El truco (feminista) que hará que disfrutes más de los viajes

"Mayte de la Iglesia, dijo, no recordaba lecciones de feminismo en casa. La desigualdad no era una posibilidad. Aunque había algo que su padre le repetía de niña: su maleta nunca debía pesar lo suficiente como para que precisara ayuda ajena".

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Marilyn Monroe, camino del tren en 'Con faldas y a lo loco'.

La décima vez que Maricarmen viajó al Caribe, relató el despegue del avión como si le hubiera sido encomendada la narración una película para sordos. No había gesto de las azafatas que se escabullera de su lengua. Su compañera, encajada en los asientos espinales del avión, jamón de york del sándwich, miraba la pantalla de enfrente como si entre los kilómetros pendientes se le fueran a revelar los números de la lotería. Abrazaba un abrigo de plumas.

Cuatro filas más allá, en el lomo izquierdo del avión, tres amigos con seseo y camisetas de tirantes reían como hienas que acabaran de salir de la consulta de un dentista estadounidense. Las cervezas desfilaban desde la cocinilla. En los bíceps de uno de ellos se podía celebrar, en caso de tormenta primaveral, las fiestas de San Isidro. Maricarmen rezaba ahora con su amiga y, entre Avemarías, Padrenuestros y Glorias, chascaba la lengua y miraba hacia atrás. La gente es muy maleducada, eso es lo que pasa, Olga. Muy maleducada, de verdad. Tú te crees esta panda de aquí atrás, Madre del Amor Hermoso, de jijí-jajá como si estuvieran en una discoteca. Que no hay modales, Olga, que no los hay. Eso es lo que pasa. Vamos allá. ¿Por dónde iba yo? Quinto misterio.

Siete horas y media más tarde, en un aeropuerto a un sirimiri de ahorrarse el prefijo, Maricarmen vio su equipaje de mano sobrevolar su cabeza. Un brazo semidesnudo, amplio y ancho como el solar de un Primark de nueva construcción, dejó el trolley en la moqueta. Demasiados segundos de lucha contra la maleta.

Desde hace algunos meses, frente a bolsas de mano medianas, la melenita cobriza de Maricarmen se me aparece entre pinkies y camisas. En mis viajes, más de raíles que de aire, mi truco era dejar el equipaje frente al cuarto del baño. Ni así debían auxiliarme ni yo que humillar a mis padres cuando en la esquela, día y medio más tarde, tuvieran que añadir que su hija había muerto por aplastamiento de maleta.

Ahora, aún desde el asiento de atrás, mis equipajes los hace Maricarmen. Y Mayte de la Iglesia. En 2017, Marie Claire España cumplió 30 años. En unas mesas redondas, una treintena de mujeres repasó las últimas décadas. Ella participaba. Charlaron sobre trabajo, conciliación, belleza, moda, igualdad. Me tocó minutar su mesa. Debía anotar las intervenciones que serían incluidas en el vídeo final. Mayte, dijo, no recordaba lecciones de feminismo en casa. La desigualdad no era una posibilidad. Aunque había algo que su padre le repetía de niña: su maleta nunca debía pesar lo suficiente como para que precisara ayuda ajena. Con sus cosas debía poder cargar ella sola.

Entre una y otra me doblan, frente a la maleta, algunos jueves por la noche, la ropa. Por cierta independencia. Y por supervivencia. Hay que cuidar las esquelas.

Este artículo de opinión se publicó, de manera original, en el número de enero de 2020 de Marie Claire España.
Charo Lagares

Charo Lagares

Iba para registradora y le dio por pensar que el dinero no daba la felicidad. Ahora quiere ser como Dorothy Parker. Solo ha conseguido sus ojeras.

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