En contra de viajar

El último desfile de Chanel de P/V 2016 se celebró, como es habitual, en el Gran Palais de París decorado, para la ocasión, como si fuera un auténtico aeropuerto. Viajar se ha convertido en signo de modernidad, es la típica cosa que la gente dice que le encanta hacer, pero que, si lo pensaran bien, no haría. Este desfile de la firma capitaneada por Kar Lagerfeld nos inspira una serie de reflexiones en torno al hecho de viajar.

viajar
Chanel

Cuando a la gente le toca la lotería, si les toca poco, dicen que “qué bien, así podré tapar algunos agujeros”, pero, si les toca mucho, dicen “me encantaría ir de viaje”.
En los concursos “el viaje” era todo un regalazo, al igual que “el coche” que, de alguna manera, permitía “viajar”.
La gente lo dice mucho, la gente lo quiere mucho, la gente quiere viajar. Pues allá ellos.
Pero nadie dice la verdad, porque la gente lo que quiere, en el fondo, es huir. Huir de sus miserables vidas  y del control sistemático al que estamos sometidos. Y huir de la rutina aplastante y de un amor que ha dejado de serlo y de las cargas que te has ido imponiendo (hijos, perros, hipotecas, créditos, rezos…), la gente quiere viajar porque quieren sentirse, otra vez, ligeros, libres y nuevos.
Viajar no soluciona nada, porque de la misma manera que si cambias de país la luna te sigue inevitablemente, así tus miserias te seguirán también allí donde vayas. Para viajar bien, para estar bien en definitiva, hay que solucionarse in situ.
Sea como sea, hay que recordar que antes se podía viajar con una cierta libertad y encontrar sitios en los que por poco dinero podías comer, dormir o pasarlo estupendamente. Hoy da igual porque vayas donde vayas te vas a encontrar un Zara al lado un Starbucks.
La aventura, esa otra manía que tienen las personas, que proporcionaba supuestamente viajar, hoy acaba irremediablemente en la puerta de una tienda de Gap.
Si vas a Nueva York, ciudad de ciudades, destino de destinos, te pasaran cosas increíbles, porque hoy ni hacer turismo en paz te van a dejar.
Les dices a tu peña que te vas a Manhattan y van los otros y te dicen que ahora lo que se lleva es Williamsburg o Lindenburg o Kentucky o cualquier cosa menos estar en la isla, lo que mola no está donde tú estás. El Nueva York que mola ahora está a 200 kilómetros del mismo Nueva York, por lo que yo recomendaría que, en vez de a Manhattan, pilles un tren directamente a Toledo.
Luego está el tema del hotel, porque al ser nosotros pobres, pero como vamos de cool, que esa es otra, que somos idiotas, alquilamos habitación en un hotel de estos modernitos que tiene la cama en el suelo (como los japoneses) y la ducha a la vista. No hay una silla donde sentarse, no hay una mesa donde apuntar nada, no hay minibar (a lo sumo una cesta con pistachos y una barrita energética, todo ecológico, por supuesto). Como todas la habitaciones de hotel del mundo actual y de hecho, como en todas las oficinas, casa, bancos, museos, como en todas partes, se oye aquí también un ruido incesante que proviene, supuestamente, de la ventilación.
La incomodidad de las habitaciones de hotel que nos tocan a los imbéciles de la clase media depauperada que nos hemos creído que podíamos viajar como lo hacen los ricos, provoca que estés todo el día en la calle, básicamente por dos razones, la primera, ya apuntada, porque no hay Dios que pueda quedarse en la minúscula habitación de hotel a descansar y, la segunda, porque la gente tiene la manía de “aprovechar”. Aprovechan el tiempo para no perderse nada y poder contestar afirmativamente a las preguntas de los repipis esas tipo “y habéis estado en las galerías de Chealse” o “y habéis estado en La veau d’Or” y mierdas por el estilo que la gente pregunta, porque ahora, como todo el mundo viaja, todo el mundo se cree que viaje mejor que tú. Total que llegas a tu casa destrozado completamente después de haberte recorrido toda la ciudad de turno y alrededores (Williamsburg, Pitsburg, Kentucky) a pie.
Lo del jet-lag no es verdad, es sólo cansancio lo que ustedes notan cuando vuelven de un transoceánico. Cansancio soberano que se habrán provocado ustedes mismos arrastrados por la manía de aprovechar y de no quedar mal delante de sus amigos postureros.
Otras cosas que pasan cuando viajas:
Que todo el mundo te recomienda sitios para ir a comer. Es alucinante, la gente sólo piensa en comer.
Que asistes a una batalla de pedos en el avión, sobretodo de vuelta, porque yo tengo comprobado que a la ida la gente se contiene más. El olor a pedo se mezcla con el de la carne estofada que te dan y con el de la manta esa acrílica que huele fatal.
Que llegas al destino y a tu casa totalmente doblado porque de la misma manera que las habitaciones de hotel son ínfimas, donde antes, en los aviones, cabían tres filas de butacas, ahora caben ocho. Además ten por seguro que el pájaro que se sentará delante de ti  recostará la butaca hasta partirte las dos piernas.
Harás colas todo el rato.
No te podrás emborrachar, que es lo último que te quedaba, porque una copa de vino cuesta 25 dólares. Y olvídate de la recomendación del Ministerio de Sandidad español, esa que aconseja tomar cinco piezas de fruta al día.
Quizás, lo que quieren los poderes fácticos, es que viajemos para volver agotados y consumidos (es literal porque te dejas un pico) de cara a no pensar, de tanto cansancio, en cómo mandar a los tales poderes fácticos a la mismísmia porra, por decirlo fino.

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