Los secretos de una sesión con Karl

Lagerfeld se pone detrás de la cámara para disparar la portada de Marie Claire 25 años.

Karl Lagerfeld y Joana Bonet

Medianoche de junio en París. Hace apenas media hora que Karl ha co­gido la cámara, después de cenar. Sus cinco asistentes –capitaneados por Eric Pfrunder (30 años a su lado)– conforman un engranaje sofisticado con perfección prusia­na. Frédéric, Olivier, Xavier, Bernard y Lu­dovic son sus fieles escuderos, la complicidad rebosa en las pausas. «Es un maestro de la creación escénica, solo necesita tres disparos –dice Frédéric–. A diferencia de otros equipos, aquí no hay jerarquías», añade. «Si hemos aprendido algo con Karl es a mirarlo todo, es Sócrates paseándose por el jardín con sus alumnos», asegura Pfrunder. «Es el Andy Warhol de nuestro tiempo», acierta a decir la modelo Heidi Mount después de la sesión.

 
Karl se sube en una pequeña tarima. A los tres disparos ya pregunta, inquieto: «¿Cómo lo veis?». Entrega la cámara a Frédéric y va al ordenador. «Pas mal, non?». Nos reunimos en su despacho y comentamos una noticia del «WWD», un periódico de moda que adora. «No me importa que la gente a la que admiro me critique porque su opinión tiene valor para mí. Y los que no me importan, me da igual lo que digan, bueno o malo, porque no les leo». Amamos a Lagerfeld. El único que llama a las cosas por su nombre. La declaración que tanta polémica ha desatado en Internet se enmarca en un contexto sobre las acciones del gobierno francés. Y se trata de una transcripción resumida de una conversación en francés, en la que el káiser no se refiere a la persona, sino a las políticas fiscales impulsadas contra las grandes fortunas.

HISTORIA DE UNA PORTADA

Enrique Campos, nuestro director de moda, trae una máscara de Philip Treacy, «Jon es estupendo, me encanta trabajar con él, y con Heidi, y con Kati, que ahora está on the top», comenta Karl. Amor a tres, una historia sobre el deseo po­líticamente incorrecta. De vez en cuando saca una cadena de un saco don­de lleva varias alhajas y se la coloca a la mo­delo.

Cuando tiene la foto nos llama: «Enri­que, Joana, ¿qué os parece? Pas mal, non?». «Pas mal, Monsieur.» Mientras recogen, se sienta en la escalera que da a la calle. Son las dos de la madrugada y Karl bromea con los transportistas. Les da un billete verde, a es­condidas. «Ha sido divertido. Gracias por el iPod de música española, suena todo el día en mi casa.» Y nos besa un poco menos al aire que la primera vez, apretándonos la mano.

Etiquetas: karl lagerfeld

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