Cerca de 15.000 niñas y mujeres nepalíes son secuestradas cada año para explotarlas en los prostíbulos de India

Charimaya Tamang pasó dos años secuestrada en un prostíbulo de Bombay sometida a abusos de clientes y palizas del dueño. Consiguió salir de ese infierno rescatada por la policía. Han pasado 20 años desde aquello y hoy es una de las fundadoras de la ONG Shakti Samuha que trabaja contra el tráfico de mujeres en Nepal.

Los secretos de las zonas más pobres del Himalaya
Charimaya Tamang, de 42 años, fue traficada hace dos décadas y pasó casi dos años encerrada en un prostíbulo de Bombay. Hoy trabaja en Nepal para concienciar a las comunidades locales en la prevención de nuevos casos.

Segaba la hierba en su aldea del distrito nepalí de Sindhupalchok, al norte del valle de Katmandú, cuando cuatro hombres la asaltaron, vertieron algo en su boca y se quedó inconsciente.

Despertó en una habitación con varios camastros vacíos. Aturdida. Había soñado con un terremoto y aún estaba mareada. Frente a ella vio a una mujer. Trató de hablarle. De hacerle señas. Aquella mujer se movía como ella. Repetía sus gestos. Cuando se acercó se percató de que estaba ante un espejo, pero no se reconocía. Le habían cortado el pelo, cambiado de vestido y maquillado.

Horas después aparecieron los mismos hombres. Les chilló que quería volver a su casa. Trataron de calmarla. Le dijeron que la llevarían a un sitio nuevo a trabajar y que si no le gustaba podría regresar. Que no se preocupara. "¿Tienes sed?", le preguntaron, y le ofrecieron un refresco. Cuando lo bebió volvió a saborear la misma sustancia que le había hecho caer inconsciente en su aldea.

Una pesadilla hecha realidad

Los secretos de las zonas más pobres del Himalaya

Charimaya Tamang, de 42 años, cuenta su historia envuelta en su abrigo rosa mientras el jeep brinca por la carretera montaña abajo. Regresamos a Katmandú desde Sindhupalchok. Tenía 16 años cuando la secuestraron. La segunda vez que despertó lo hizo en Bombay. Ahí fue cuando, dice, comenzó de verdad "su pesadilla".

Pasó casi dos años encerrada en un prostíbulo de la ciudad. Casi dos años de abusos de clientes, palizas del dueño del local y de sus esbirros y un intento fallido de suicidio ahorcándose desde un tablón que cedió.

Hasta que en 1996 la policía irrumpió en el local y la liberó. Han pasado veinte años. Desde entonces es una de las fundadoras y responsables de la ONG Shakti Samuha, que trabaja contra el tráfico de mujeres en Nepal. Y recorre el país, como hoy, tratando de concienciar a las comunidades locales de las zonas más pobres y con más víctimas del país.

Nuevas presas
Los traficantes se aprovechan de la vulnerabilidad de las familias pobres, como estas de Sindhupalchok, para conseguir nuevas víctimas.

Reena salió de su pueblo, también en Sindhupalchok, con nueve años. Su padre se había marchado con otra mujer y un tío suyo recomendó a su madre que la enviara a trabajar como servicio doméstico en una casa en la ciudad porque allí viviría mejor.

Dos años después regresó. Pero cuando cumplió los 14 decidió que se marcharía del país. Que viajaría al extranjero a trabajar, como han hecho ya más de dos millones de nepalíes, un diez por ciento de la población. Su madre se negó.

Uno de los hombres de la comunidad le dijo que él la llevaría, que la ayudaría. Formó un grupo de cinco chicas, incluida una de sus hijas. Consiguió pasaportes falsos y papeles y viajaron a Delhi. Si alguien les preguntaba debían responder que eran estudiantes. Desde allí, les dijeron, viajarían al Golfo Pérsico. Nunca lo hicieron.

