Normcore: el triunfo de vestir normal

El triunfo del vestir normal se impone al mismo ritmo que avanza la necesidad de las mujeres de abandonar la hiperfeminidad, la afectación. Un auténtico cambio de escenario en el que los roles de género se equilibran.

Nueva normalidad

Cualquier persona que sienta un cierto interés por las tendencias habrá oído hablar últimamente del normcore, un término surgido en el laboratorio de ideas neoyorquino K-Hole, que se define como "la decisión de adoptar lo común como una nueva manera de ser cool, en vez de buscar la diferencia o la autenticidad". O sea, que ahora para ser guay hay que vestir como el que no quiere la cosa, sin esfuerzo aparente; en inglés, effortless.

FASHIONISTAS ESTRESADAS

La ansiedad de las editoras y estilistas de moda saliendo o entrando de un desfile en Milán, París o Nueva York, resueltas a convertirse, a cualquier precio, en modelos de Scott Schuman (The Sartorialist), las ha precipitado hacia la excentricidad a base de superponer capas y capas de prendas y accesorios de aquellos que antaño definíamos como "lo último de lo úlimo". Las blogueras de altos vuelos, y las de medio pelo también, han seguido los pasos de las madames de la moda, de manera que el fashion estrés está a la orden del día. En el otro extremo, el antiestilo de Larry David, Steve Jobs o Jerry Seinfeld parece que es la cumbre del normcore, aunque hay que decir que, a nosotros, este nos recuerda poderosamente al preppy, definido en 1980 por Lisa Birnbach en The Official Preppy Handbook.

Nueva normalidad (2)

Podría parecer que estas líneas van sobre el normcore. Pues no. Porque lo que aquí llamamos, desde hará, como mínimo, un año, vestir normal no tiene que ver tanto con un cambio de armario, sino con un cambio de actitud que se viene fraguando desde hace años. Actualmente visten normal todas aquellas mujeres que, seguras de su rol y su posición en el mundo, no necesitan encaramarse a unos tacones de doce centímetros para estar, literal y figuradamente, a la altura. No necesitan, sistemáticamente, mostrarse hiperfemeninas ni posturear. Se acabó lo de mariposear. La indumentaria, en sociedades auténticamente democráticas, ya no sirve para distinguir géneros, estatus o roles. Hagan el trabajo que hagan, las mujeres son ejecutivas (o sea, que ejecutan) y para ello necesitan vestir normal. No de forma anodina o sin sofisticación, sino con prendas prácticas como las que diseñaba, por ejemplo, Anne-Marie Beretta en los ochenta del siglo pasado o como las que hoy presentan, entre otros, Céline, Hermès o el Louis Vuitton de Ghesquière. Tiene el vestir normal, efectivamente, algo de aquello que hemos definido otras veces como minimal, pero es más práctico y, sobre todo, más cálido. Y la calidez es, por cierto, otra de las grandes tendencias y necesidades del momento.                        

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