Pero ¿de verdad el teletrabajo nos puede beneficiar tanto o es, en realidad, una trampa?

En su columna del mes de junio, la escritora y antes diputada Clara Serra rebusca en la parte trasera del teletrabajo. "¿Qué perderemos si nos quedamos sin los espacios de trabajo comunes, sin las experiencias compartidas y las demandas colectivas?".

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La crisis del coronavirus promete cambiar muchas cosas en nuestras vidas y una de ella es el trabajo. La forma de trabajar, los horarios, la relación con los compañeros y compañeras y los espacios en los que trabajamos pueden cambiar mucho en las próximas décadas. Y es muy probable que una de las cosas que haya llegado para quedarse sea el teletrabajo, una fórmula que antes del confinamiento estaba poco implantada en España y que ya muchos y muchas preferían y demandaban a sus empresas. La flexibilidad en los horarios o el poder hacer algunas tareas desde casa puede facilitarnos la vida. Y podría también ayudarnos a conciliar y tener tiempo para el cuidado familiar o el tiempo libre personal. Las mujeres, por eso, podríamos esperar esa opción con ganas. Es incompatible con la autonomía, la fortaleza, la seguridad en una misma o la profesionalidad. Hay que impugnar esa trampa.

'¿Tenemos todas y todos las mismas posibilidades de que las zonas de trabajo no invadan y engullan los espacios de nuestras casas por completo? ¿Nos ayudará a conciliar mejor, a tener más vida familiar y más tiempo libre? ¿O podría mantener más oculta la permanente multitarea de mujeres que trabajan y cuidan a la vez?'

Ahora bien, generalizar el teletrabajo, extenderlo a toda la jornada y convertirlo en el único modelo posible tiene también muchos riesgos y puede implicar cambios profundos en nuestras relaciones sociales, nuestra privacidad y también en la igualdad que demandamos las mujeres. En estos tiempos de transición, cuando puede que se consoliden las nuevas formas de vida de las próximas décadas, tenemos que hacernos todas las preguntas necesarias para que el mundo que viene sea lo más parecido al mundo que deseamos vivir. ¿Querríamos que nuestras casas fueran siempre una casa-oficina? ¿Acaso no son nuestros hogares los espacios privados en los que nos resguardamos de las ansiedades del mundo y las prisas del día a día? ¿Tenemos todas y todos las mismas posibilidades de que las zonas de trabajo no invadan y engullan los espacios de nuestras casas por completo? ¿Nos ayudará a conciliar mejor, a tener más vida familiar y más tiempo libre? ¿O podría mantener más oculta la permanente multitarea de mujeres que trabajan y cuidan a la vez? ¿Qué perderemos si nos quedamos sin los espacios de trabajo comunes, sin las conversaciones con los compañeros, las charlas del café, las experiencias compartidas y las demandas colectivas? En definitiva, ¿queremos que el teletrabajo sea una opción disponible para poder elegirla cómo y cuándo queramos? ¿O estaríamos dispuestos a aceptar que se imponga como el nuevo y único modelo?

El mundo va a cambiar mucho y muy rápido en estos tiempos y será mejor cuanto más podamos elegirlo. Imaginemos, deseemos, seamos exigentes con lo vendrá en los próximos meses. Porque vendrá para quedarse.

 

Esta columna de opinión apareció originalmente publicada en el número de junio de la revista Marie Claire.

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