24 horas sin móvil, ¿superarías el reto?

Los españoles no podemos estar más de cinco minutos sin mirar nuestro smartphone. Como una adicta más, hago la prueba de privarme del teléfono durante un día entero

Adictas a móvil

En España hay más móviles que personas, según el Instituto Nacional de Estadística. La tasa de penetración de la telefonía móvil supera el 108%. Los españoles no pueden pasar más de cinco minutos sin consultar su móvil, o sus móviles según la estadística. Después de sufrir algún que otro mini episodio de ansiedad motivado por la falta de wifi, me llegó la hora  Y he de reconocer que yo soy parte de esta masa adicta. La escasez de cobertura me agobia, pero me niego a formar parte de las fillas de los yonkis del teléfono así que me auto impongo una terapia de choque: 24 horas sin móvil.

7.45 Suena el despertador, bueno, el móvil, mi despertador es una cabeza de Darth Vader meramente decorativa que da bien la hora una sola vez al día. Exactamente a las 17.56. Lo apago con la esperanza de acordarme del pin cuando lo vuelva a encender. Me despido de mi fiel aliado durante 24 horas.

8.30 Antes de salir de casa he hecho el amago de coger el móvil unas 3.000 veces. Cuando salgo siento que se me olvida algo. La sensación persistirá durante toda la jornada de abstinencia.

11.00 Me digo a mí misma que todo está bien, que sobreviví durante años sin que este trasto fuera una extensión de mi cuerpo. Pero lo cierto es que antes del segundo café de la mañana ya he echado mano del móvil inerte en mi bolso para concretar unas cañas por Whatsaap, para pedir un taxi vía Mytaxi, para consultar una dirección en Google maps, para hacer una transferencia bancaria... Aquellos años de subsistencia pre smartphone parecen muy lejanos, muy precarios, muy oscuros

12.00 Leo en el periódico que las mujeres francesas están movilizándose contra la nueva ley del trabajo en su país. Mi primer impulso es ver qué se está hablando en Twitter. NO. No puede ser, cero acceso a redes sociales. Justo hoy se me ocurren una docena de tuits ingeniosos cada hora que caerán en el olvido. 

14.00 Me dirijo a mi cita para comer en un taxi que he conseguido a la manera tradicional, plantándome en la acera y oteando el horizonte en busca de una luz verde. Pero sin móvil, me dirijo a lo desconocido. Concerté la cita con mi amiga hace dos días y desde entonces no hemos hablado. Mi flotador a prueba de imprevistos, el que me tiene informada y advertida está fuera de mi alcance. 

16.00 Aunque nadie está libre de procrastinación con un ordenador delante, lo cierto es que hasta el momento ha sido un día bastante productivo. Es como estar a dieta de distracciones, gifs de los Minions, memes, galerías de fotos de gatos durmiendo en camas de perros, cotilleos, conversaciones circulares en grupos de Whatsapp y llamadas inoportunas en plena actividad profesional. Empiezo a atisbar cierta paz, pero francamente, echo de menos esa ventanita a la enajenación y el absurdo. A estas horas, ya desesperadamente. 

18.00 De nuevo me dirijo hacia lo desconocido. No sé si mi tarde de cañas sigue en pie, si el lugar de la cita se ha cambiado o si veré a mis amigos o no. El móvil nos ha vuelto informales, caprichosos, propensos a ponerlo todo patas arriba a última hora. Llego al bar en el que hemos quedado y no hay nadie conocido. Lo sabía. Mis amigos llegan por goteo, nos saludamos. Paso los primeros 20 minutos tratando de ponerme al día de la conversación que han tenido en nuestro grupo de Whatsapp durante mi desconexión. 

21.00 De vuelta a casa me calzo las zapatillas para salir a correr por el parque. Solo mis zapatillas y yo. Ninguna aplicación conectada a mi pulsómetro que registre mi entrenamiento, me informe de lo que tardo en recorrer cada kilómetro y me felicite con una voz robótica a través de los auriculares por mis progresos. Solo yo y 6 kilómetros de aburrimiento supino que no quedarán memorizados en ninguna plataforma digital. Pura Prehistoria. 

22.00 El día va tocando a su fin. Afortunadamente. Como yonki, el periodo de abstinencia ni siquiera ha empezado a pasar, quizá 24 horas son pocas para acostumbrarse a vivir sin nuestras ruidosas y demandantes extensiones electrónicas. 

7.45 Después de una noche libre de radiaciones vuelvo a encender el teléfono. Una avalancha de notificaciones, mensajes, llamadas perdidas, mails y reproches por haber olvidado dos cumpleaños que solo mi teléfono era capaz de recordarme, me convence de seguir viviendo, felizmente, mi adicción. 

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