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Marta Suria: 'Todos nos mentimos para seguir adelante. Yo prefiero lidiar con la realidad. Permite difrutar'

Se licenció, viajó, triunfó. Un día, tras cumplir los 30 años, recordó que, de niña, su padre había abusado de ella. En 'Ella soy yo', Marta Suria encuentra la luz.

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Marta Suria es especialista en cooperación internacional, pero Marta Suria no existe. Es un pseudónimo. Debe proteger su identidad por exigencias legales. En Ella soy yo (Ed. Círculo de Tiza), su historia se convierte en rebelión. Foto: Cristina D. Moreno.

Aquí lo importante no lo parece. Pero es lo que aparece. Se cuela entre las líneas, gotea, ahora en entrevistas, entre titulares y entradillas. Marta Suria dice que tuvo suerte. Cuando contó que, de golpe, recordaba que su padre había abusado de ella a lo largo de su infancia, ni su familia más próxima ni sus amigos más cercanos alteraron la forma en la que la trataban. Y tuvo suerte con quienes la acompañaron durante el proceso judicial, cómo estará la vida para que ella diga eso. Pero "hubo rayos de luz, como en la vida misma". Fue consciente cuando escribía. El libro comenzó como una cadena de emails a su terapeuta. Frente a la pantalla las cosas se hacían "más tangibles y menos tremendas. Perdían poder". Las páginas ganaban urgencia. Durante su terapia tecleada, el MeToo y La manada abrían telediarios. Ella también tenía algo que decir. Por fin, sentía, podía hablar sin ser juzgada. Debía, además, cambiar la brújula de la noticia. Un hecho medio desnudo en el entrecomillado del titular no valía. Eso estigmatiza. ¿Qué le pasa a quien sufre abusos cuando ya lo ha contado, cuando lo ha denunciado? Eso libera.

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Foto: Cristina D. Moreno

Esta es solo su historia. No habla en nombre de otras. Aunque Marta Suria no es el suyo. Es un pseudónimo. Disfraza su identidad por exigencias legales. De protegerla antes se encargaba su cerebro. Había archivado recuerdos en el último trastero de la memoria. En la treintena, rebosaron. Un brote psicótico los desclasificó. Comenzó a recordar. Familia y amigos conocieron "a brocha gorda". Les restringió los detalles. En la comisaría, frente a los psicólogos forenses y los jueces ya había tenido que desmenuzarlos. Refrescó pormenores frente a unos y otros. Eran necesarios, dice el proceso judicial, para que el testimonio se sostuviera. Lo eran si ella tenía 35 años y lo habrían sido si hubiera denunciado con seis. "La presunción de inocencia implica que quien denuncia está mintiendo. Hay que compatibilizarla con un trato justo y respetuoso. Escuchar, creer, intentar comprender a la víctima". Quienes trabajen los casos deberán estar formados de manera específica. De lo contrario, pueden solo añadir dolor a la víctima. La revictimizan. Lo hace el sistema judicial y lo hacemos nosotros. La forma en la que nos miramos, dice Suria, puede sumar vergüenza y culpa. Entre ellas, defiende, existen diferencias. "La vergüenza no sale de lo que haces, sino de lo que eres. Eres 'víctima de'. Y parte de eso es porque nos construimos con los otros. Como tú me miras yo me siento. Cuando empiezas a vencerla, entiendes que tú no eres lo que otra persona te hizo. Y te sanas".

Suria, repite, no puede hablar en plural. Esta es solo ella. Pero quizá sí. "Todos nos mentimos para seguir adelante. Algunos viven con eso toda su vida. En mi caso, mi cabeza y mi cuerpo explotaron y me obligaron a mirar al espejo". Ella, no obstante, prefiere "el sufrimiento a la anestesia. Vivimos en una sociedad disociada de lo que la rodea. Preferimos excusas para pensar que no tiene nada que ver con nosotros. Cuando te anestesias, no solo es para no sentir dolor: también impide sentir amor, agradecimiento. Prefiero lidiar con esa realidad. Me hace a la vez disfrutar de mis amistades, de mi pareja, reír. Si algo reivindico es que tú decides cómo te cuentas tu historia, tu responsabilidad y tu estar aquí".                                              

Charo Lagares

Charo Lagares

Iba para registradora y le dio por pensar que el dinero no daba la felicidad. Ahora quiere ser como Dorothy Parker. Solo ha conseguido sus ojeras.

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