Mujeres que luchan por el clima

Estuvimos en la Cumbre del Clima de París con Diana Ríos, líder de los Ashéninkas de Perú, amenazada de muerte por la industria maderera que destruye los bosques de su tribu.

Mujeres que luchan por el clima

Diana Ríos, 22 años, premio de la Fundación Soros en 2014 por su activismo, está a 10.000 kilómetros de su poblado en la selva amazónica cuando relata su historia, un terrorífico relato de impunidad y abusos. Ni en París, rodeada de caras amigas, logra desembarazarse del miedo. Miedo a que la asesinen, como a su padre, por defender los derechos de su tribu, los Ashéninkas, sobre la tierra que habitan. Sus enemigos, la industria maderera y los furtivos, quieren expulsarles para arrancar sus árboles. Sus árboles y nuestro oxígeno.

Desde el asesinato en 2014 de Jorge Ríos, padre de Diana, y de tres compañeros, Perú es el país más peligroso del mundo para los defensores del medio ambiente. “Fue un acto de represalia por denunciar que la concesión maderera se superponía a nuestro territorio comunal y promovía la tala ilegal”, confirma ella. Hoy, sus viudas e hijas continúan con la defensa de los bosques. “Estoy en París con el deber asumido de llevar nuestra voz a todos los espacios internacionales que sea posible, para hacernos sentir y que así el Estado peruano respete nuestras tierras”.

Por ellos, por todos

Mujeres que luchan por el clima

Pero la lucha de Diana y de tantos otros activistas que defienden los derechos de las tribus sobre sus tierras no solo les concierne a ellos. Estudios presentados durante la Cumbre del clima de París (COP21) demuestran que los bosques tropicales en los territorios indígenas de la cuenca Amazónica, Mesoamérica, Indonesia y Congo absorben el 20% del carbono de todos los bosques tropicales del planeta. Esto son 168 gigatoneladas de dióxido de carbono: más de tres veces los gases emitidos a nivel mundial en 2014. Para mantener vivo el planeta hemos de proteger el modo de vida indígena frente a la industria de la agricultura, la minería, el petróleo o la madera. Nos va la vida en ello.

“Nosotros vivimos en armonía con la naturaleza y nuestra madre tierra”, continúa Diana. “La tala ha afectado nuestra seguridad alimentaria, no tenemos caza ni plantas medicinales. Hay niños desnutridos y con malaria que hemos de llevar al poblado más cercano, pero allí somos discriminados porque sus habitantes se dedican a la madera. La deforestación también ha afectado a nuestra identidad, ya que siempre nos hemos considerado guardianes de los bosques, y no nos permiten ejercer como tales”. Todos los expertos reunidos en París consideraron imprescindible reconocer los derechos sobre la tierra de sus pobladores indígenas: aunque detentan el 50% del territorio global, controlan menos del 10%.

Inseguridad en la frontera

Pero las exigencias no se detienen en la propiedad. Diana se ve en la penosa situación de pedirle a su gobierno que la proteja. “Tras el viaje a París, me comunicaron que los madereros amenazaron con matarme a mí y a mi familia si volvía a mi comunidad. Esa es la situación actual, grave pero invisible para las autoridades. Existe crimen organizado en la frontera entre Perú y Brasil, donde estamos ubicados, y es deber del Estado hacerle frente”. “¿Tienes esperanza, Diana?”, le pregunto al despedirnos. “Sí. Me llevo mucho apoyo y la sensación de que no estamos solos. Todos me abrieron su corazón y yo les abro las puertas no solo de mi corazón, sino también el de mi comunidad. Serán bienvenidos en Saweto”.

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