Demna Gvasalia, el nuevo rey de la moda

El líder de Vetements y director artístico de Balenciaga ha puesto en marcha la revolución que la moda esperaba.

Demna Gvasalia, el nuevo rey de la moda

Son pocos los que aceptan hablar sobre el hombre del que todo el mundo habla. Algunos se lo piensan un tiempo antes de decirte que no. Otros, una vez que te han dicho que sí, te llaman al día siguiente para comunicarte que se lo han pensado mejor. El poder produce ese efecto. El miedo a desagradar es la mejor de las censuras. Pero es que en dos años, Demna Gvasalia (la ge es muda) se ha convertido en el hombre más seguido e influyente de la moda. Su marca colectiva Vetements (sin acento circunflejo), creada con dos amigos en el salón de su casa en marzo de 2014, ha inventado un streetwear diferente y anclado en la realidad, que se inspira en tiendas de ropa de segunda mano, en las colas del Carrefour, en el hip-hop y en el heavy metal, cuyo radicalismo de la década de los 90 ha tenido el mismo efecto que una descarga eléctrica.

Cazadoras bomber con mangas ultralargas, sudaderas con hombreras de quarterback, zapatos-calcetín con un encendedor Bic a modo de tacón, vestidos florales deconstruidos..., y todo esto, presentado por modelos no profesionales con pinta de tener mejores cosas que hacer que estar desfilando con esa ropa. “Es fea, por eso gusta tanto”, suele decir Gvasalia. El éxito mundial que ha obtenido con esta creatividad sin compromiso le llevó a ocupar el trono de Balenciaga en octubre de 2015. En su primer desfile para tan venerable casa, el pasado mes de marzo, todo –chaquetas entalladas exageradas y hombros remetidos, plumíferos de lo más elaborados…– estaba listo cuatro días antes del desfile. Ni rastro de estrés o noches en blanco. Algo que en el mundo de la moda no suele ocurrir.

Dicen de él que es dulce, humilde y educado; y sin embargo es capaz de estampar sobre una sudadera blanca con hombreras insultos del tipo “You fuck’n asshole” (algo que se podría traducir por “Gilipollas de mierda”). Todo lo que él hace es diferente. Desde los sitios donde hace sus desfiles –que van desde un sex-club gay en el barrio del Marais en París, un restaurante chino en Belleville o una iglesia–, hasta sus comentarios y opiniones. Así, por ejemplo, cuando una periodista de The Telegraph le echó en cara los exorbitantes precios de sus sudaderas XXL (650 euros), lejos de discutirle el trabajo de costura y el muletón que llevan–de 480 gramos en vez de 240 gramos, como suele ser costumbre–, le contestó: "No estoy lo suficientemente enganchado a la moda como para gastarme tal cantidad de dinero, prefiero irme de vacaciones. Es que las vacaciones son muy importantes”.

Demna Gvasalia, el nuevo rey de la moda

De la guerra civil a Vuitton. Detrás de esta aparente provocación se puede detectar la honestidad de un pragmatismo visceral, que propugna una moda más propensa a inspirar que a convertirse en objeto de deseo. Un punto de vista realista que encuentra sus raíces en la propia historia familiar. Demna nace en Georgia en 1981, de madre rusa y padre georgiano, encargado de un garaje. El uniforme de colegio de Gvasalia es el del ejército soviético, y a los dos años de la caída del muro de Berlín, estalla la guerra civil en Georgia (1991-1993). Huye con sus padres y su hermano pequeño Guram, de Soukhoumi, su ciudad natal, cuando los separatistas abjasios inician una limpieza étnica de georgianos.

Según confiesa Gvasalia a la revista i-D: “No podíamos cruzar las montañas [del Cáucaso], porque mi abuela tenía problemas para caminar, por lo que mi madre cambió un Kalashnikov por un caballo, al que subió a mi abuela y a mi hermano pequeño. Hubo gente que murió durante ese viaje. Estuvimos esperando una semana a que mi padre y mi tío volviesen. Llegaron en helicóptero y dieron con nosotros. Fue de película. Nos subimos al helicóptero, que estaba repleto de refugiados. Ese día, Guram cumplía 8 años”.

