Las mujeres en contra de la cuarta ola de feminismo

A lo largo de la historia, cada repunte del feminismo ha suscitado su correspondiente oposición. En la cuarta ola, no son pocas las mujeres que se desmarcan del movimiento colectivo y defienden visiones particulares de la igualdad.

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 Más de 350.000 personas se manifiestan en Madrid para reclamar la igualdad entre hombres y mujeres. Dos días después, otro grupo hace lo propio, esta vez, para mostrar su rechazo a la primera marcha y reivindicar una paridad entendida en otros términos. Antes, durante y después de la huelga y la manifestación del pasado 8 de marzo, muchos utilizaron redes sociales y calles para dejar bien claro que ni la convocatoria ni su entendimiento de lo que debe ser el equilibrio real entre sexos les representaba. El debate no es nuevo, como tampoco lo es la escisión entre feministas y quienes reniegan de la etiqueta.

A lo largo de la historia, cada oleada del movimiento ha traído consigo su correspondiente oposición. Buena prueba de ello da la imagen de la otra página, uno de los carteles distribuidos entre finales del siglo XIX y principios del XX por sectores de la prensa y el gobierno británicos reacios a las sufragistas de la segunda ola. Las ilustraciones, normalmente de carácter humorístico, ridiculizaban la lucha por el voto femenino y animaban a los hombres a evitar que sus esposas se unieran al movimiento. También en esa época, en 1879, el dramaturgo Henrik Ibsen levantó ampollas en Europa con el estreno de su Casa de Muñecas y su adelantado discurso sobre la emancipación femenina.

“En los momentos de mayor visibilidad del feminismo siempre han aumentado las respuestas contrarias, incluso la virulencia de esa negación”, explica Asunción Bernárdez, directora del Instituto de Investigaciones Feministas de la Universidad Complutense de Madrid. Otro ejemplo: mayo de 1968, la contracultura y la tercera ola se dan la mano, las mujeres vuelven a manifestarse y el cine se convierte en la plataforma de mofa pública de sus reclamas. El mensaje implícito roza el gore con la popularización de películas sobre asesinatos en serie de mujeres. El estrangulador de Boston (Richard Fleischer, 1968), Los asesinos de la luna de miel (Leonard Kastle, 1970) o El estrangulador de Rillington Place (de nuevo Fleischer, 1971) son solo algunos de los filmes que abrazaron la temática.

“Ahora ocurre lo mismo”, señala Bernárdez. Para la experta, la visibilidad que ha ganado el feminismo en los últimos años “es la causa de que surjan discursos antifeministas”. A pesar de ser fuerzas antitéticas, feminismo y antifeminismo tienen puntos comunes: ninguno es un movimiento homogéneo, sino que está formado por múltiples voces; y ambos se han convertido en la piedra angular del discurso de los partidos políticos, forzados a posicionarse en un debate que les involucra inevitablemente.

 

Iguales ante la ley

La conversación pro o antifeminismo es un as muy común en la manga de la actividad online de los políticos que, en redes sociales como Twitter, consiguen difusión rápida y masiva de sus mensajes cuando estos apoyan o se oponen a la causa. Es el caso de Vox, bautizado por buena parte de la sociedad como el estandarte del machismo debido a un discurso abiertamente contrario al movimiento y a un programa político encabezado por propuestas como la sustitución de la Ley de Violencia de Género por otra de violencia intrafamiliar. Para Rocío Monasterio, presidenta del partido en la Comunidad de Madrid, el título que se les ha adjudicado es totalmente ajeno a los valores de Vox, que defiende la existencia de una “igualdad real” avalada por la Constitución.

“Como creo en la verdadera igualdad, no quiero que me traten como si fuera distinta al hombre”, señala la representante, quien admira el feminismo “histórico” de mujeres como Concepción Arenal, pero asegura sentirse “ofendida”, por el rumbo que ha tomado el movimiento. En su opinión, esa lucha por derechos “que no teníamos y que hacían mucha falta” ha mutado hasta convertirse, en parte, en un “burka ideológico” que colectiviza a la mujer y le impone una posición de inferioridad y debilidad, a la vez que discrimina al sexo masculino.

