Los mejores looks del desfile de Gucci

Para la propuesta de otoño / inviero 2017 - 2018, Alessandro Michele ha imaginado un jardín en el que los alquimistas más románticos estudian especies animales y vegetales. Todo esto sucede enmarcado en un laboratorio antimodernista en el que las batas blancas están desterradas y el atuendo de los estudiosos rinde homenaje a la flora y la fauna con la que conviven.

Como si de un laboratorio de alquimia se tratara, se seleccionan, analizan, descomponen y tratan las sustancias...

Es un proceso creativo en base a una lenta incubación y súbitas revelaciones. Un proceso en el que el poder de la imaginación compele la inercia de la realidad.

Del mismo modo en que la alquimia trataba de transformar los materiales básicos en oro, lo que aquí resulta es un precioso destilado, producto de un proceso onírico de transmutación de la materia. Un torbellino transformador que reubica fragmentos, códigos e historias proyectadas sobre un nuevo horizonte de significado.

Un cambio de estado en el que los ecos y las supervivencias, "las represiones y el retorno de lo reprimido, las repeticiones y revisiones, las tradiciones y los eslabones perdidos, los movimientos tectónicos y los terremotos superficiales" (G. Didi-Huberman), crean el argumento de una nueva fábula.

El jardín del alquimista es un laboratorio antimodernista...

...en tanto que rechaza algunos de los principios en los que se basa un cientificismo caracterizado por su rigidez y determinisimo. Es el lugar en el que se deja atrás la fatídica lógica de la no contradicción.

Ese lugar en el que se rinde homenaje a la ambivalencia, entendida como la posibilidad de aceptar explicaciones antitéticas de la realidad. En este marco, deflagran los dualismos (hombremujer, esencia-apariencia, sombra-luz, inmanencia-trascendencia, cuerpo-espíritu, bienmal, interior-exterior), los enfoques taxonómicos y las separaciones estrictas.

Es una operación destinada a recuperar la complejidad de la existencia, en la que conviven las superimposiciones y las tonalidades, las aparentes contradicciones y las falsas antinomias. Así, pensar en uno mismo como individuo conlleva la necesidad de reconocerse como un devenir múltiple (G. Deleuze): una unidad que se refugia en el interior de un "conjunto de yoes" (G. H. Mead), una multitud de identidades –conciliadoras y conflictivas, conocidas y 
desconocidas–.

Dicha unidad está bien representada por un antiguo símbolo egipcio, el uróboros: una serpiente engullendo su propia cola. Un símbolo que contiene toda paradoja: destruye y concibe a través de un proceso de autorenovación que engloba lo opuesto. Una revuelta andrógina, híbrida y espuria que debilita los cimientos de la funesta rigidez del pensamiento dicotómico.

Texto: Gucci.

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