DKNY, colección crucero

La segunda firma de Donna Karan sigue apostando, aparentemente, por la rabiosa juventud

DKNY

Mientras que en la firma que lleva su nombre la neoyorquina apuesta por una silueta de hada, por la superposición de tejidos sedosos, rasos y gasas y por presentar una combinación de texturas como si fueran hojas de árboles caídas al suelo en otoño, su línea DKNY es definitivamente menos suave y mucho más callejera, a las modelos de esta colección sólo les falta un monopatín y un spray para hacer grafitis (la gorra de visera ya la llevan). Sin embargo, no es "street" todo lo que reluce, porque, si te fijas bien, la colección, estilismo pandillero, bomberes y zapatotes a parte, se enmarca en lo que aquí llamamos "semicoutrue" o mejor "minicouture". Esta silueta es la misma con la que investiga, por ejemplo, Alexander Wang en su nuevo Balenciaga, es decir, volúmenes de costura clásica combinados con estrictos cortes mínimal (que, por supuesto, conectan a la perfección con aquellos porque derivan de ellos) aliñados con complementos que lo mismo te salvan la papeleta en el Bronx que en una nave galáctica.

Este lookbook (no llega a ser un desfile, como pasa a menudo con las colecciones crucero) comienza con conjuntos en blanco y negro donde, amén de los citados volúmenes, encontramos largos flecos y piezas de cuero, camisas blancas (que son el comodín perfecto si no sabes qué cuerpo poner) y faldas y algún abrigo de plumas. Luego aparecen salidas en rosa, y lo hacen en el momento justo en que empezabas a aburrirte de tanto blanco y negro y de tanto sporty-couture. El rosa es un color que siempre funciona y aquí hay algún abrigo que nos recuerda poderosamente a aquel de Céline del invierno pasado que luego apareció, de forma un tanto más rústica, en Asos. Del rosa se pasa al rojo, un rojo muy rojo, un rojo sin titubeos. Es aquí donde encontramos nuestro look favorito: un mini vestido de encaje combinado con un cárdigan largo de punto calado. Los minivestidos de encaje no son, en general, santo de mi devoción, pero aquí funciona gracias a que se combina con punto. Es una suerte de mix a lo Kurt Cobain pero en versión tarta de fresa. Es la típica combinación con la que Valeria Bruni Tedeschi vestiría a alguna de las heroínas de sus films, aquellas que siempre van con una cierta prisa y despeinadas y que siempre parece que vayan a tropezar (consiguiéndolo la mayoría de las veces). La colección acaba con trajes chaqueta en un bonito y comercial azul marino y con unos conjuntos en blanco roto a base de abrigos y chaquetas (algunas de ellas con bordados color aguamarina muy efectivos) combinados con pantalones Pierrot, anchos, largos, gustosos. Estos conjuntos en blanco le sirven lo mismo a una cirujana que a una monja, a una ejecutiva que a una domadora de delfines.

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