Ana García-Siñeriz

ANA GARCÍA-SIÑERIZ   Cada mañana, cuando doy un beso a mi hija antes de que salga para el colegio pienso en todas las niñas que llevarán horas levantadas en una chabola, o en una fábrica , o en la calle revolviendo entra las basuras.   Cada tarde , cuando vuelve después de un día entre columpios, maestras que le regañan porque habla demasiado, amigas para siempre y arañazos en la rodilla, pienso en todas esas niñas a las que les quedan horas cosiendo con sus pequeñas manos, que todavía no han encontrado un tesoro en su montón de deshechos, que tiemblan esperando a un hombre que les hará perder para siempre la niñez.   No podemos estar en todas partes, pero no por ello se justifica que no hagamos nada. Cambia la vida de una sola niña y la tuya tendrá más sentido . Una a una cada vez serán más las que estén donde deben estar.  

ANA GARCÍA-SIÑERIZ

 

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Cada mañana, cuando doy un beso a mi hija antes de que salga para el colegio pienso en todas las niñas que llevarán horas levantadas en una chabola, o en una fábrica , o en la calle revolviendo entra las basuras.

 

Cada tarde , cuando vuelve después de un día entre columpios, maestras que le regañan porque habla demasiado, amigas para siempre y arañazos en la rodilla, pienso en todas esas niñas a las que les quedan horas cosiendo con sus pequeñas manos, que todavía no han encontrado un tesoro en su montón de deshechos, que tiemblan esperando a un hombre que les hará perder para siempre la niñez.

 

No podemos estar en todas partes, pero no por ello se justifica que no hagamos nada. Cambia la vida de una sola niña y la tuya tendrá más sentido . Una a una cada vez serán más las que estén donde deben estar.

 

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