La familia hizo una parada en Tbilisi, prosiguió camino hacia Ucrania y pasó una temporada en Rusia, antes de instalarse en Alemania, concretamente en Düsseldorf. Demna tenía 18 años cuando descubrió Europa occidental. “Para mí fue como tener bulimia cultural. Me quería convertir en gótico, escuchar hip-hop y metal. De repente, lo tenía todo al alcance de mi mano. Ese mosaico de influencias forjó el enfoque que tengo de la ropa. Me vestía de manera totalmente esquizofrénica. Por eso en Vetements las referencias son tantas y tan variadas”.

Después de acabar su carrera de finanzas, renuncia a trabajar en banca y se va a Bélgica a estudiar moda en la Real Academia de Bellas Artes de Amberes. En 2009, empieza a trabajar en París en Maison Margiela, donde descubre el gusto por la deconstrucción-reconstrucción, apetito que hace que muchas veces le señalen como el nuevo Margiela. Él mismo declaró en L’Express que su “trabajo, a diferencia del de Margiela, no tiene nada de conceptual y que, a diferencia suya, el diseñador belga nunca se ha sentido atraído por la cultura de la calle. En 2013, entra en Louis Vuitton, cuando aún era director creativo Marc Jacobs. Sin embargo, cansado por las insaciables demandas del lujo y frustrado desde un punto de vista estético, lo dejó en 2014 para fundar Vetements con algunos antiguos compañeros de Maison Margiela.

Demna Gvasalia, el nuevo rey de la moda

La factory 2016. Comienza en ese momento la historia de una banda, basada en colaboraciones muy logradas y fiestas hasta el amanecer. Demna Gvasalia trabaja con sus amigos, cada cuál más underground y brillante que el resto. Es como de ese tipo de bandas de rock –en este caso con tendencias postpunk– sobre las que se hacen películas, algo diferente a lo que se suele dedicar un grupo de moda.

Serge Carreira, maestro de conferencias en Sciences-Po (Facultad de Ciencias Políticas en París) y responsable de sus cursos de Moda y Lujo, afirma que “lo que a ellos les parece normal, al resto les parece ultramoderno. Hay una pulsión inédita de bestialidad que hace tambalearse un universo precioso. Y el caso es que ahora, en la moda, todo el mundo quiere ser como ellos”.

Para empezar, nos encontramos con la diseñadora Lotta Volkova, de 32 años, originaria de Vladivostok y pieza clave dentro de Vetements; de hecho, es a la única que Demna se llevó a Balenciaga. Se conocieron en una pista de baile. Esta joven de flequillo oscuro y ojos azul piscina, dopada de la estética neo-grunge postsoviética, es en la actualidad la estilista más solicitada del mundo.

Fue ella la que se fijó en la creadora de joyas Zumi Rosow cuando apareció en la portada de una revista turca, donde se apreciaba el hueco que tenía en sus dientes por un paleto delantero que le faltaba. Enseguida la invitó a que desfilase para Vetements y Balenciaga.

Otro personaje clave del grupo es Paul Hameline que, con 20 años, posee una sensualidad andrógina y lleva como nadie los pantalones cortos. En las revistas más elitistas, su aire cool y desenfadado resulta muy del gusto de la vertiente underground de Justin Bieber.

La revista Man About Town lo presentaba de la siguiente manera: “Paul Hameline hace arte. Desfila para Vetements y Prada. Por las noches, es dj en fiestas de las que nunca has oído hablar. Se junta con personas que nunca querrían juntarse contigo”.

Demna Gvasalia, el nuevo rey de la moda

Pierre-Ange Carlotti, de 26 años, es el fotógrafo oficial de Vetements. Según él, Gvasalia es el mejor gestor del mundo. “Me dijo ‘quiero que seas tú y que hagas lo tuyo’. Era la primera vez que alguien me daba ese nivel de confianza. Eso te hace querer estar a la altura”, nos cuenta Carlotti, aún emocionado, en un café parisino. El look book que hizo de los ensayos se publicó en una edición limitada y se agotó en la primera noche.

El libro mostraba el retrato documental de una generación DIY, Do It Yourself (Hazlo tú mismo), en la que unos pantalones cortos fluorescentes se entremezclan con cartones de Ikea, los envases de leche convivían con un vestido lila de terciopelo o unas braguitas surgían por debajo de una parka. Todos tienen su hueco.

