Leticia Dolera: "Contra el machismo estamos los de izquierdas y los de derechas"

En 'Morder la manzana', la actriz y activista Leticia Dolera deconstruye el feminismo con ficción y teoría. Hablamos con ella sobre cultura, humor y lenguaje.

La actriz y activista Leticia Dolera, retratada por Concha de la Rosa.

Leticia Dolera no había planeado esto. Hace dos años agradeció el premio de una revista hilvanando nombres de escritoras feministas y los libros se han encadenando hasta llevarla al suyo. En Morder la manzana, la actriz escribe “para acercar el feminismo a un público mainstream, para enseñarlo de una forma amena sin caer en lo superficial”. En menos de un mes, su manifiesto ha alcanzado la quinta edición.

¿Reconoces algún momento determinante, o a una figura clave, en toda esta evolución intelectual?

Ha habido muchas lecturas. Hemos sido socializadas con ciertos estereotipos y a muchas cosas que me han pasado a lo largo de mi vida no les di una lectura de género, pensaba que ocurrían por mala suerte. Pero empiezas a leer a otras mujeres y te das cuenta de que lo que tú vives y cómo te sientes sucede a muchas más. Con lo cual, lo que te pasa es estructural. Y si es estructural, es político. Y si es político, se puede teorizar y leer sobre ello. En su momento, los artículos de Barbijaputa me ayudaron a abrir mucho la mirada, a darme cuenta de que no era una loca ni una exagerada. Ella recomendó Teoría King-Kong, de Virginie Despentes, y Feminismo para principiantes, de Nuria Varela, y a partir de ahí fui a Ana de Miguel, Amelia Valcárcel, Kate Millet o a los libros de Virginia Woolf o Simone de Beauvoir. Me ha servido para entender lo que me pasa. La cultura, la lectura, desarrolla nuestro espíritu crítico, nos ayuda a ver el mundo desde otros prismas.

¿Sería más efectivo, entonces, moldear las ideas a través de los argumentos de las series, las películas, las novelas, hacerlo de una forma más sutil? Para un público grande, ¿no es mejor usar la ficción como herramienta?

Sí, y por eso en el libro intercalo partes teóricas y de historia del feminismo con experiencias personales y relatos ficcionados con mis amigas. Me parece muy importante que conozcamos nuestra historia de lucha y gracias a quién y cómo tenemos derechos. Creo que las historias son la manera más efectiva de ponerte en la piel de otra persona: cuando te cuentan una apelan a tu subjetividad. Puedes llegar a conmoverte con un personaje que tiene una ideología distinta a la tuya. Es el gran valor de las historias, que son puentes de empatía y de comunicación entre personas que piensan de forma diferente. Enriquece nuestra mirada y nuestra capacidad de transformación. Y lo hace de una manera mucho más profunda. Cuando algo te entra por lo emocional, te cambia de una manera más radical.

¿Cuántas historias tienes esperando a salir del cuaderno?

Estoy escribiendo el que será mi siguiente trabajo como directora, guionista y actriz. No puedo hablar sobre él porque tengo un contrato de confidencialidad, pero tendrá a mujeres mayores de 35 años en el centro de la historia.

Dices en el libro que cuando te pones “las gafas del feminismo” no te las puedes quitar. ¿Ahora todo lo que haces, creas y ves pasa, aunque no seas consciente, por ese filtro?

Más que el del feminismo, lo que hago tendrá el filtro de mis vivencias, que son de mujer. Solo por eso aportaré cosas nuevas. Es la razón por la que debemos romper el techo de cristal de la cultura: tenemos una nueva mirada que aportar y, por tanto, una nueva forma de enriquecer. Si somos la mitad de la población, también somos la mitad de la imaginación y la mitad de la inteligencia. Como artista, todas las obras hablan de tu forma de ver el mundo. Y como vivimos en una sociedad patriarcal, no es lo mismo ser hombre que mujer. Nuestras vivencias difieren de las de los hombres. Es importante que nosotras también nos contemos.

