¿Qué decían las frases que colgaban en el desfile de Dior?

Para presentar la colección de otoño-invierno 2020, Maria Grazia Chiuri, cabeza creativa de la 'maison', ha colaborado con la artista conceptual Claire Fontaine. Con la unión de los nombres, cubrían una “necesidad”: celebraban, celebraban, entre neones y hojas de periódicos, los momentos estelares de la emancipación femenina.

dior aw2020
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Claire Fontaine no es una persona. Son varias. La artista que ha colaborado con Maria Grazia Chiuri en la presentación de la colección otoño-invierno 2020 es, en realidad, un colectivo. Ha iluminado los techos con manifiestos y ha tupido los suelos de periódicos.

La colaboración ha nacido de lo común. Fontaine y Chiuri, explican en un comunicado, comparten el entusiasmo por la historia del feminismo. Con la unión de los nombres, cubrían una “necesidad”: resaltaban y celebraban los momentos estelares de la emancipación femenina. Lo ha hecho como suele hacerlo: con rótulos de neón. Claire Fontaine ilumina para alumbrar. Enfoca las contradicciones. Para Dior, aclara, el lenguaje del feminismo “no reformista” se enfrenta a un suelo alfombrado de periódicos. De unos con cabecera y nombre. Los diarios que conforman la obra Newsfloor son ejemplares de Le Monde.

La pieza no es nueva. Es una recreación. La inspiración había llegado a Claire Fontaine antes de que Dior se pusiera en contacto con ella. Lo hizo a través de una fotografía de Henri Matisse firmada por Robert Capa. En la imagen, el pintor trabaja en su estudio, inundado de hojas de periódico. Sus bocetos, desperdigados por la habitación, se contraponían a la alfombra de papel y “dialogaban” con ella. Lo eterno se enfrentaba al rasgo efímero de los periódicos.

Los rótulos sí se estrenaba. En colores rosas, verdes, rojos y azules, el colectivo pretendía mostrar, a través de citas breves, cómo se percibiría la realidad si el punto de vista masculino no la hubiera colonizado. Ejercían, explican, de subtítulos. Su misión era “materializar emociones y temas a los que la moda otorga valor”. Era una invitación, revelan, para “soñar sin restricciones”.

¿Qué pone ahí?

Han sido más de una decena. Las palabras I say I (Yo digo yo) aparecían estampadas en la fachada del recinto. Hacía referencia al título del manifiesto La presencia del hombre en el feminismo, de la italiana Carla Lonzi, una reivindicación de la capacidad de reafirmación individual que el movimiento feminista ha propiciado en las mujeres. Bajo el eslogan La belleza femenina es arte encontrado (Feminine beauty is ready-made), libre quedaba, con palabras, la percepción del físico de las mujeres.

Women Raise The Upraising (Las mujeres crían la revuelta) también procede de un nombre propio. El de un artículo de Claire Fontaine sobre la maternidad y las aptitudes que las crianza estimula, similares, señalan, a las de la gobernanza. En el hogar también se situaba el rótulo Women’s Love is Unpaid Labour (El amor de las mujer es trabajo no remunerado), una referencia al ensayo en el que Silvia Federici reflexionaba sobre cómo una huelga de cuidados perjudica a quienes las mujeres aman. Las tareas invisibles de las mujeres se reivindicaban en la traducción anglosajona del lema feminista “Cuando las mujeres paran, el mundo para”.

We are All Clitoridean Women (Todas somos mujeres clitorianas) mira a Freud y vuelve a ojear a Lonzi. El psicoanalista, razona la maison, afirmaba que el orgasmo obtenido a través del clítoris era una muestra de inmadurez sexual. La artista italiana, por su parte, lo consideraba la evidencia de que el placer no estaba conectado con la función reproductiva de la mujer. La liberaba.

Women are the Moon that Moves the Tides (Las mujeres son la luna que mueve las mareas) rescata las leyendas italianas. Las que contaban que las mujeres eran brujas con poderes sobre el mar. Patriarchy = CO2 y Patriarchy = Climate Emergency apuntaban a las estructuras de producción que desdeñan el cuidado del planeta.

Unos metros más allá, la palabra patriarcado se volvía a repetir. Esta vez, equiparándola a la represión, los carteles aseguraban que la dominación masculina mata el amor.

La palabra consentimiento, en inglés, se repetía en línea recta. Relampagueaba en verde, ámbar y rojo. Se conformaba como un semáforo. “Como un flash, el consentimiento puede aparecer en un momento, desvanecerse y regresar”.

Charo Lagares

Charo Lagares

Iba para registradora y le dio por pensar que el dinero no daba la felicidad. Ahora quiere ser como Dorothy Parker. Solo ha conseguido sus ojeras.

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