La colección de alta costura de Chanel, su creación paso a paso

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Seguimos, paso a paso, la trepidante creación del 'look' número 54 de la última creación de alta costura de Chanel.

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El Grand Palais de París se ha convertido esta vez en uno de los salones déco de espejos y butacas beige que Gabrielle Chanel abrió el año 1928 en el famoso 31 de la Rue Cambon pero, la recreación no es literal, es libre, de modo que los exclusivos invitados al desfile de verano de alta costura de la firma respiran a la vez el aire de dos atmósferas distintas, la de los orígenes de Chanel y la de su futuro. Pura magia. Sobre la pasarela, líneas tubulares que se combinan con estrictos ángulos rectos, hombros importantes y protagonistas, faldas tulipa y drapeados complejísimos que, sin embargo, parecen de construcción simple, trajes de tweed compuestos a base de cortes que simulan ser lo que no son (una chaqueta, un abrigo tres cuartos), vestidos de corte años treinta en satén duquesa, organza, tefetán, floqués, encaje, tul y jacquard, bordados abstractos que parecen gotas de lluvia sobre georgette de seda...

Pocos accesorios, pero claves: un omnipresente cinturón semiancho que marca la cintura de tal modo que consigue que las piernas de las modelos, que van sin medias, parezcan kilométricas, un divertido y sorprendente sombrero de copa chafado, como un acordeón, que se convierte así en la última versión del canotier, marca de la casa. Salones de cuero plateado iridiscente y una pulsera de perlas que colocan solo en uno de los tobillos, que es una de esas excentricidades, al límite del buen gusto, que tanto divierten a Lagerfeld. Botas altas ultrabordadas. Colores pastel y algún brochazo de azul eléctrico, justo a la mitad de las salidas de noche. Mucho tailleur, perfecto para mujeres con la estructura ósea y fibradas como la reina Letizia o Rania de Jordania. Poses que parecen sacadas de las ilustraciones de Sem, Douglas Poland o Edward Steichen o de las imágenes de las nobles y honorables inglesas tomadas por Cecil Beaton durante la década de los treinta.

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Con la alta costura, las firmas de moda, o al menos aquellas que se la pueden permitir, pretenden demostrar su poderío y su capacidad de ir más allá de sus propios límites utilizando, como si de un alfabeto se tratara, los clásicos del adorno y la compostura femeninos. Karl Lagerfeld, con esta colección y -de hecho, siempre que hace costura- parece querer decirnos "mirad qué sabemos hacer con la idea que todos tenéis de un simple volante, un lazo, las plumas o los bordados, mirad de lo que somos capaces". Pocas casas de costura tienen a su disposición cuatro talleres para perpetuar la técnica de este oficio que, de otro modo, estaría en vías de extinción. Mientras pensamos en todo esto aparece sobre la pasarela, en la posición cincuenta  y cuatro, de casi setenta salidas, el look que ilustra estas páginas. Un vestido de escote profundo en "V", cuello spencer, en organza plisada y bordada con pequeñas flores hechas con abalorios de cristal redondo y tubular, con las mangas farol bordadas de plumas de marabú y avestruz, cinturón de cuero, salones plateados y pulsera de perlas en uno de los tobillos.

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La piel de la modelo holandesa Kiki Willems, se confunde con la palidez del conjunto. Detrás de esta imagen fugaz hay un largo recorrido: apenas un mes y medio antes del desfile, Karl Lagerfeld junto a su mano derecha Virginie Viard entregan, a la Première que creen más adecuada el boceto del vestido, esta artesana experta se encargará de convertirlo en una realidad tridimensional con una tela de algodón blanco, la toile o glasilla.

Este proyecto de vestido se probará sobre un maniquí y se retocará, a mano, tantas veces como haga falta. Una vez esté perfecto, se realizará con los definitivos tejidos nobles. El taller de Lognon se encargará del plisado a vapor de la organza que después se mandará a bordar a Lamaire, encargado así mismo de bordar las plumas de las mangas, durante más de 400 horas.

Todas las partes del vestido se ensamblan y moldean, de vuelta, en los talleres de Chanel, sobre un maniquí de madera, primero, y sobre una modelo de pruebas, después. Antes del desfile, el vestido se ajustará sobre la modelo que lo defienda sobre la pasarela porque todo debe estar perfecto, está en juego el prestigio de Chanel. El reto es desplegar todo su arsenal creativo, conseguir el más difícil todavía y poner la tradición y su experiencia al servicio de la vanguardia.

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