El tesoro de las Hermanas Callot

La historia de las legendarias Hermanas Callot renueva su esplendor con la recuperación y restauración de algunas de sus visionarias creaciones de comienzos de la alta costura.

El tesoro de las Hermanas Callot

Hace unos años se produjo un asombroso descubrimiento en la villa florentina de La Pietra, construida en el Rencimiento por un banquero de la familia de los Medici y adquirida en 1907 por Hortense Mitchell Acton, una rica heredera de Chicago, casada con Arthur Acton, un anticuario anglo-italiano. Cuando, en 1940, el régimen fascista detuvo a la pareja y confiscó la villa, quedaron allí varios baúles que contenían un tesoro de la alta costura de principios del siglo XX con una etiqueta legendaria: “Callot Soeurs”. Ahora, y tras un delicado proceso de restauración, algunos de estos modelos han podido fotografiarse por primera vez.

La historia de las Hermanas Callot –como tantas en los inicios de la moda contemporánea–, reúne todos los ingredientes para resultar fascinante. Comienza con un señor pintor, profesor de diseño y anticuario, casado con una fabricante de encajes, felices padre y madre de cuatro hermanas –Marie, Marthe, Régina, y Joséphine– que crecieron en un ambiente artístico, creativo, artesanal, fecundo.

Mujeres modernas, pertenecientes ya al nuevo siglo que se anunciaba, las Hermanas Callot abrieron su primer establecimiento en 1895, en el número 24 de la Rue Taitbout de París. Enseguida, la modernidad de sus propuestas indumentarias, unida al virtuosismo artesanal de su fabricación, consagraron a la hermanas y a su marca: “Callot Soeurs”. El apellido Callot no es hoy muy conocido, pero ya en el segundo volumen de “En busca del tiempo perdido”, el narrador pregunta a su amada Albertine si hay mucha diferencia entre un vestido firmado Callot y uno de cualquier otro establecimiento. “¡Una diferencia enorme, mi pequeñín!”, le responde ella.

Pero, por desgracia, el cuarteto quebró en 1897, cuando la hermana menor, Joséphine, aun muy joven, se suicidó. Para entonces, las hermanas ya eran uno de los nombres imprescindibles de la moda de la Belle Époque. Madeleine Vionnet, una de las más influyentes y radicales diseñadoras del siglo XX, que fue costurera jefe de la casa, declararía años después: “Sin las enseñanzas de las hermanas Callot, yo hubiera seguido haciendo Fords en vez de Rolls-Royces”.

El tesoro de las hermanas Callot

Lo cierto es que el panorama de la moda estaba por aquel entonces completamente dominado por los hombres, pero las hermanas Callot exhibían orgullosas su condición de empresa femenina, y así lo mostraban ya desde su etiqueta. Cuando la firma participó en la Exposición Universal de París de 1900, contaba ya con 200 empleados y vendió por valor de dos millones de francos. Solo un año después, habían triplicado el número de empleados y doblado sus ventas.

Pero, además, o por lo mismo, las hermanas Callot ejercían una poderosa influencia en los hábitos de vida y vestimenta de las mujeres de la época. Fueron de las primeras en rechazar el corsé y en proponer vestidos que favorecieran la movilidad e incorporaran líneas fluidas. Además, situadas en el centro de la metrópoli colonial, supieron incorporar las referencias orientales a sus creaciones, utilizando telas costosas y exóticas. Las hermanas Callot tenían un talento especial, y una técnica incomparable, combinando  telas como el satén, la seda o el brocado, con oro cojo y plata, encajes, terciopelo y apliques. Tenían una gran reputación tanto por su mano de obra como por el cuidado del detalle en todo su trabajo. Fueron las primeras en utilizar la técnica del drapeado en sus diseños, y crearon ropa interior en gasa y seda, que embellecían con bandas de encaje, cintas y ramos de flores de seda. En 1914 presentaron un vestido camisero y se trasladaron a un local más grande en la avenida Matignon, involucrándose en Le Syndicat en defensa de la alta costura francesa para proteger sus diseños originales de las copias que ya entonces se hacían sin permiso: en este sentido, propugnaban que los diseñadores debían de tener su propia etiqueta.

En 1920, Callot era una de las principales casas de moda de París, y entre sus clientes se contaban actrices, ricas americanas y aristócratas europeas. Con sucursales en Niza, Biarritz y Buenos Aires, sus diseños aparecían en revistas de moda por todo el mundo. Pero en 1926 disminuyó su popularidad, sus diseños costosos no resultaban atractivos para las modernas mujeres profesionales. Los elaborados y elegantes vestidos no podían competir con los cómodos diseños de nuevos modistos, como la ya imbatible Coco Chanel. En 1937, la firma de las hermanas Callot fue absorbida por Calvet, que se dedica en la actualidad a la fabricación de bolsos y equipajes populares.

Etiquetas: alta costura

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