Artículo de opinión

Por qué la renuncia de Melania Trump al sujetador es más importante de lo que crees

"La norma social marca que el pecho femenino se alce y sujete. Que la primera y, republicana, dama de Occidente la quiebre es más rebelde que la celulitis".

Gtres

En una farmacia de El Puerto de Santa María, junto a la puerta, frente a la báscula, había una urna de plástico. Protegía una masa fofa y grumosa, del color de la jalea real y el movimiento bailarín de la gelatina. Estaba rebozada en hilillos y pelos. Se podía tocar por un agujero que mi mano nunca atravesó. A mí me cae en la cara una gota de lluvia descolgada desde algún alféizar y ni Billy El Niño tarda lo que yo en sacar el móvil y buscar vacunas de urgencia para la meningitis. Un cartel anunciaba el contenido: la babosa era celulitis rebelde. Yo miraba la mesa y no podía creer que alguien tuviera aquello en el cuerpo. Ahora no puedo creer que alguien no lo tenga.

Entonces unas amigas ya odiaban bañarse el mar. Preferían que el SAMUR las aspirara derretidas sobre la arena antes que hacer el paseíllo de la toalla al agua. Solo corrían cuando nadie miraba. Como si alguien mirara. En la playa casi todos ven un cuerpo, lo registran y vuelven a lo suyo. El cuerpo en multitud solo es masa.

En la versión digital de las revistas femeninas, reina la reina. El nombre de Letizia está atornillado a las páginas más vistas. Cada vez que me cruzo con una foto suya, necesito, como si fuera sed, hacer zoom sobre su pelo. Y otra vez. Y otra. Debo comprobar que siguen ahí. Y siguen, reviradas entre mechones lisos. Vuelvo a hacer zoom otra vez. Y otra. Y otra. La reina continúa con la cabeza nimbada por canas.

Melania Trump también mantiene su plan para la desestabilización mundial. La viralidad tocó el otro día a su paseo sin sujetador bajo la lluvia. Una parte de internet preguntaba si era “un acto de rebeldía”, otra respondía que podía hacer lo que le viniera en gana con su cuerpo. Faltaba. Pero la norma social marca que el pecho femenino se alce y sujete. Que la primera y, republicana, dama de Occidente la quiebre es más rebelde que la celulitis. En la playa nadie nos mira. A ellas, representación encarnada, las ametrallan cada día con cámaras. El gesto no se vacía.

Ni el tinte ni el sujetador son necesarios. Favorecen, según costumbre, pero no sacian más bienestar que el social. Que ya es bastante. Como el maquillaje para piernas de Kim Kardashian. Cubre, alisa, ilumina. Una gota sobre la tibia, brocha arriba y abajo y la redondez de las piernas de Barbie se aparece bajo las caderas. Y encima es resistente al agua. Con lo que cuesta sacar eso. Y huele a vainilla y coco, a lo que debía de oler Lindsay Lohan en Chicas malas. Prefiero que me paren por la orilla para pedirme un gajo de mi naranja.

 

Esta columna de opinión apareció originalmente publicada en el número de agosto de 2019 de la edición impresa de Marie Claire.  
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