Entrevista a Quique Figaredo

Enrique Figaredo (Gijón, 1959) se ponía de portero en el colegio cuando nadie quería serlo y se vestía de indio cuando todos los niños preferían ser vaqueros. Quizá ahí estuvo la clave de una personalidad que le hizo abandonar una prometedora carrera empresarial para convertirse en sacerdote jesuita. Una decisión que no sentó muy bien a su familia, especialmente a su padre, Alberto, perteneciente a la alta burguesía de Asturias. Kike, como le conoce todo el mundo, hoy obispo en Battambang (Camboya), volcado en la atención de los mutilados por las minas antipersona, estaba destinado a seguir los pasos de los hombres de la familia, como lo hizo, por ejemplo, su primo Rodrigo Rato, ex vicepresidente del Gobierno. Su proyecto es uno de los beneficiarios de Escuela para Todas.   Marie Claire. ¿Cómo fue su primera experiencia en el Servicio de Refugiados de los Jesuitas, en la frontera con Tailandia? Kike Figaredo: Llegué a Bangkok con 25 años, a un mundo tan diferente... Estaba muerto de miedo porque entrábamos en zona de guerra. Pero cuando me encontré con tantos niños, tanta alegría... Todo tomó sentido.   MC. En ese momento tuvo su primer contacto con los mutilados. ¿Cómo se le ocurrió la idea de fabricar una silla de ruedas especial para los heridos por las minas? K.F. Un día vino un grupo inglés que se llama Motivation a visitarnos a La Casa de la Paloma, nuestro centro de formación profesional para discapacitados. Son expertos en diseño y nos ofrecieron ayuda. La silla que ideamos es de madera y se puede alargar o acortar de acuerdo con las necesidades personales.También tenemos un proyecto de educación para personas con discapacidad. Intentamos dar un oficio a cien alumnos: estudian carpintería, mecánica, costura, agricultura. Y está el Centro Arrupe, donde estudian cincuenta y un niños y niñas.   MC. Usted trabaja con un equipo de varias nacionalidades, ¿cómo es la convivencia? K.F. La clave está en la población local, pero cuento con un grupo de voluntarios extraordinario: españoles, australianos y coreanos de diferentes confesiones religiosas. El único camino que tenemos es el diálogo interconfesional. He aprendido mucho del budismo. Soy profesor invitado en una universidad budista y es precioso estar delante de señores que tienen creencias diferentes.   MC. ¿Cree que en el Tercer Mundo la Iglesia debe flexibilizarse en asuntos morales? K.F. En los países pobres, donde las necesidades son diferentes, no hay que ir con esquemas preconcebidos. Tenemos que aprender de la vida de la gente y de las situaciones concretas.   MC. ¿Cuál es la situación de la mujer en la sociedad camboyana? K. F. Son la fuerza básica de Camboya: cargan con el peso de la familia, de la economía y son las mejores trabajadoras sociales. Pero sufren la injusticia del machismo.   MC. ¿Cómo puede cambiar la vida de una niña el hecho de que vaya al colegio? K.F. Voy a poner un ejemplo. Bari perdió las dos piernas por una mina, es la mayor de cinco hermanos, y cuando le di la silla de ruedas le dije a su padre: «Esta niña tiene que ir a estudiar». Y me contestó: «¿Para qué? Si es tonta». Como la escuela estaba lejos, a tres kilómetros, acabó viniendo con nosotros al centro Arrupe. Bueno, hoy está en segundo curso de universidad. Si no le hubiéramos dado una oportunidad, no saldría de su casa, no sabría leer ni escribir...   MC. Ese caso se puede extrapolar al resto de las niñas, aunque no estén discapacitadas... K.F. Sí. Cuando una niña estudia, se le abre el mundo. Y toma distancia del problema de la pobreza en casa, reflexiona, mide sus fuerzas. A una niña que no tiene estudios no la respetan. Yo les digo: «Si estudias, nadie te va a mirar por encima del hombro». Y escuchan.   MC. La prostitución infantil es un problema muy grave en Camboya, ¿qué se puede hacer para evitarla? K.F. Lo principal es la educación e intentar sacar a las familias de la pobreza. Tengo un caso de un padre viudo, endeudado hasta arriba, que sólo tiene hijas. ¿Y qué hace? Pues manda dos o tres a Tailandia y no piensa en que les destroza la vida. Hay que dar a conocer el problema allí mismo: en las escuelas, en los pueblos...   MC. ¿Qué lección de vida ha aprendido durante estos años? K.F. Que merece la pena. Yo no me cambio por nadie.  

