Molenbeek, arte y cultura para vencer al radicalismo islámico

El municipio belga, de mayoría musulmana, trata de sacudirse el estigma de ser un nido de terrorismo yihadista en el corazón de europa a base de educación y proyectos vecinales

Molenbeek, arte y cultura para vencer al radicalismo islámico

Eslem y Zara llegan a la cita que concordamos con sueño: "Estuvimos hablando por teléfono hasta las tres de la madrugada", confiesan sonriendo. De origen paquistaní y turco, respectivamente, estas dos chicas de 18 años nacieron y se criaron en Molenbeek, uno de los 19 municipios de la Región de Bruselas-Capital, considerado como la cuna del radicalismo islámico tras los sucesos de París del pasado 13 de noviembre. Conforme a lo que cuentan los periódicos, debería verse por las calles solo mujeres cubiertas de pies a cabeza y hombres mirando constantemente hacia La Meca, pero la verdad es que nos encontramos en un antiguo edificio industrial,  llamado Casa de las Culturas y la Cohesión Social, rodeado de adultos y niños de cualquier raza, que asisten a clases de danza, teatro y música. Eslem y Zara estudian fotografía y cine y no llevan ni pañuelo. "Estamos editando unos vídeos que cuentan las cosas buenas del barrio para mostrar que en Molenbeek no viven solo terroristas y que nosotros, musulmanes, estamos en contra de la violencia. Esa gente, los terroristas, no representan al islam". En uno de los primeros vídeos que han distribuido en Facebook, Molenbeek es mi casa, un violinista toca en la plaza municipal acompañando a los primeros planos de los habitantes y las manifestaciones contra el racismo que han seguido a los atentados de París, cuando las investigaciones y redadas policiales llamaron la atención sobre este distrito difícil y estigmatizado. Zara y Eslem están orgullosas de su trabajo, pero también cansadas de tener que demostrar algo siempre: "Habíamos hecho un proyecto similar después de Charlie Hebdo. Entonces también vino aquí la policía a buscar a los culpables y todo el mundo nos miraba con recelo".

El camino más corto

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"La opinión pública se centra en Molenbeek porque necesita explicaciones fáciles, pero los que se fueron a Siria o los responsables de los ataques también provienen de distritos ricos de Bruselas y otras ciudades del país. Hay personas con una familia y una carrera que se dejan seducir y abandonan todo en nombre de una causa superior. Centrarse en las debilidades sociales de un grupo específico para explicar un fenómeno tan complejo como el radicalismo, nos permite quizá dejarlo a un lado por un tiempo, pero volverá como un bumerán con consecuencias aún más graves", alerta Ghita Belhaj, activista de Muslim Rights Belgium, una asociación que recoge denuncias de ciudadanos víctimas de islamofobia.

Lo que no se puede negar es que en Molenbeek, un barrio de cerca de 100.000 habitantes, de los cuales el 40% son musulmanes, acosado por la pequeña criminalidad y la pobreza, con una larga historia de inmigración, los problemas a resolver son muchos, empezando por el desempleo de los jóvenes que ronda el 50%.

Trabajadores por el cambio

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Marta Meix García es una barcelonesa que en 2011 se trasladó a Bruselas por amor y comenzó a trabajar como educadora social en la asociación Foyer. Entre los proyectos que sigue hay un grupo de castellers compuesto por chicos de diferentes nacionalidades, culturas y religiones. "Se debería aumentar el número de educadores que están por las calles ayudando, orientando y acompañando a la población. Y son necesarias más subvenciones para las organizaciones que trabajan con los jóvenes del barrio, ya que gracias a ellas es posible dar perspectivas de futuro a los que están en riesgo de exclusión social". Olivier Vanderhaegen trabaja en Sampa, una asociación que ha lanzado recientemente un servicio para ayudar a las familias de la comunidad con hijos "en riesgo". "Está comprobado que el proceso de radicalización afecta a jóvenes vulnerables, que pasan por un momento difícil, en un plazo muy corto de tiempo, dos o tres semanas. Por lo tanto, es muy difícil intervenir una vez que han sido adoctrinados", explica Vanderhaegen.

Recuperar derechos

Molenbeek, arte y cultura para vencer al radicalismo islámico

"Necesitamos más dinero para la cultura, las escuelas y la cohesión social". Rajae Maouane, de 25 años, asistente de la concejal para el diálogo intercultural Sarah Turine, no tiene dudas. "Pero no solo hay un problema de identidad", continúa, "los inmigrantes de segunda generación que nacieron y se criaron en Bélgica ya no están dispuestos a bajar la cabeza como hicieron sus padres, llamados a este país como mano de obra barata para las minas. Sabemos que tenemos derechos, pero todavía nos los están negando". 

En este vacío de muchos jóvenes es donde los imanes más radicales, que predican en decenas de mezquitas escondidas, y los reclutadores buscan chicos y chicas a sacrificar en pos de la causa del Estado Islámico. Y en Bélgica se registra el mayor número de combatientes extranjeros por habitantes: 516 hasta el pasado octubre sobre 11,4 millones de habitantes. 

"A mí también se me acercaron una vez: 'Khalid oye, ven con nosotros, te pagamos 2.000 dólares por mes, allí se está bien, hace sol y ayudas a los hermanos musulmanes'. "¿Y qué hiciste?" ."Les dije que me dejaran en paz y llamé a la policía". Khalid tiene 17 años, es huérfano de padre y su hermano mayor también murió. Pasó su infancia en la calle: "Cuando tenía 5 años volvía a casa a las 11 de la noche, mis amigos mayores hacían pequeños robos, no iban a la escuela. Pero al crecer, decidí cambiar". Hoy en día, Khalid estudia en un instituto profesional y está haciendo unas prácticas en la escuela de circo para ser funambulista. Pasa sus tardes y los fines de semana en la Casa de las Culturas.

En sus orillas, las fábricas en desuso se están convirtiendo en bares, restaurantes y galerías, y muchos artistas y estudiantes, atraídos por los alquileres baratos y el crisol del barrio, han elegido Molenbeek como su nueva casa. Le Phare es un sitio acogedor que sirve pasteles y bocadillos, donde hay espacios de coworking. La propietaria es Hanna Bonnier, una chica de París que después de unas prácticas en la Unión Europea ha decidido quedarse. En el lado opuesto de la manzana se encuentra La Vallée, un espacio de creación dirigido por Pierre Pavée, que acoge en sus 5.000 metros cuadrados a 73 creadores: un ejército de pintores, cámaras, diseñadores gráficos, arquitectos y escultores provenientes de toda Europa y del mismo Molenbeek.

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