Camden era una fiesta

Los maniquíes de Balenciaga avivan en David Gistau el impulso humanitario. En su GPS sartorial, la rue Montaigne desemboca al norte de Londres.

En mi ignorancia, pensaba que Balenciaga hacía vestidos para sofisticadas damas de la alta sociedad. Como los "cisnes" con los que Truman Capote iba al Stork Club y a la Côte-Basque. Lo que he visto no es eso ni mucho menos. Lo primero que me ha llamado la atención es que los modelos -y las modelas- son casi todos pálidos, tristes, insípidos, y desfilan como enojados, como si les hubieran dicho justo antes de salir que no van a cobrar. Me recuerdan a los niños rubios de El pueblo de los malditos, pero con anemia. No comparto la idea de que la elegancia deba ser incompatible con la carcajada, la intensidad y los apetitos. Además, los diseños no parecen pensados para mostrar las formas, sino para esconderlas, con lo cual dan una sensación general de cuerpos infantiles, sin vello.

Hay un muchacho con aire indefenso que lleva un pantalón muy subido y, arriba, una pieza como de chándal. Va con una bicicleta y, al verlo así, lo que piensas es que se la van a robar como se meta en según qué barrio. Te entran ganas de acompañarlo para que no le pase nada. Hay un señor de cierta edad que lleva estampada en la camisa la palabra "Europa!", así, con un solo punto de exclamación y sin que podamos llegar a averiguar exactamente qué revindica. Debajo hay otras frases por las que parece llevar escrita la dirección de casa para que alguien lo lleve si se pierde.

No estoy seguro de acertar con esto que voy a decir, pero me pareció que muchos diseños aspiran a ser, no sé si hipsters-chic, pero sí el resultado de mezclar Candem con la rue Montaigne. Son diseños como hechos con remiendos y restos de muchas ropas, incluso mezclan telas de estampados y texturas distintas, un poco como hacían los clowns, pero chic. Parece que todo vale para lograr ese eclecticismo porque hay diseños en los que se diría que metieron hasta un chaleco del Samur. Me gusta, es atrevido, sobre todo si Balenciaga viene de una tradición muy clásica. Eso sí, algunos diseños así de casuales dan la impresión de que quien los lleva acaba de salir de una máquina trituradora de papel que le desgarró la ropa. Me gustan mucho los enormes bolsos con flecos y colores vivos. Es como llevar colgada la mítica cabeza de la Medusa que cercenó Perseo.

El uso del color, precisamente, me agradó porque a veces hay como fogonazos chillones emergiendo de un conjunto grisáceo que espantan la tristeza. Eso sí, las combinaciones de color a menudo son atrevidas y hay que acostumbrarse a ellas. Cuando se juntan tres colores o más y esos colores son difíciles de armonizar, el resultado me hizo pensar en gente que iba disfrazada de dos tipos de bandera: algunas bálticas y otras africanas. Me gustaron el tartán colegial de algunas faldas y los amplios abrigos, casi envoltorios de mujer, que evocan un paseo por París en otoño. No me gustó nada un hombre que va por un parque metido en una supuesta gabardina -un condón- más rudimental incluso que los plásticos que te dan en el fútbol cuando llueve.

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