María Helena, la lesbiana madrileña que vestía calzoncillos

Hubo un tiempo oscuro, no demasiado lejano, en el que las preferencias sexuales correctas las dictaba la ley. Tiempo de sexo clandestino, leyes de vagos y maleantes, pecado y actitudes sospechosas.

Natalia de Molina y Greta Fernández en un fotograma de 'Elisa y Marcela'. Netflix.

Francisco Umbral definía a un carroza como "un homosexual de edad que todavía pretende aparentar; dícese por extensión de toda persona de edad que desea aparentar; dícese, ya por inflación del término, de toda persona de edad". Reconozco que, por edad, que no por condición, podría haber ingresado ya en el club de carros y carretas, de carrozas y carruajes. No en vano en la calle Carretas de Madrid, homosexuales castizos alumbraban la oscuridad de la sala con su sexo clandestino en sesiones de función continua. Y no en balde los clientes de prostitución callejera, fundamentalmente masculina, en el siglo XVIII, recibieron el nombre de carrozas, pues acudían con sus carruajes traqueteando sobre el indiscreto pavés de la época. Junio es tradicionalmente mes de carrozas en flor y de orgullo sobre el Paseo del Prado, en la misma orilla en que Goya, homosexual al fin y al cabo según los más recientes estudios, recrea sus caprichos. Pero hace cincuenta años, no era orgullo sino prejuicio, como el título de la novela de Jane Austen. Y todo lo que hoy es visibilidad, entonces no era sino sombra furtiva y amenaza social. Lo que aquí se narra no es un relato circunstancial ni un cuento de hadas resignadas a su suerte en la España franquista. La historia de María Helena responde objetivamente al expediente 296, de 30 de marzo de 1968, de la Comisaría de Atarazanas en Barcelona y que fue enviado al conocido juez de Vagos y Maleantes, Antonio Sabater. "Fue detenida cuando se hallaba en el bar La Gran Cava, en la calle Conde de Asalto número 25, en actitud sospechosa y vestida de hombre. Carece de antecedentes, manifestando que no se dedica a actividad alguna, viviendo de las caridades que le hacen y algunas veces haciendo donaciones de sangre. Dice que se viste de hombre para así poder engañar a las mujeres hacia las que siente una irresistible inclinación". Que los comisarios de policía no son peritos en letras y lunas es evidente, pero tras el lenguaje funcionarial y el eco de calabozo pueden traslucirse las líneas de una narración que enlaza pecado y ruptura del orden social.

 

Peligro público

A los ojos del orden público y de la estabilidad moral, María Helena es una impostora que se apropia de un derecho que no le corresponde. Una mujer que ocupa espacios públicos como los bares que, en el recto entender del franquismo militante, solo pertenecen a los varones. Una predadora sexual que pervierte mujeres y que, por esa misma razón, no puede convivir con otras hembras en un mismo establecimiento penal: "Su clara, definida y manifiesta tendencia a la homosexualidad, la hacen particularmente peligrosa para convivir con las jóvenes acogidas a este patronato, a las que ya ha pretendido hacer objeto de sus prácticas homosexuales en los escasos días que lleva internada". Ya en Madrid, trasladado su expediente al Patronato de Sección de la Mujer de la Junta Provincial de la capital, es calificada como criminal, por travesti y lesbiana, o lo que es lo mismo, por rechazar el código de la época que correspondía a las damas que cantaba Cecilia unos años más tarde.

Suranne Jones y Sophie Rundle, en 'Gentleman Jack'. HBO.
Rechazo al género

María Helena rechaza la feminidad de las mujeres, aunque las desea: "Odia no solamente las faldas, sino toda prenda interior femenina y en cambio ama las masculinas. Su gran placer es usar calzoncillos y calcetines. Detesta los zapatos de tacón y la primera vez que se presenta lo hace con unos zapatos de los que se usan para baloncesto". Quien aplica la norma repara en que el uso erróneo de la ropa es una transgresión moral constitutiva de un reproche jurídico penal. En definitiva, un sujeto desviado y crónico, a quien hay que examinar no sólo psicológicamente sino también físicamente, para hallar anormalidades, midiendo su clítoris y su sexo en busca de una explicación para su comportamiento: "Desde el punto de vista somático se trata de una mujer de senos poco desarrollados, pero con una conformación normal de su aparato sexual. El clítoris es de un tamaño normal. Sin embargo para un diagnóstico exacto de su síndrome sería necesario la comprobación del sexo cromosómico. Creemos que no se trata de una desviación cromosómica sino de una desviación psíquica en que una vivencia ha desviado el curso normal de la libido". Y así María Helena pasó a los ojos vendados y lacerados de la justicia como una desviada, una persona problemática y una alcohólica, siendo castigada con un internamiento de entre 127 días y un año, dos años de prohibición de residencia en Barcelona y dos años de vigilancia, en cumplimiento de lo dispuesto en la Ley de Vagos y Maleantes. una historia inacabada Lamentablemente la historia de María Helena es papel de oficina y humo de faria del franquismo terminal, porque nada más se supo de ella. Ignoro si está viva o si esta muerta. Ignoro si está. Fue criminal a su pesar pero lesbiana a su placer. Fue mujer cuya vida pendía de la falange y del yugo de las normas comunes, de las reglas jurídicas que tipificaban la anormalidad sexual. Fue un peligro para sí misma, según las convenciones morales y judiciales de la época, y, por esa misma razón, fue un peligro social. La vida de María Helena fue un desafío individual en un sistema político en el que la libertad era una penitencia de misa diaria y comunión de difuntos. En julio habrá carrozas en Cibeles y, quizá, solo quizá, en una esquina del Paseo de Recoletos, una anciana contemple el desfile. Mientras sonríe, con los calzoncillos ajustados, María Helena ascenderá por Recoletos hacia Colón. Y allí se perderá en cualquier parada de metro, por fin dueña de su carroza.

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