figaredoEnrique Figaredo (Gijón, 1959) se ponía de portero en el colegio cuando nadie quería serlo y se vestía de indio cuando todos los niños preferían ser vaqueros. Quizá ahí estuvo la clave de una personalidad que le hizo abandonar una prometedora carrera empresarial para convertirse en sacerdote jesuita. Una decisión que no sentó muy bien a su familia, especialmente a su padre, Alberto, perteneciente a la alta burguesía de Asturias. Kike, como le conoce todo el mundo, hoy obispo en Battambang (Camboya), volcado en la atención de los mutilados por las minas antipersona, estaba destinado a seguir los pasos de los hombres de la familia, como lo hizo, por ejemplo, su primo Rodrigo Rato, ex vicepresidente del Gobierno. Su proyecto es uno de los beneficiarios de Escuela para Todas.

 

Marie Claire. ¿Cómo fue su primera experiencia en el Servicio de Refugiados de los Jesuitas, en la frontera con Tailandia?

Kike Figaredo: Llegué a Bangkok con 25 años, a un mundo tan diferente... Estaba muerto de miedo porque entrábamos en zona de guerra. Pero cuando me encontré con tantos niños, tanta alegría... Todo tomó sentido.

 

MC. En ese momento tuvo su primer contacto con los mutilados. ¿Cómo se le ocurrió la idea de fabricar una silla de ruedas especial para los heridos por las minas?

K.F. Un día vino un grupo inglés que se llama Motivation a visitarnos a La Casa de la Paloma, nuestro centro de formación profesional para discapacitados. Son expertos en diseño y nos ofrecieron ayuda. La silla que ideamos es de madera y se puede alargar o acortar de acuerdo con las necesidades personales.También tenemos un proyecto de educación para personas con discapacidad. Intentamos dar un oficio a cien alumnos: estudian carpintería, mecánica, costura, agricultura. Y está el Centro Arrupe, donde estudian cincuenta y un niños y niñas.

 

MC. Usted trabaja con un equipo de varias nacionalidades, ¿cómo es la convivencia?

K.F. La clave está en la población local, pero cuento con un grupo de voluntarios extraordinario: españoles, australianos y coreanos de diferentes confesiones religiosas. El único camino que tenemos es el diálogo interconfesional. He aprendido mucho del budismo. Soy profesor invitado en una universidad budista y es precioso estar delante de señores que tienen creencias diferentes.

 

MC. ¿Cree que en el Tercer Mundo la Iglesia debe flexibilizarse en asuntos morales?

K.F. En los países pobres, donde las necesidades son diferentes, no hay que ir con esquemas preconcebidos. Tenemos que aprender de la vida de la gente y de las situaciones concretas.

 

MC. ¿Cuál es la situación de la mujer en la sociedad camboyana?

K. F. Son la fuerza básica de Camboya: cargan con el peso de la familia, de la economía y son las mejores trabajadoras sociales. Pero sufren la injusticia del machismo.

 

MC. ¿Cómo puede cambiar la vida de una niña el hecho de que vaya al colegio?

K.F. Voy a poner un ejemplo. Bari perdió las dos piernas por una mina, es la mayor de cinco hermanos, y cuando le di la silla de ruedas le dije a su padre: «Esta niña tiene que ir a estudiar». Y me contestó: «¿Para qué? Si es tonta». Como la escuela estaba lejos, a tres kilómetros, acabó viniendo con nosotros al centro Arrupe. Bueno, hoy está en segundo curso de universidad. Si no le hubiéramos dado una oportunidad, no saldría de su casa, no sabría leer ni escribir...

 

MC. Ese caso se puede extrapolar al resto de las niñas, aunque no estén discapacitadas...

K.F. Sí. Cuando una niña estudia, se le abre el mundo. Y toma distancia del problema de la pobreza en casa, reflexiona, mide sus fuerzas. A una niña que no tiene estudios no la respetan. Yo les digo: «Si estudias, nadie te va a mirar por encima del hombro». Y escuchan.

 

MC. La prostitución infantil es un problema muy grave en Camboya, ¿qué se puede hacer para evitarla?

K.F. Lo principal es la educación e intentar sacar a las familias de la pobreza. Tengo un caso de un padre viudo, endeudado hasta arriba, que sólo tiene hijas. ¿Y qué hace? Pues manda dos o tres a Tailandia y no piensa en que les destroza la vida. Hay que dar a conocer el problema allí mismo: en las escuelas, en los pueblos...

 

MC. ¿Qué lección de vida ha aprendido durante estos años?

K.F. Que merece la pena. Yo no me cambio por nadie.

 

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