Marina Vargas: cargas y juegos

Con sus esculturas clásicas engullidas por masas informes, la artista (Granada, 1980) reflexiona sobre el concepto de belleza, la idea de libertad y el papel de la mujer en el mundo contemporáneo.

Marina Vargas: cargas y juegos

“No soy una mujer que suela usar tacones. Primero porque tengo un problema de rodilla, y si además son unos stiletti mucho menos. Llevarlos me supone un calambre en la pierna, rótula desencajada, y desplome al suelo”, confiesa con humor Marina Vargas. Lo primero que se le pasó por la cabeza cuando los vio fueron “imágenes de mujeres fatales, sensuales, juguetonas que el cine ha dispuesto siempre sobre grandes tacones”.

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Su intervención está estrechamente vinculada a las esculturas de uno de sus proyectos más recientes, Ni animal, ni tampoco ángel. “Pensé en la carga social y el peso que, queramos o no, seguimos llevando encima. Me vino a la mente '¡qué castigo!', hacer tu vida diaria, y todo lo que conlleva, sobre tacones. Miré la esquina de mi estudio y me acordé de cómo en el colegio te castigaban de espaldas mirando a la pared, y fijándome en los rincones me venían asociaciones tópicas como mujer-esquina o mujer de calle. Decidí hacer una pieza que aunara estas asociaciones, que no dejan de ser un lastre”. El resultado es esta pieza titulada Yo la llevo. El juego de 'la lleva' consiste en que, en un grupo de niños, uno debe tocar a los demás. Y estos, al ser tocados, tienen que permanecer como estatuas. “Quise subrayar cómo estos tópicos se contagian como un juego y cómo debemos convivir con ellos sin que nos dejen paralizadas como estatuas y sin terminar siendo meros objetos”. Una parálisis como la de estos zapatos a los que oprime esa carga de poliuretano rosa y rojo, esa carne viva, en que ha convertido su escultura

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