Una realidad
Prostitutas esperando clientes en Sonagachi, uno de los barrios más sórdidos de India. En la otra página, arriba a la derecha, un grupo de hombres jugando de madrugada al 'carrom'.

Reena tiene hoy 23 años, cuerpo compacto, voz monocorde y un gesto impasible y frío. Quiere aprender inglés y ser guía turístico. Llevar a los extranjeros a hacer trekkings en las montañas de su país.

Mientras tanto, vive en un albergue para mujeres en Katmandú, donde me recibe y donde también trabaja por las tardes tras acudir a la escuela durante la mañana. Nunca salió de Delhi. El día que debían viajar despertaron escuchando a los tres hombres que viajaban con ellas negociando con otros dos. Todos eran nepalíes. "150.000 rupias [algo más de 1.000 euros] por las más guapas", oyeron.

Se asustaron. "Mi padre nunca haría algo así", les tranquilizó la hija del hombre que había organizado todo. Reena pasó seis meses en un burdel de la ciudad. Fue liberada tras una redada. Estuvo entonces un año y medio en un refugio indio. "Pero era aún peor. En el otro lugar te obligaban a estar con los clientes; ahí te podían matar".

Cuando salió por fin la policía la entregó de nuevo a los dueños del burdel. Un mes más tarde, de madrugada, con la ayuda de un cliente, logró escapar junto a otras dos chicas y emprender el camino de regreso a Katmandú. Han pasado ya casi diez años y nunca ha sabido qué sucedió con esa chica a la que su padre también vendió aquel día.

La desaparición de mujeres y niñas en Nepal

Check points
Control policial de carretera al norte de Nepal para vigilar el tráfico de personas entre distritos. "El año pasado nos dimos cuenta de que se incrementaba el riesgo de tráfico. Por eso, aumentamos también los check points", cuentan desde la División de Mujeres y Niños de la policía.

Durante décadas, millares de mujeres y niñas han desaparecido de Nepal para terminar secuestradas en los barrios de prostitución de India. La Comisión de Derechos Humanos de Nepal estimaba en su último informe de 2013 y 2014 con los datos del gobierno, de la policía y, sobre todo, de las ONG, en 29.000 personas el número de casos de tráfico aquel año, con 16.000 intentos y 13.000 consumados.

El país figura entre los primeros del mundo donde más grave resulta esta realidad ya crónica. "Al menos desde hace unos años existe una presión efectiva sobre el gobierno de la sociedad civil y de la prensa y también de la comunidad internacional para que se actúe. Y el gobierno se siente forzado a hacerlo, porque Nepal es un país pobre que necesita la ayuda internacional y no puede arriesgarse a perderla", analiza Nandita Baruah, representante en Nepal de la organización Asia Foundation.

Los distritos más pobres
En los distritos más pobres de Nepal las familias continúan viviendo en las chabolas de hojalata y las tiendas de campaña habilitadas tras el terremoto de 2015.

Sin embargo, durante el último año, aunque tampoco hay datos oficiales fiables (en 2015  se denunciaron solo 181 casos de tráfico a la policía), se ha producido un grave repunte. El terremoto que sacudió el país hace más de un año provocó que se deteriorara aún más la situación en algunos de los distritos más vulnerables y con menos recursos del país, los mismos que son tierra fértil para los traficantes, que se aprovechan de la desesperación de las familias para cubrirlas de falsas promesas de trabajo en otras ciudades, ganarse su confianza y lograr así llevarse a sus hijas.

Traficada y estigmatizada

Vidas perdidas
Prya Thapa fue secuestrada y vendida en Calcuta. Pasó dos años cuidando a los hijos de las prostitutas del barrio de Sonagachi. Tras ser liberada continuó trabajando como prostituta porque no podía regresar a Nepal.

