Con seis pies: los perros que guían a los niños con autismo

Ayudan a dormir, a caminar por la calle sin perder la calma y a dominar la concentración. Los perros de la Fundación Bocalán asisten a los niños con autismo. La familia Torreblanca y la familia Pérez nos los presentan.

David Torreblanca hijo, con su perro Charco. Foto: Huliet.

Durante dos inviernos, los panettoni de los Torreblanca tuvieron cara de perro. En la caja que los guardaba, un labrador retriever esperaba tumbado junto a un niño. Cada panettone que pasaba del horno de los reposteros a una despensa ajena buscaba que la escena del cartón se repitiera. Los 24 euros del pan dulce se aseguraban de que otros niños con autismo, a través de la Fundación Bocalán, pudieran tener su perro de asistencia.

En la institución confían. El niño de la fotografía era David, nieto e hijo de los reposteros. Han visto en él el efecto templador del perro. Antes de que cumpliera los tres años descubrieron que era autista. Sufría un trastorno neurológico que afectaba (y afecta y afectará) al desarrollo de las capacidades comunicativas, las relaciones sociales y el comportamiento. Judith, su madre, intuía que el niño era "diferente. Ves que no se duerme en el carrito, que anda de puntillas, que no tiene un juego típico. Tus amigos te dicen que ya se le pasará. Te ven superprotectora". El pediatra tampoco vio indicios para la alarma. Hasta que no acudió a un neurólogo, los síntomas no encajaron con el diagnóstico. "Para mí fue un alivio porque por fin supe qué sucedía y dejé de ser la madre maniática". Al principio, cuenta Judith, no sabían qué hacer. Se ofrecieron a responsabilizarse de una profesora de apoyo que permaneciera pendiente de David en las horas de colegio. El centro se negó. Pidió que repitiera un curso de infantil para que su progreso encajara con el de sus compañeros. Rechazaron la petición. Era un colegio público. No iba a tener David facilidades distintas al resto. "El refuerzo lo hemos encontrado con la Fundación Nova y la terapia ABA, un análisis conductual, que hemos asumido nosotros. Antes, lo que un niño aprendía en quince días a él le costaba diez meses. Tras un año, lo hemos reducido a un mes. Aunque extrañamente ha empezado a leer solo, a reconocer las palabras escritas, ahora esperamos que desarrolle la verbalidad y empiece a elaborar frases completas".

 

Ajustar el ritmo

Charco le ha ayudado a cambiar de marcha. Le ayuda a dormir, a caminar por la calle sin perder la calma y a dominar la concentración. Durante las tardes de terapia en casa, el perro le vigila. "A veces", recuerda Judith, "incluso le golpea con la pata cuando se distrae. Pero en la fuga, el impulso de los niños con autismo de salir corriendo en mitad de la calle detrás de, por ejemplo, una moto, es donde más notamos el efecto. Ahora podemos ir de la mano por la calle. Él se agarra a Charco y si intenta escapar, el perro hace de ancla. Es nuestra mayor tranquilidad. Ha logrado que no nos juguemos la vida de David al salir a la calle".

Eligieron Bocalán por la sombrilla en la que se convierte el certificado de la Asociación de Perros de Asistencia internacional con el que cuentan. Con su sello en el peto canino, el animal puede pasear incluso por el interior de los hospitales excepto el quirófano.

Pero de acuerdo con Ruth Vidriales, directora técnica de la Confederación de Autismo de España, que las experiencias con perros de asistencia sean satisfactorias para los niños no significa que "las manifestaciones nucleares del trastorno del espectro del autismo se modifiquen sustancialmente". La evidencia científica, explica, no es "sólida". Los estudios que han examinado la efectividad perruna no contaron con suficientes participantes. Los resultados, según la revista Advances in Mind-Body Medicine, son limitados.

Charco vigila el sueño y los pasos de David. Foto: Huliet.

De primera mano

Lo que en el año 2014 midió la profesora Gretchen Carlisle, de la Universidad de Missouri, fue el grado de mejora en el desarrollo de las habilidades sociales de los niños con perros de asistencia. La capacidad para socializar de los niños con animales crecía. Según los padres de Marc, también.

La primera vez que la familia Pérez al completo pudo pasear por un centro comercial, Marc tenía seis años. Antes de octubre de 2018, alguien tenía que salir corriendo. Detrás del niño o fuera del edificio, donde no hubiera luces de colores ni ruidos. La calma llegó con Roma. "Llegamos el sábado y en una semana con la perra ya camina tranquilo. Poder hacer vida normal", dice Pedro, su padre, "es el primer beneficio".