En el libro escribes sobre series como 'Big Little Lies' y hace poco en Instagram recomendabas 'Fleabag'. ¿Cuál es la última serie protagonizada por mujeres que te ha entusiasmado?

Ahora estoy viendo SMILF, que me fascina el personaje principal, una tía superluchadora, que tiene un hijo, que, además, es un desastre y que ella misma tiene esa madre. SMILF ahora me está encantando, pero sí, en los últimos años, me han gustado Big Little Lies, Girls, El cuento de la criada, que creo que están abriendo camino y que espero que hagan lo mismo también aquí en España.

Las series protagonizadas por mujeres que cuajan también entre los hombres suelen ser dramáticas. ¿Es más fácil que a una comedia protagonizada por mujeres se la catalogue, como dices en el libro, como películas para mujeres? ¿Tenemos más trabas en ese género?

Es verdad que en el imaginario colectivo se cree que a las mujeres el humor se nos da peor, que no sabemos reírnos de nosotras mismas. Y sobre todo a las feministas, con la lacra de que estamos enfadadas con el mundo constantemente. Que motivos no nos faltan, pero nos reímos mucho de nosotras mismas. Estoy muy contenta con este tema porque acabo de protagonizar un película que se llama Qué te juegas, dirigida por Inés de León, en la que interpreto a una monologuista y que me ha parecido un reto como actriz muy interesante. He crecido mucho con él. Y también es una forma de visibilizar una profesión masculinizada.

¿Qué mujeres te hacen reír a ti?

A mí me hace reír mucho Isa Calderón. Y Ana Morgade y Silvia Abril. Me hacen reír muchas cómicas en España.

Te declaras feminista radical porque dices querer ir a la raíz y las herramientas que usas para tus análisis son marxistas. También usas un lenguaje ligado a una ideología determinada: la sororidad, el sistema, el relato, el patriarcado. En el libro las explicas para que todo el mundo las pueda usar. Pero si el feminismo es para todos, ¿no pueden esas palabras, que están tan ligadas a una ideología, provocar que una persona más conservadora o liberal rechace el feminismo porque vea que tras las palabras que usan quienes lo representan no solo hay una búsqueda de la igualdad, sino una ideología?

¿Pero por qué palabras se sentirían repelida una persona de derechas?

El relato, el patriarcado, la sororidad. Tienen todas una carga ideológica que trasciende a la búsqueda de la igualdad entre hombres y mujeres.

Pero el patriarcado es un sistema económico y político, una estructura en la que el poder político, económico y cultural, incluso el militar, está en manos de hombres. Entiendo que a alguien de derechas le parece mal el patriarcado, lo que no entiendo es por qué debería parecer mal usar esa palabras.

Por las asociaciones. Por ser una palabra que genera mucho titular, pero siempre ligada a una ideología. Y puede llegar un momento en el que eso nuble o eclipse.

Pero la palabra patriarcado, aunque la usen personas de izquierdas, la pueden usar también personas de derechas.

Sí, pero no la suelen usar. A una columnista, periodista o escritora de derechas, le escamará la palabra patriarcado. Si la usa es para burlarse de ella.

¿Y explican por qué? Es que no lo entiendo.

Por estar asociado a un tipo de activismo con el que no comulgan y que normalmente es de izquierdas.

Lo que hay que explicar es que el patriarcado genera violencia económica, cultural, física y sexual contra las mujeres. Y creo que eso le va a parecer mal a cualquier persona sensible.

No es la realidad bajo la palabra patriarcado, sino la palabra patriarcado en sí. Su connotación.

Claro, pero es que las palabras están cargadas de ideas. Y de significado. Y el significado de patriarcado es ese. Yo creo que desde la izquierda y la derecha se debe criticar el patriarcado. Es un sistema que, insisto, genera desigualdad y violencia contra las mujeres.

Lo van a criticar, van a criticar la desigualdad y la violencia contra las mujeres, pero para hacerlo no van a emplear, por ejemplo, la palabra patriarcado. Para no entrar en un juego. Van a defender ideas similares, pero no con las mismas palabras.

