Pepa Fernández

Pepa Fernández   Me admira la capacidad de empatía que desarrollamos para sufrir con los que sufren cuando los tenemos cerca. Vemos a un niño mendigo en Marruecos o en la India y sentimos deseos de llevárnoslo a casa. Pero me admira aún más si cabe la facilidad que demostramos para olvidar ese sufrimiento ajeno cuando nos alejamos de él. Los viajes turísticos a países pobres se convierten a menudo en una cura de humildad y en una inyección de sentimientos solidarios, que desaparecen --o al menos se atenúan-- cuando regresamos a nuestra cómoda y apresurada realidad. Me sumé a esta iniciativa de Marie Claire en cuanto me lo propusieron porque supone una vacuna contra el olvido. Lo que para nosotros resulta habitual, en otros países es un lujo, una utopía, un sueño.La educación constituye un derecho que hay que garantizar en cualquier condición porque sin ella son imposibles el desarrollo personal y la mejora de las condiciones de vida. Muchísimas personas aportan sus donaciones a organizaciones humanitarias, o trabajan como voluntarias en favor de los pobres. Pero este problema no se solucionará mediante la caridad individual de los ciudadanos porque con eso no alcanza para todo cuanto que necesitamos. No sobrará ningún donativo, desde luego, pero todos debemos exigir a los Gobiernos que empleen una parte de nuestros impuestos en ayudar a quienes más lo necesitan.   Debemos proclamar que algunos de los lujos que tan electoralistas resultan a menudo --y que con tanto alborozo se reciben-- podrían ser sustituidos por ayudas a países que aún luchan contra la injusticia con que se ha repartido la riqueza por el mundo. Iniciativas como "Escuela para todas" son muy útiles porque --aparte de su efectividad para un caso concreto-- nos llaman a la reflexión y, por qué no, también al enfado. Ojalá lo podamos proyectar adecuadamente, por los canales que ofrece la sociedad democrática, para que nuestros representantes políticos entiendan que esto nos importa mucho. Nosotros no partiremos de cero, porque la cooperación española ha aumentado sin cesar. Pero el camino es largo.Ya que nos gusta tanto construir y colocar primeras piedras, pongamos una que no sólo estará hecha de cemento sino de ilusión, de esfuerzo, de cariño y de futuro.      

Pepa Fernández

 

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Me admira la capacidad de empatía que desarrollamos para sufrir con los que sufren cuando los tenemos cerca. Vemos a un niño mendigo en Marruecos o en la India y sentimos deseos de llevárnoslo a casa. Pero me admira aún más si cabe la facilidad que demostramos para olvidar ese sufrimiento ajeno cuando nos alejamos de él. Los viajes turísticos a países pobres se convierten a menudo en una cura de humildad y en una inyección de sentimientos solidarios, que desaparecen --o al menos se atenúan-- cuando regresamos a nuestra cómoda y apresurada realidad.


Me sumé a esta iniciativa de Marie Claire en cuanto me lo propusieron porque supone una vacuna contra el olvido. Lo que para nosotros resulta habitual, en otros países es un lujo, una utopía, un sueño.
La educación constituye un derecho que hay que garantizar en cualquier condición porque sin ella son imposibles el desarrollo personal y la mejora de las condiciones de vida. Muchísimas personas aportan sus donaciones a organizaciones humanitarias, o trabajan como voluntarias en favor de los pobres. Pero este problema no se solucionará mediante la caridad individual de los ciudadanos porque con eso no alcanza para todo cuanto que necesitamos. No sobrará ningún donativo, desde luego, pero todos debemos exigir a los Gobiernos que empleen una parte de nuestros impuestos en ayudar a quienes más lo necesitan.

 

Debemos proclamar que algunos de los lujos que tan electoralistas resultan a menudo --y que con tanto alborozo se reciben-- podrían ser sustituidos por ayudas a países que aún luchan contra la injusticia con que se ha repartido la riqueza por el mundo.
Iniciativas como "Escuela para todas" son muy útiles porque --aparte de su efectividad para un caso concreto-- nos llaman a la reflexión y, por qué no, también al enfado. Ojalá lo podamos proyectar adecuadamente, por los canales que ofrece la sociedad democrática, para que nuestros representantes políticos entiendan que esto nos importa mucho.


Nosotros no partiremos de cero, porque la cooperación española ha aumentado sin cesar. Pero el camino es largo.
Ya que nos gusta tanto construir y colocar primeras piedras, pongamos una que no sólo estará hecha de cemento sino de ilusión, de esfuerzo, de cariño y de futuro.

 

 

 

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