Boris Izaguirre entrevista a Carolina Herrera (III)

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carolina herreraDe alguna manera, en la perfecta selección de palabras, entiendo que Carolina Herrera habría sido más feliz si la candidata demócrata hubiera sido Hillary. «He visto muchos progresos en las mujeres, sin duda. En cualquier caso, no creo que haya que sacrificar nada de tu feminidad. Creo que puedes conseguir lo mismo que los hombres sin necesidad de actuar como ellos. Me parece tremendo que sea más fácil señalar a una mujer como ambiciosa antes que a un hombre. Tienes todo el derecho de aspirar a más, de ganar más, de conseguir más en tu vida. Y si encima lo haces bien vestida, estupendo. Cuando yo empecé, en los ochenta, creía que haría una colección, la vendería bien y después regresaría a Caracas para preparar otra. La gente de la moda pensaba que yo era una señora elegante que de pronto hacía trapos. Pero también hubo quienes me ayudaron, como Bill Blass y Óscar de la Renta, que me prestaron gente suya, costureros, mesas de trabajo, hasta hilo y aguja, en serio. Desde entonces, yo creo mucho en la colaboración, en prestar ayuda. Detesto esa gente que no quiere ni decirte el nombre de un restaurante porque creen que es información sagrada. La información está para compartirla.» ¿Cree que la moda antes era una cosa de unos pocos iniciados y que ahora se ha convertido en otra información más? «Boris, por favor, ¡si puedes comprarte un armario lleno de ropa por ordenador acostada en tu cama! La información ha cambiado completamente la moda. Puedes estar en Ohio o en Pekín y ver mi colección, la de Michael Kors, la de Dior... en cinco minutos gracias a Internet. Eso influye tanto, en mi opinión, que si algo ha apoyado la idea de la globalización es la moda. Es más, nos adelantamos a ella porque a partir de los años ochenta hemos ido vistiendo a gente de culturas muy distintas con nuestras prendas. Constituimos una identidad compartida. Pero yo hago moda porque es la única cosa en la vida que sigue divirtiéndome, sorprendiéndome. Cuando empezamos una colección en mi oficina, siempre digo que hay que parar, porque la creatividad es incesante. Una escena de caza, Chardin, Delacroix, llegamos a los reyes, pasamos a los reyes de lo inmobiliario, a la crisis, a las risas y es una obra de teatro permanente. » Pero por alguna razón, la gente sigue considerándolo un mundo afectado, poco serio, poco artístico. «Es que es muy afectado, porque ésa es su defensa, su sello. La gente cree que soy artificiosa porque salgo en la televisión y hablo y sobre todo me río como si fuera el Pato Donald. Me prometo a mí misma: no voy a verme como el Pato Donald y, zas, me veo.» Hay un ataque de risa, porque no lo parece para nada, pero entiendo su punto. Carolina Herrera da esa imagen de señora con mayúsculas que puede ocultar esta mujer cosmopolita, que ha visto a la sociedad internacional cambiar, evolucionar, detenerse, volver a avanzar. Amiga de Jackie O. y de Margarita de Inglaterra, pero también de todo el nuevo Hollywood, de artistas como Mapplethorpe y Warhol. «Sin embargo, soy tímida. En mi casa nos mantenían muy alejados del foco. Mi padre fue gobernador de Caracas, pero sus hijas no, y eso siempre lo agradecí, sólo que me hizo aún más vergonzosa y cada vez que tengo que aparecer siento cómo me congelo. Pero eso también es la moda, asumir roles, impulsarlos. Ahora, lo de la moda como un arte? Hay artistas, claro. Pero un cuadro tiene muchas vidas, cada día puedes descubrirle algo diferente. A un traje, no, es más limitado.» ¿Está en desacuerdo con esa escena de «Sexo en Nueva York» en la que una de las chicas llora por un bolso de Louis Vuitton. «¿Conoces a alguien que de verdad haya llorado delante de ti por un bolso?» Bueno, lo que me gusta del filme es que ofrece una nueva dimensión de los 45 años en la mujer. «Sí, pero exaltando que vaya disfrazada. Aunque comprendo lo que quieres decir. Toda mi vida ha sido entender que cada edad tiene un vestuario. Punto, no hay más ciencia. Y que la moda crea, o debe crear, para todas las edades. A mí eso me parece una auténtica revolución de nuestro medio. Vestimos a los 20, a los 30 y hasta a los 90. Todos los días de tu vida tienes que estar vestida», dice levantando las manos y abriendo los ojos, en esos típicos gestos que la convierten en una reina de sociedad con un punto de histrionismo adorable. «A los 60 no te puedes vestir como a los 30 sin quedar ridícula. Es como esta moda de las sandalias atadas hasta la rodilla; gírate y verás entrar por esa puerta un ejército de gladiadoras. ¿Dónde está Nerón?» recuerdos y reflexiones en off Llevamos más de tres horas juntos. Hemos apagado la grabadora para hablar de nosotros, de la prensa rosa española: «Todavía no entiendo cómo les pagan a tantas personas para que cuenten su vida en la televisión. Y siempre se ensañan con la mujer». De Isabel Preysler: «Ahí tienes una mujer que me parece valiente e interesante. Siempre que pienso en ella, digo: chapeau por Isabel. Lo ha hecho genial, mejor que nadie. Todo, seguir bella, mantenerse ». De la rivalidad entre madres e hijas: «Nunca lo he entendido. Si existe es porque hay algo que no está claro, que no se ha hablado.

A lo mejor es esa manía de ser amiga de las hijas. No, son tus hijas, tú eres su madre, punto. Yo respeto hasta donde llega mi sitio y ellas el mío. Y estamos muy unidas, pero ninguna se entromete en la vida de nadie». De Madame Maintenon y Madame de Montespan, las amantes y madres de los hijos de Luis XIV. «¡Ésas si que han sido influyentes y mujeres luchadoras!», afirma con una carcajada. De Hugo Chávez: «La cifra que aporta el petróleo al país es inmensa, altísima. El nivel de pobreza sigue igual». Y entonces le pregunto sobre ella y Reinaldo, una de las parejas fetiches de mi vida: «Vamos a celebrar 40 años juntos. Conocía a Reinaldo desde niña; yo era la mejor amiga de su hermana, que también se llamaba Carolina». Se queda callada un instante. «Me casé muy joven en mi primer matrimonio... muy joven.» Y en la pausa, siento que descubro a Carolina Herrera como una mujer que decidió su destino. Que de pronto se encontró en Caracas, en una alta sociedad estricta, aburrida y plana, atravesando un divorcio que entonces significaba el peor de los fracasos para una mujer de su generación, criando sola a las dos hijas de ese primer enlace. Siento que la voz se le quiebra un poco, imperceptible, se coloca una mano en la nuca, baja la mirada. «Me casé muy joven. Y después... Reinaldo estaba allí, siempre había estado, y empezamos a vernos en su casa, en el jardín. A reírnos juntos. Él, imagínate, uno de los hombres más bellos de su generación, el más fascinante...» Se queda mirándome, en un mínimo gesto ha revelado mucho de ella misma. Nunca olvidaré esa manera de acariciarse la nuca. «Nada en la vida viene solo, Boris. Todo lo que consigues es siempre a través de un enorme esfuerzo.» Volvemos al recorrido por Manhattan, hay carteles en los autobuses con su nombre. Carolina señala una pantalla de cine gigante en Bryan Park, en la 42. «Proyectan películas cada lunes del verano, son magníficas. Van a poner ?Superman?, la del 78, deberías verla.» ¿Por que? «Porque todos somos superhéroes», exclama riéndose.

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