Ese sexismo bidireccional se traduce, en palabras de Monasterio, en medidas como la ya mencionada legislación sobre violencia de género o en las cuotas impuestas a las empresas para intentar que hombres y mujeres tengan las mismas oportunidades de acceso a altos cargos. Escéptica con respecto al techo de cristal, la política achaca la falta de presencia femenina en puestos directivos a que “esas posiciones las ocupa gente que lleva muchísimo tiempo en la empresa” y las mujeres “todavía no han llegado”, pero afirma con optimismo que “llegarán de modo natural”. La culpa de este sesgo la tienen, según ella, quienes abrazan la ideología de género: “está distorsionando toda esta evolución maravillosa que habíamos conseguido hacia la igualdad”.

A este respecto, Asunción Bernárdez matiza que la ideología de género no es ni un reproche en el discurso feminista teórico ni un término exclusivo del feminismo, sino una manera de identificar la construcción de cada sociedad. Confusión que lleva a un mal empleo del concepto, con la consiguiente desinformación. “La gente llega al feminismo con más prejuicios que juicios”, asegura con preocupación la experta, que señala el incremento de fake news contra el mismo. Estas misivas, muy reforzadas de cara a los medios de comunicación y al contexto político, suponen “un pilar fundamental de la identidad de los partidos de ultraderecha” y son "la esencia del antifeminismo". Pero también son estos mismos discursos los que separan machismo de posturas como la de Vox: “Se puede ser antifeminista y no tener comportamientos machistas, porque el primero tiene que ver con el discurso y el segundo con actitudes de devaluación de la mujer”.

Feminismo e identidad individual 

En esa frontera terminológica vive también Leonor Tamayo, presidenta de la asociación Women of the World, creada hace cuatro años para “dar a la identidad femenina la dignidad que tiene”. Bajo el lema “en femenino sí, en masculino también”, Tamayo encabezó la marcha antifeminista convocada el 10 de marzo como respuesta a la concentración del día 8. Igualmente admiradora del feminismo que logró para la mujer el derecho al voto, a la independencia económica y a la educación superior, considera que la sociedad española goza de plena igualdad y que la reclama original de las sufragistas “ha degenerado en una lucha de mujeres contra hombres”. De hecho, la activista cree que lo que empuja a los hombres a participar del feminismo es “una voluntad de venganza hacia ellos” que les lleva a involucrarse para “evitar conflictos”.

Todo esto ha llevado a Women of the World a velar ahora por el respeto a la identidad masculina. ¿Con qué se corresponde? “Con la virilidad”. ¿Y la femenina? “Con la maternidad o potencial maternidad”.

Tamayo basa su argumentación contra el feminismo "radical y supremacista” en las diferencias naturales entre sexos (ellos se orientan mejor y tienen más sentimiento de protección, ellas son más empáticas, dice), que considera indispensables para el buen funcionamiento de la sociedad. De hecho, asegura que la única discriminación a la que está sometida la mujer deriva de su capacidad de ser madre que, por otro lado, “es una ventaja indiscutible en el mundo laboral porque la mujer desarrolla capacidades muy necesarias”. Su cruzada por la igualdad se centra en reclamar la conciliación laboral (uno de los grandes frentes del feminismo) y la defensa de las familias, entendidas como un hombre, una mujer y sus hijos.

Las de Tamayo, Monasterio y Bernárdez son solo tres de las muchas voces que argumentan y discuten el feminismo, todas ellas en nombre de la igualdad “real”. Tal vez la opinión más certera sea la de Honoré de Balzac, quien sostenía que “puede que la igualdad sea un derecho, pero no hay poder humano que alcance jamás a convertirla en hecho”.

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