Pero si esta palabra está en la RAE.

Sí, pero es por su contenido político. Por estar identificada con una ideología concreta.

Sí, pero yo insisto: el contenido ideológico de la palabra patriarcado es un contenido ideológico machista. Y contra el machismo creo que estamos tanto las personas de izquierdas como las de derechas. Porque el machismo genera asesinatos y muerte. Y creo que contra eso se levanta cualquier ser humano.

¿Hay que vencer las barreras, como esta del lenguaje, que marcan ideologías?

Claro. Porque entonces estaremos fijándonos en lo que nos separa cuando hay cosas que nos unen. Creo que este también es un debate interesante para abrir en nuestros tiempos, que son unos en los que los matices se pierden, todo es blanco o todo es negro. Yo creo que también hacer política es convivir con quien piensa distinto a ti, pero con quien puedes coincidir en muchas otras ideas. Eso te hace más flexible, empática y abierta al diálogo. 

 

Portada de 'Morder la manzana' (Ed. Planeta). Antes de cumplir el primer mes en las librerías, el libro de Leticia Dolera ha alcanzado su quinta edición.

Otro asunto que a veces repele es que se hable en nombre de todas las mujeres, que otra mujer emplee un “nosotras, las mujeres”. En tu libro defiendes que usemos ese plural.

Sí. Creo que es importante que establezcamos lazos de sororidad, aunque evidentemente, no todas pensemos igual en todo ni nos llevemos estupendamente. Pero es innegable –y esto no es una opinión, son datos– que todas estamos atravesadas por las mismas desigualdades. Nosotras somos las víctimas de acoso sexual, de la brecha salarial, de la feminización de los cuidados. En ese todas debemos reconocernos unas a otras como sujetos políticos atravesados por las mismas desigualdades para alzar la voz juntas y acabar con ellas. Es como los negros cuando luchan contra la desigualdad racial. También ellos tienen que hacer conciencia de grupo. Y ahí habrá negros con diferentes ideologías, pero todos saben que existe el racismo. Pues todas tenemos también un enemigo común, que es el machismo.

 

Pero, por ejemplo, en la huelga del 8 marzo, entre las cosas que señalaba su manifiesto se mencionaban como puntos el anticapitalismo y la antimedicalización de nuestros cuerpos. De nuevo pueden expulsar del grupo a mujeres que sí quieren y buscan la igualdad, pero no abanderando esos argumentos.

Por eso creo que no unirte a visibilizar que si las mujeres paramos el mundo, se para por un matiz en una línea de un manifiesto es poner el foco en el lugar donde no hay que ponerlo. Me parece estupendo que internamente debatamos, que haya discrepancias. Entiendo que existe el feminismo radical, el liberal, el de la diferencia, pero todas tenemos un fin común, que es acabar con la desigualdad y con la violencia, que también es económica. Que el cuidado del hogar, de los hijos y de las personas mayores esté culturalmente feminizado y que sea un trabajo que no cotiza a la Seguridad Social, con la repercusión que eso tendrá en la pensión de esas mujeres que le han dedicado toda su vida, es explotación laboral. Trabajar sin cobrar es esclavitud. Tiene que ver con un sistema económico y político que lo tolera. Pero acabar con el capitalismo no conlleva acabar con el machismo. Porque las sociedades comunistas han existido y también eran machistas. Pero sí es verdad que el capitalista es un sistema que, per se, explota el planeta y a los trabajadores. Quizá un paso primero sería ver cómo regulamos este sistema, cómo lo hacemos más consciente.

¿Desde el propio sistema, suavizarlo, humanizarlo?