En los espacios públicos, el niño se ata al perro con un cinturón y pasea agarrado de un asa del arnés. Su padre, su madre o su abuela lo dirige con la correa y lo premia con bolitas de pienso. El conductor canino necesita una formación previa. Se requiere, explica Alba Dorda, psicóloga de Bocalán, "mucha soltura y capacidad de tomar decisiones para poder llevarlo". En la semana de entrega, cuando la familia y el perro entran por primera vez en contacto, se consolida parte del futuro de la relación. "Si hacen un buen aprendizaje en este momento", continúa Dorda, "no debería haber problemas. Se debe continuar trabajando en casa, como los humanos". Fuera de ella, sosegar el ritmo y frustrar la fuga son, como señalan Pedro y Judith, los primeros resultados. Con el sistema del anclaje, el perro frena e impide que el niño corra. Proporciona unos segundos de margen para que los padres puedan retomar el control de la situación. "Porque si sales tú corriendo detrás de él", aclara la psicóloga, "el niño puede creer que estás jugando e intentará correr más. Con el perro al lado se reducen las conductas".  

Pedro, Roma y Marc pasean por primera vez un centro comercial. Foto: Gema López.

Ni idiomas ni animales

También lo hacen de noche. La respiración del perro, dormido a lo largo del niño, atempera. Es parte de lo que los Pérez esperan en casa. Una terapia previa con perros ayudó a disminuir sus miedos. Le absolvió la fobia a los animales y a que le cortaran el pelo. Antes, Aurora, su madre, se lo tenía que retocar cuando no estaba atento. "Nos habían advertido de que con el miedo a los animales se iban otros. Los niños con autismo hacen asociaciones erróneas. Quizá había decidido que un perro era un león. Les tenía pánico. Después de aquella terapia, los tolera. Eso y que le corten el pelo. Este verano empezó a ir a la peluquería".

La animal no es la única terapia que ha recibido Marc. Cuando en su colegio de Holanda, donde viven, detectaron en él algo fuera de lo común, lo redirigieron a otro centro. En el nuevo, cada aula acoge a ocho alumnos y dos profesores. Los colegios públicos holandeses, en lugar de añadir un refuerzo escolar, se especializan. La logopedia, fisioterapia, los juegos y la música se combinan. Llegar a ellas les llevó tiempo. Marc, cuenta Aurora, tuvo un diagnóstico tardío. "Por ser extranjeros y por el lío de idiomas que pensamos que tenía, no nos hicieron caso. Nosotros creíamos, hasta pasados los dos años, que era normal. Su hermana también tardó en hablar. Pero sabíamos que algo le pasaba". A Marc le obsesionaban las cosas que giraban. Se sentaba delante de la lavadora y miraba la ropa dar vueltas tras el cristal. "Parece gracioso", reconoce Pedro, "pero es uno de los síntomas. Ves que tiene una obsesión con los números, que no te aguanta la mirada, que no responde a su nombre. En su caso, la regresión se hizo más palpable entre los tres y cuatro años". Que solo beba de un vaso de cristal porque repele el plástico es natural. La aversión a determinadas texturas es lo habitual. Pasó tres años con el mismo modelo de deportivas porque se negaba a vestir otros zapatos. Pero la regresión, la pérdida en los primeros años de vida de "habilidades sociales, comunicativas o motoras", según los profesores Víctor Ruggieri y Claudia Arberas, solo afecta a un 30 por ciento de los niños con autismo. Con la coordinación de terapias, ahora Marc tiene el nivel de matemáticas de un niño de siete años; en lectura y escritura, de uno de tres. "Pero ha comenzado a pedir ayuda para algunas cosas. Antes era imposible saber dónde se había hecho daño. El año pasado, tras un verano de vacaciones y guardería, logramos que nos mirara a la cara". Su padre le preparaba el desayuno y, sentado a la mesa, Marc habló. Ese no. Quería el vaso azul. Empezaron a recuperarlo. "En Holanda hay muchísimos recursos. Nos han sabido guiar. Ahora, con suerte, en el colegio podrá aprender a leer". Y fuera, con Roma, a pasear por la calle. Y por un paseo marítimo. Y por un centro comercial.                        

Charo Lagares

Charo Lagares

Iba para registradora y le dio por pensar que el dinero no daba la felicidad. Ahora quiere ser como Dorothy Parker. Solo ha conseguido sus ojeras.

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