambas muñecas. Me ve sudar dentro de mi Prada. «¿Por qué no te quitas la chaqueta? Eres como Reinaldo, puede hacer 40 grados y no se desprende de la chaqueta.» Le confieso que no sabía si era correcto entrevistar a una megadama como ella en vaqueros y camiseta. «Por supuesto, he visto de todo», me responde, y con rapidez le pregunto si vestiría a Michelle Obama. Su rostro adquiere una cierta seriedad. Durante los últimos 12 años de su vida, Jaqueline Kennedy Onassis vistió de Carolina Herrera. Para los norteamericanos, Jackie es hoy por hoy la representación absoluta de una primera dama.«Pero es muy distinto vestir a una primera dama. Ellas tienen que vestirse para su rol; en último caso, para su público. Desde luego que si me necesitan, allí estaré. Hillary y Nancy Reagan y la señora Bush se han vestido con mis creaciones. Por ahora debemos esperar a ver qué sucede en noviembre. El único problema de la primera dama es que ella no manda, sigue haciéndolo el presidente.

 

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