Artículo de opinión

La columna de Charo Lagares: El viaje en Cabify que casi destruye mi salud mental

"Estamos solos y conduce él. Me va a secuestrar. Me va a matar. O me va a violar. Abro la puerta y me tiro".

Ryan Gosling en una escena de 'Drive'.

Los minutos no pasan por mi cerebro. Miro el reloj a las 7:18 y la hora se contractura. Son las 7:18 ahora. Y ahora. Y dentro de cinco minutos. La última hora es la que vale. Así que llego tarde. Mi VTC se encuentra a 0,6 km. En un rato tendré 20,39 euros menos, pero una dignidad laboral intacta.

El conductor me mira por el retrovisor. Dice algo que no entiendo. Vuelvo a no entenderlo. ¿Hablas inglés? I do. Este coche es tuyo. Tienes agua en la puerta, puedes regular la temperatura y si quieres música solo tienes que decirlo. Estoy bien, gracias. Bueno, Onda Cero. Y voy a abrir la ventana un poquito. No, no soy de Madrid. Del sur. No, no estudio: trabajo. Periodista. Murmura algo, pero no presto atención. Amón acaba de soltar una gracieta y estoy escribiendo a mi jefa para que sepa que llego tarde, creo que el conductor se ha confundido de salida y en esta rotonda de la Castellana es 31 de julio. Distingo la palabra beautiful. Sí, sí, es un trabajo beautiful indeed, pero un poco cansado. No, I said you are beautiful. Dejo de escribir. No se ha equivocado de salida. Sabe lo que hace. Estamos solos y conduce él. Me va a secuestrar. Me va a matar. O me va a violar. Abro la puerta y me tiro. Pero si me tiro caeré sobre mí misma y me romperé un brazo. O peor: me arañaré la cara. Hay que ser inteligentes. En dos minutos le digo que pare, que me encuentro mal, qué fatiga más grande tengo, me bajo y salgo corriendo.

No salgo corriendo. Los 20 euros los amortiguo. Esto es un castigo por impuntual. Espero en silencio, procurando memorizar las fachadas de las casas por si al final debo correr y el móvil se me cae y me quedo sin mapa. El coche me deja en la puerta de mi destino. No pasa nada. Porque en España, lo racional recuerda el último análisis del Instituto para las mujeres, la paz y la seguridad, no suele pasar nada. En los dos últimos años, las excepciones se han repetido como titulares hasta disfrazarse de cotidianeidad acechante. El feminismo me ha regalado un tema de debate crónico y la capacidad de ver gigantes en molinos. Y en taxis y en ascensores y en las voces, de vuelta a casa, al final de la calle.

El fenómeno Baader-Meinhof juega con la frecuencia de lo recién descubierto. Aprende una la palabra 'piélago' y esa semana la encuentra hasta en el brik de leche. Una ilusión. Y no se parece en nada a la de una famosa con tobillera y sombrero cowboy hablando en verano de su vida sentimental.

Charo Lagares

Charo Lagares

Iba para registradora y le dio por pensar que el dinero no daba la felicidad. Ahora quiere ser como Dorothy Parker. Solo ha conseguido sus ojeras.

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