Prya Thapa se agarra los brazos con las manos como si se abrazara a sí misma y se balancea sentada en un banco en el barrio de Khaligat, en Calcuta. Su marido ha fallecido solo cinco días antes. Pero su gesto descompuesto exhibe una extraña sensación de calma y ausencia.

Tiene 37 años y dice haber olvidado el nombre de la aldea donde nació en Nepal. Se marchó de allí con solo 12 años. Eran pobres y una mujer prometió a su familia que en Calcuta tendría una vida mejor, que le conseguiría un trabajo. Y lo hizo. Durante los dos primeros años, se dedicó a cuidar de los hijos de las prostitutas del barrio de Sonagachi, también en Calcuta, uno de los más terribles y sórdidos del país. Cuando cumplió los 14 la obligaron a prostituirse.

Los secretos de las zonas más pobres del Himalaya
Una mujer lava los utensilios de cocina en un callejón del barrio de Khaligat en Calcuta, una de las zonas de prostitución de la ciudad.

¿Y nunca intentó escapar? Le pregunto. "Muchas veces. Pero no pude. O no supe. No era mi país y estábamos estrictamente vigiladas.

Seis años después el dueño del burdel la liberó. Regresó a casa y contó a su familia y a sus vecinos que había trabajado como empleada en un hogar. Pero no la creyeron. Para no perjudicar a sus cuatro hermanas, decidió marcharse. Volvió a Calcuta y continuó trabajando como prostituta. "No tenía otra opción", afirma. Muchas de las víctimas se ven condenadas a volver a los prostíbulos donde las retuvieron porque sus comunidades en Nepal no las aceptan, las responsabilizan por lo que les sucedió y las obligan a marcharse.

La gran labor de las ONG

Un futuro mejor
Dos niñas, traficadas a India y finalmente liberadas, aprenden matemáticas en un centro de rescate de la organización Shakti Samuha en Katmandú.

Ahí radica una parte fundamental del trabajo que hacen las organizaciones civiles en el país. Con un gobierno que ha respondido tarde al problema y una policía que no contaba con los medios ni la voluntad para actuar, han sido las ONG las que más han presionado y trabajado por cambiar realidades y mentalidades. Hoy algunas organizaciones hacen incluso controles de carretera junto a la policía para prevenir el tráfico de niños.

"El año pasado nos dimos cuenta de que se incrementaba el riesgo de tráfico. Por eso aumentamos también los check points", explica Mingmar Lama, director de la División de Mujeres y Niños de la policía. Después del seísmo se duplicaron hasta 20 los puntos de control fronterizos con India, aunque Nepal tiene centenares de kilómetros de borde natural con ese país y un acuerdo de fronteras abiertas. "Así que, aunque tengamos esos controles, los traficantes pueden irse fácilmente por otro lado", se lamenta.

Difícil solución

Difícil solución
Maya Saha fue traficada con 16 años a Calcuta y estuvo secuestrada durante dos años en un burdel de la ciudad.

El inspector reconoce que han sido las ONG las que han hecho gran parte del trabajo por revertir la situación. "Ha habido casos incluso de padres o madres que vendían a sus hijas directamente en los burdeles. En algunas comunidades no estaba mal visto. Cuando una chica alcanzaba cierta edad se entendía que debía trabajar y ganar dinero. Y para algunos padres que lo hiciera como prostituta no era una mala opción", explica.

Hoy la mentalidad cambia lentamente, pero la desesperación se mantiene. En el distrito de Rasuwa, donde se acumulan los escombros en las cunetas y quedan menos casas en pie que derruidas, a pesar del tiempo que ha pasado ya desde el seísmo, el gobierno local ha hecho incluso un recuento de niños en situación de riesgo: casi 900 casos de menores que perdieron a sus familiares y que son potenciales víctimas para los traficantes.

Concienciar a sus vecinos de que estén alerta y de que no escuchen las falsas promesas de los desconocidos es fundamental para evitar que terminen en algunos de los degradados barrios de prostitución de India.

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