¿Nos espían las apps? Rebuscamos en los oídos de tu móvil

Un móvil es un cohete a la información y una luz cuando falla la electricidad. Investigamos si a través de él internet nos escucha (o si somos nosotras quienes sacrificamos nuestra intimidad).

'Moonrise Kingdom', de Wes Anderson/Focus Features.

En algunas esquinas de Internet, en la intersección de los hilos de Twitter con los de Reddit, hay quien asegura que los móviles nos escuchan. Un usuario cuenta que charló cerca de su teléfono sobre caravanas Volkswagen y, al rato, un anuncio de los automóviles alemanes apareció en la cronología de su cuenta de Twitter. Otra, que compró una cantimplora para perros en un bazar y en minutos un anuncio de Instagram le recomendaba garrafas caninas. Zoe Kleinman también sospechaba que los teléfonos tenían oídos. Mientras planchaba, su madre la informó de que una amiga había muerto en un accidente de coche. Cuando Kleinman, minutos después, introdujo el nombre de su amiga en la barra de búsqueda del teléfono, el autocompletado añadió "accidente de coche". Pero Kleinman era periodista y se puso a investigar. En internet encontró historias similares, casi todas relacionadas con anuncios. Encargó a unos expertos en ciberseguridad una app que activara el micrófono del móvil aunque el programa no pareciera activo. La aplicación procesó sin dificultad las palabras clave de las conversaciones cercanas al teléfono. 

Siri oye... ¿o no oye?

Google negó las acusaciones. Aún hoy insiste en que no escucha lo hablado. El micrófono se abre, explica Anaïs Figueras, directora de comunicación de Google España, cuando al buscador se lo apela con un "okay, Google". "Por lo tanto, no, no escucha todo el rato. El micrófono solo se activa cuando utilizas el comando". Lo oral solo quedará registrado, cuenta, como parte del historial de búsqueda, igual que si la petición se hubiera tecleado. En 2015, al iPhone 6s también lo rondaron insinuaciones similares. Apple las rechazó. Sin un "oye, Siri" previo, aseguraron, el asistente virtual no despierta. "¿Es posible que nos espíen a través del micrófono? Por supuesto. Se ha demostrado. Evidentemente, es ilegal", señala Francisco Sanz, CEO de la compañía de ciberseguridad The Security Sentinel. "Pero nos tenemos que creer la explicación y recordar qué hemos buscado en las redes sociales". Para Ingrit Moya, coordinadora académica del Máster en Neuromarketing de la Universidad Complutense de Madrid, que el móvil conozca a su dueña mejor que su propia madre se explica "por una confluencia de factores. Por un lado, el retargeting. Si visitas una web, aunque no compres, la información se almacena. Cuando vayas a otra, los productos de la primera podrán llegarte más tarde en forma de anuncio. Las cookies del navegador te delatan como migas de pan". Por otro, las marcas, aclara, aspiran a la omnicanalidad. "Quieren estar presentes por todos los canales en la vida del cliente, ser parte de ella". Por eso es natural, cuenta, que descubramos una marca y acabemos encontrando sus productos en un email de Amazon o como spot interruptor de YouTube. A la pequeña psicosis que hace creer que un conocimiento recién adquirido nos acosa se la conoce en psicología como el fenómeno Baader-Meinhof. Es el mecanismo que se acciona al aprender una palabra nueva y encontrarla hasta en el reverso de la caja de cereales. Pone en alerta, alarma. Según el aforismo de Alphonse Bertillon, investigador criminalista, "solo se ve lo que se mira y solo se mira lo que se tiene en mente".

Sí quiero, pero no

 Lo que no se suele considerar, señala Moya, es que con la suscripción a una newsletter o la descarga de la app de una marca, a cambio del envío exprés y los posibles descuentos, "entregas tus datos. Es un intercambio que nos gusta, pero no nos gusta. Estamos migrando hacia una economía de la personalización. Queremos que nos llamen por nuestro nombre y nos feliciten los cumpleaños". Las posibles consecuencias aparecen ya recogidas en unos términos y condiciones que "ni siquiera el 1% lee". Para Sanz, nuestra libertad queda comprometida "hasta donde nosotros queramos. Nosotros podemos elegir muchas veces, pero, por dejadez, no lo hacemos". Para que las cookies solo signifiquen felicidad carbohidratada y no anuncios moscardón, en los navegadores se puede eliminar el historial y en Google, en la opción Mi Cuenta, se puede desactivar la personalización de la publicidad. Así los anuncios dependerán de criterios generales, como la edad o la localización. En las redes sociales, no obstante, la publicidad que se adapta permanece. Sobre Facebook e Instagram también gotean cada cierto tiempo acusaciones de audioespionaje. También las niegan. Donde la información queda al aire libre es en plataformas abiertas como Twitter, "el mayor archivo de conversaciones públicas del mundo", define Elena Bule, su directora de comunicación en España. En sus campañas segmentadas, los horarios, los me gusta, los tuits y la información proporcionada al configurar la cuenta se cruzan para deducir quién está a dieta, quién se acaba de mudar o quién es aficionada a la construcción de maquetas de submarinos. Las marcas lo saben emplear. La firma Brandwatch, por ejemplo, analiza conversaciones en Twitter o en los comentarios de YouTube y ayuda a las empresas a reajustar sus productos y publicidad. Es la técnica del social listening. Redes y navegadores reutilizan las palabras de los usuarios y "usan lo que has buscado para ofrecerte lo que en un momento determinado has estado interesado", razona Sanz, "pero no entra por el micro, sino por tus búsquedas". Si el móvil escuchara conversaciones a destiempo, conformaría un ataque contra el derecho a la intimidad, castigado por el Código Penal. Y si lo hiciera con la aprobación del usuario, según el último Reglamento de Europeo, tendría que advertirlo de manera clara. El consentimiento en la concesión de datos habrá de ser informado. La responsabilidad de masticar los términos y condiciones antes de aceptar ya solo queda a cargo de quien maneja el pulgar.

Charo Lagares

Charo Lagares

Iba para registradora y le dio por pensar que el dinero no daba la felicidad. Ahora quiere ser como Dorothy Parker. Solo ha conseguido sus ojeras.

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