Claro. Acabar con este sistema capitalista voraz, que destruye al planeta y a las personas. O, por lo menos, a quienes no están en la élite. La sociedad a la que aspiro es una en la que haya igualdad de oportunidades. Y ahora mismo, según la clase social en la que nazcas, tienes un tipo de vida u otra. Es innegable. Puede haber excepciones, en plan Oprah Winfrey, pero Oprah Winfrey no es toda la masa de gente explotada. Si intentamos apoyar medidas que favorezcan una justicia social, poco a poco iremos construyendo una sociedad mejor. 

 

Pero sí vamos en el buen camino, ¿no? En lo general estamos mejor que nunca. El sendero ya está allanado.

No lo creo. Antes ser mileurista era un drama. Ahora es casi un privilegio. Antes lo normal era tener un contrato fijo, ahora tienes suerte si te lo renuevan cada tres meses. Eso genera una fragilidad injusta en el trabajador. Es un abuso de poder por parte de los empresarios llevado a cabo con la complicidad de las leyes. A lo mejor nosotras tenemos suerte y nos va bien, pero no puede ser que haya mujeres limpiando habitaciones de hoteles de lujo por dos euros la hora. Creo que hay que dar altavoz a todas esas discriminaciones para que tengamos conciencia social y sepamos cómo es de verdad el mundo en el que vivimos.

Vayamos a los micromachismos. El otro día rondaba por WhatsApp un anuncio para una fiesta: ellos pagaban 15 euros y ellas 9. En tu libro hablas de algo parecido.

Sí, sobre las discotecas. Es algo que de adolescente yo no pensaba, yo decía: ah, qué bien, yo entro gratis. No era consciente del mensaje machista que había debajo: que en la noche, para empezar, tiene que haber sexo. Vincular la fiesta con el sexo me parece que es sexualizar la noche, pero tú puedes salir y pasártelo bien y conocer gente del otro sexo y reírte y que la noche acabe en rollo ni en nada por el estilo. O que sí, pero el hecho de que no acabe en eso no se tiene que vivir como un fracaso. Uno, entonces, de los mensajes es vincular la noche al sexo y otro, que para que haya reclamo tiene que haber carne. Y la forma de que entre más carne es que entre gratis. Es decir, nos sitúa a nosotras a la altura de la carne. Nos convierte en ganado para que haya demanda. Y eso me parece muy machista.

Ese sería un micromachismo. Luego mencionas ceder el paso a las mujeres, el 'mansplaining', el 'manspreading'… ideas que revuelven mucho las redes sociales y generan polémica. ¿Te preocupa que obstaculicen el objetivo final del feminismo, que la copla con la que se quede el público es que el feminismo occidental se preocupa de las piernas del que está sentado al lado en el metro?

Es que el feminismo se ocupa de muchísimas cosa. Es un movimiento social, cultural, político y transversal que se encarga de muchos asuntos, no solo de las discriminaciones que sufrimos las mujeres blancas. También existe el feminismo interseccional, que visibiliza cómo en el caso de ser mujer y ser negra, tienes doble presión. En el caso de, además, tener una discapacidad, tienes otra presión más. Si, además, eres transgénero, tienes una presión más. El feminismo abarca muchísimas cosas y una de ellas es el terreno de lo simbólico. Si a mí alguien me abre la puerta, me parece estupendo, pero tendrá que abrírsela tanto a hombres como a mujeres. Que nos la abra solo a nosotras denota paternalismo. No necesitamos que nos sujeten la puerta por el hecho de ser mujeres. Cuando a veces yo intento sujetarle la puerta a alguien, no veas lo que me cuesta. No quieren. Y volvemos a lo del lenguaje. Hay una cosa muy interesante en el término caballerosidad. ¿Cuál es el femenino de caballerosidad?

En el libro lo contrapones a dama.

Sí, dama, cuya misión es ser delicada y esperar a que la rescaten. En cambio, el caballero sale a la aventura. En el momento en el que algo solo ocurre de hombres a mujeres, como la caballerosidad, es machista. Si una mujer le abre la puerta a un hombre, ¿qué está siendo? ¿Caballera? No, está siendo una persona educada. Eliminemos de nuestro imaginario el término caballerosidad y pensemos en educación. Y la buena educación la tienes hacia hombres y hacia mujeres. 

