El exilio de los niños vascos durante la Guerra Civil

El escritor y jurista Mario Garcés recuerda y ordena la historia de los casi 4.000 niños vascos que se exiliaron a Gran Bretaña durante la Guerra Civil española.

Foto: basquechildren.org

En una guerra, recuerda Mario Garcés, escritor y jurista, las historias que se pierden son a menudo las de las víctimas. Y las víctimas más vulnerables son, a menudo, los niños.

El bombardeo de Guernica por parte de la Legión Cóndor alemana extendió el pánico por las casas del País Vasco. La reacción se expandió al resto de España, saltó las fronteras internacionales. Ralph Stevenson, entonces el cónsul británico en Bilbao, quiso ayudar. El día del bombardeo había visitado Guernica. Vio, oyó y olió las consecuencias de tres horas de bombardeo. Se propuso desalojar a los niños de las zonas de conflicto. El seis de abril pidió permiso para trasladarlos a Reino Unido. Se le denegó. Por parte de las oficinas españolas y de las británicas, Stevenson recibió una respuesta negativa. La financiación, concluyó, debía ser privada.

El 15 de mayo de 1937, el ministerio de asuntos exteriores británico cedió. Concedió el permiso a Stevenson. Dos mil niños podían viajar desde Bilbao hasta Southampton, 1.100 chicas y 900 chicos. Más tarde, logró doblar la cifra. Debía cumplir unos requisitos. De los 4.000 evacuados, 2.500 debían ser mujeres. Además, los niños no podían tener menos de 5 ni más de 15 años. Las ideologías debían, también, aparecer representadas. La ayuda no podía reservarse a solo uno de los bandos. Por último, los niños no podían hablar de política. En cuanto arribaran a tierras británicas, las ideas políticas debían diluirse. Pretendían, así, contener cualquier virus de espíritu belicoso. Cinco días más tarde, el buque Habana transportó a 3.800 niños a la costa sur de Inglaterra. Más de un centenar de asistentes sociales y una quincena de sacerdotes acompañaron a los menores. Cada niño llevaba en la mano una bolsa con doce caramelos. Después de tres días, el barco, escoltado por embarcaciones españolas y británicas, llegó a su destino.

Medio millar de niños, apunta Garcés, tuvo que ser desparasitado. Tenían gusanos y lombrices. Desde moteros a damas de la alta sociedad, esposa del ministro de asuntos exteriores incluida. Casi se escandalizaron. Los niños vascos estuvieron a punto de amotinarse: la comida tardaba demasiado. Encima, fumaban. Incluso se atrevían a pedirles un cigarro a los adultos que se acercaban a ayudarles. Tras un par de días, el campamento se disolvió. Los niños se repartieron a lo largo del territorio británico. En Gales hasta se reunieron en su propio equipo de fútbol. Se hacían llamar los Diablos rojos

Tras el final de la guerra, la mayoría de los niños regresó a España. 

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