Clara 3000, de 26 años, es una dj en ciernes, cuyo primer Electronic Play (EP), disco electrónico, ha salido en septiembre. Esta lectora del filósofo Michel Foucault, “fundamentalmente de izquierdas”, que acudía a algunas asambleas generales de Nuit debout (movimiento social francés en la línea de los Indignados de la Puerta del Sol de Madrid), conoció a Demna a través de Lotta, en una fiesta en la que ella pinchaba.

Ahora, es ella quien compone las bandas sonoras de los desfiles de Vetements y de Balenciaga, donde también desfila. Mientras encadena un pitillo tras otro en un café del Marais, recuerda que “Demna es hiper-entusiasta y escucha mucha música, por lo que lo nuestro es una colaboración de verdad. Yo no llego dos días antes con el sonido y suelto: ‘Esto es lo que hay’. La última vez, cambiamos el final media hora antes del desfile. Todos tenemos ese gusto por las contraculturas, especialmente por el rave, con un enfoque algo insolente. Y a todos nos mueve un sentimiento de hacer cosas con urgencia, puesto que el ambiente presente te lleva a no esperar que las cosas sucedan”.

Demna Gvasalia, el nuevo rey de la moda

Un visionario abucheado. Gvasalia sentenció que “durante mucho tiempo se ha asociado la elegancia con la dulzura, pero creo que últimamente se ha vuelto más dura, más fuerte, más agresiva”. Debe de estar en lo cierto, puesto que sus diseños siempre se agotan, y hay que esperar a que los repongan del almacén.

Hay que decir que el credo de su hermano Guram, que se encarga de todo el lado empresarial de Vetements, se resume en la siguiente frase: “El verdadero lujo es escaso”. Siguiendo ese razonamiento, venden un número limitado de unidades a las tiendas. Los hermanos han dado alas a una pequeña revolución: a partir de este año, Vetements mueve las fechas de sus desfiles, y presentan sus colecciones en junio y enero (en vez de septiembre y marzo); es decir, en pleno momento clave para las precolecciones, cuando los compradores se gastan el 70% de sus presupuestos.

Su objetivo: permanecer más tiempo en las tiendas, evitar que el exceso de producción acabe a precios muy inferiores, y luchar contra el plagio. Al tener estatuto de marca de culto, los productos de imitación proliferan por todos lados. De su famosa camiseta amarilla DHL, que tiene estampado el logotipo rojo de la empresa de transporte, se hicieron 250 copias, pero en Instagram se pueden ver infinidad. El éxito de Gvasalia genera un gran debate. Algunos lo tildan de genio visionario, pero otros lo tachan de impostor.

Su última polémica fue la ausencia de modelos de color en los desfiles de Vetements y de Balenciaga –sacada a la luz mediante un artículo incendiario en la página web The Business of Fashion–, lo que indignó a la gente. El golpe fue duro. Balenciaga se disculpó inmediatamente, asegurando que “el origen étnico no había sido en ningún momento un criterio de selección de los modelos”. Demna se hizo de rogar. Parecía sonado. Pero su respuesta fue la presentación de los miembros del departamento de Vetements en I-D (Investigación y Desarrollo): jóvenes de Siria, de Tailandia, del Reino Unido, de Brasil, de Eslovenia... de todas las razas, sexualidades y creencias.

Ellos se ubican en una realidad postracista, en la que nunca había surgido la necesidad de preguntarse por el color de piel de la gente. Gvasalia pensaba en hacer desfilar a personajes, y no en cuotas. Nadie se lo reprochó, tal y como se demostró, al ser el invitado de la alta costura, el pasado verano. Y aunque en esa ocasión pecase de falta de anticipación, Gvasalia sigue siendo un visionario que critica el concepto de total look en favor de una moda de la que apropiarse, que es portadora de identidad.

En contra de la fast fashion desechable, él da valor a las prendas que uno guarda. Y en contra de las narraciones de temáticas estacionales, él reivindica el producto. Suele decir que una prenda “se hace para ponérsela, no para que acabe en un museo”. Ironías del destino, la Academia de Artes Decorativas de París eligió su vestido-sudadera rojo con capucha para representar el año 2016 en la exposición Fashion Forward, que narra 300 años de moda. Pese a todo, es algo que le hizo feliz.

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