Con el juicio a La Manada, en las manifestaciones y en internet sonó mucho la frase “hermana, yo sí te creo”. ¿Aquí no tendríamos que andar con un poco de cuidado? Escuchar, por supuesto, siempre a la víctima, pero ¿no deberíamos ser cautos para no poner en peligro el principio de presunción de inocencia? Si, sin dictamen judicial, nosotros, en un juicio mediático y social, creemos una acusación aún no probada, podemos arruinar la vida de una persona. Porque, además, por otra parte, las mujeres no somos perfectas y no se nos puede blanquear. Eso mismo nos deshumanizaría.

No, eso está claro. Pero también es verdad que en las pocas denuncias que hay de acoso sexual, que son poquísimas, menos de un diez por ciento, porque las mujeres cuando van a denunciar un caso de acoso sexual en el trabajo están en una situación de vulnerabilidad máxima porque denunciar a tu jefe es muy complejo, solo un 2 % acaban en condena precisamente por la falta de pruebas y por el mito de que las mujeres nos inventamos las cosas. Por ejemplo, a mí me parece muy llamativo el caso de Bill Cosby, que hubo cincuenta testimonios de mujeres y fue declarado inocente. Cuando eso ocurre, claro que hay que creer en la presunción de inocencia, pero tampoco hay que pasar por alto la cantidad de casos de acoso sexual que ocurren y no se denuncian por miedo. Y cuando se denuncian ya puedes tener cincuenta testimonios sobre la mesa que ¿de verdad creemos que cincuenta mujeres se han puesto de acuerdo para acusar a Bill Cosby precisamente? Es muy complicado. O el caso de Weinstein. En su día, Ashley Judd y otras no tan conocidas ya denunciaron a Weinstein y las tacharon de oportunistas, de mentirosas. Cuando un periodista ha juntado quince casos, ya nos las hemos creído. Es más, ahora dicen que todos lo sabían. Pensemos también en cómo se sintieron estas mujeres que tuvieron la valentía de alzar la voz. Vivimos en la cultura del silencio en torno a las violaciones, a las agresiones sexuales. Me parece que cuando algo es estructural, en la mayor parte de las situaciones vamos a estar frente a casos que son ciertos. También existe el mito de las denuncias falsas y el año pasado hubo cero. La fiscalía aprobó cero denuncias que resultaron ser falsas. Hace dos años eran como del 0,001. ¿Y en el 0,001 es donde tenemos que poner el foco pese a las diez mil denuncias que hay cada mes? Es obviar la realidad. Y la realidad es que las mujeres somos víctimas de agresión sexual, de acoso sexual, que se denuncia una violación cada siete horas en España y que en la mayor parte de los casos aún se desconfía de esas mujeres. Me han contado cómo son los procesos de denuncia de los casos de violencia de género y de violación y es terrible. Parece que el juicio se les haga a ellas. Cuando hablan de las denuncias falsas, es muy complicado, por cómo está el sistema, que una pase todas las fases.

Me refería al juicio social. Si nosotros, como espectadores y opinión pública, no esperamos a los tribunales, podemos influir en el resultado del juicio y socavar la presunción de inocencia.

Pero por eso hay pocas denuncias. Precisamente por el miedo a que te tachen de manipuladora o de exagerada. Creo que también hay que construir un imaginario en el que se crea a las mujeres. Porque, culturalmente, no se nos cree. El primer paso es decir “bueno, algo habrá hecho”. Que la presunción de inocencia tiene que estar ahí, por supuesto, pero si queremos sacar de debajo de la alfombra toda la violencia sexual que vivimos las mujeres, tenemos que generar una red en la que las mujeres se sientan seguras, que sientan que no se las va a juzgar a ellas por denunciar.

Charo Lagares

Charo Lagares

Iba para registradora y le dio por pensar que el dinero no daba la felicidad. Ahora quiere ser como Dorothy Parker. Solo ha conseguido sus ojeras.

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