Di adiós a la fatiga

Ser una buena madre, una buena pareja, una buena empleada… Encadenamos jornadas de trabajo dentro y fuera de casa, cada vez más agotadoras y, las noches las pasamos en vela. ¿El resultado? Estamos inmersas en una espiral infernal de la que debiéramos escapar. Nos lo cuentan los especialistas y las afectadas.

Di adiós a la fatiga

La solución que ha encontrado Cecilia, jurista de 41 años, con pareja y tres hijos, para no derrumbarse de puro cansancio, es no parar nunca. Ella misma lo cuenta: “Mis jornadas se asemejan mucho a un maratón. Empiezo a trabajar a las 9.30, pero me levanto a las 7 de la mañana para poner en marcha a los pequeños. Vuelvo a casa a las 18.45 para enfrentarme con los deberes y con la cena. A las 21.30 me doy cuenta de que no he parado ni un minuto”.

Un no parar muy similar al de Sabrina, madre soltera de 33 años y animadora en un centro de recreo: “Me levanto a las 6 de la mañana porque tengo horario partido. Acabo a las 18.45 y después me ocupo de mi hija. Si me meto en la cama a las 9 de la noche, tengo la impresión de que no he hecho nada de las cosas que más me apetecen en todo el día, por lo que a veces me desvelo y a menudo me entran ganas de llorar cuando suena el despertador”.


Di adiós a la fatiga

Fines de semana ocupados

La fatiga que sufren Cecilia y Sabrina, lejos de ser una excepción, parece que sea la norma para las europeas, como muestra un informe realizado por la consultora Occurrence, que cifra en 342 horas anuales el déficit de sueño de las mujeres. Esta cifra es un 20% superior a la de los hombres. Las mujeres sistemáticamente se acuestan más tarde de la hora recomendada por su reloj biológico (que tiene seis minutos de adelanto sobre el de los hombres).

La doble jornada de las mujeres resulta realmente impresionante, pero hace que nos preguntemos por qué las tareas del hogar, así como ‘la paternidad permanente’ (que incluye desde la contratación de la niñera hasta la visita al pediatra de urgencias con el niño) sigue siendo responsabilidad de las mujeres.

Claudia, encargada de compras del sector de la gran distribución, lo tiene claro: “Me encanta mi trabajo, adoro a mis hijos, pero reconozco que me siento menos cansada cuando viajo por trabajo, porque es el único momento en el que mi marido se ocupa en mi lugar de todos los temas de casa. Aunque ‘lo único’ que hago es estar fuera por trabajo, son casi unas vacaciones”.

 

Como consecuencia de todo lo anterior, la mayoría de nuestras conciudadanas que tienen que sacar adelante a sus hijos, ya sean solas (la cabeza de familia de un 84% de hogares monoparentales es una mujer) o en pareja, llevan una doble vida. Y cualquier imprevisto que surja durante el día es sinónimo de estrés y de fatiga. Según Cecilia, “con que una reunión se alargue más de la cuenta, ya tengo que ponerme las pilas para contratar urgentemente a una canguro”.

Julia, jefa de proyectos en el sector de la comunicación, dice que “lo peor es gestionar la cita con la profesora de tu hijo que tiene problemas en el colegio, mientras los correos de tu jefe, todos urgentes, se van acumulando en el teléfono móvil durante la reunión”.

Para la psicóloga Nicole Prieur, “la mujer moderna se encuentra en una heterogeneidad permanente de identidades, teniendo que ejercer a la vez de madre, de esposa y de profesional. La fatiga nace también de la gestión de los conflictos entre estas identidades”.

Cada día son más las mujeres que nunca dejan de trabajar, como muestra el informe que ha realizado la página web francesa, Cadreo, especializada en empleo, en el que se ve que el 54% de ejecutivas sigue trabajando el fin de semana (frente a un 43% de hombres), y un 30% lo sigue haciendo incluso cuando está de vacaciones. 

Un exceso de celo que las nuevas tecnologías han hecho posible. "Es una trampa para muchas mujeres. Al principio, vieron en el teletrabajo una rendija de libertad, una manera de organizarse mejor. Y luego, sin darse mucha cuenta, se han encontrado trabajando sin parar. Al cansancio físico, ligado al hecho de trabajar, se añade un cansancio psicológico, debido a la desaparición de las barreras entre la vida profesional y la privada”.

Julia confirma lo obvio: “Tener que trabajar durante las vacaciones es perderse las ventajas de tener vacaciones”. A ella le ha pasado tener que contestar llamadas de trabajo estando en la playa, a la vez que con el rabillo del ojo vigilaba a su hijo mientras se bañaba.

El cansancio, lejos de ser un mero hecho psicológico, tiene mucho de estado de ánimo. “Para descansar, tiene que haber un momento en el que pueda desconectar mentalmente, marcar una pausa entre mis diferentes vidas. Dejar de escuchar a Leo cuando estoy pensando en el correo que tengo que contestar. Y también llegar a no pensar en nada, ya sea en ese correo o en mi hijo”, cuenta Julia.

 

Pero la sensación de agotamiento también está ligada a un menor reconocimiento profesional. En la actualidad, la mujer todavía ocupa puestos de menor jerarquía en las empresas y/o profesiones menos reconocidas socialmente que los hombres.

Además de este cansancio, que nace de la falta de reconocimiento de actividades consideradas como más de mujeres, no se libran ni las treintañeras sin hijos. Las jóvenes invierten cada vez más tiempo y energías en sus trabajos, pero cuando ven que una trabaja lo que trabaja, véase más y/o mejor que sus compañeros, y que ganan un 20% menos, llega un momento en el que les embarga un sentimiento de agotamiento y una fatiga psicológica enormes.

La eterna culpabilidad femenina

También queda patente que incluso dentro de las tareas del hogar, las más ‘nobles’, las que producen resultados visibles a largo plazo, como puedan ser el bricolaje o la jardinería, son las que el hombre copa en su casi totalidad, mientras que las tareas ‘invisibles’ (como ordenar la casa) recaen prioritariamente sobre las mujeres.

¿Pero por qué las mujeres permitimos que ocurra esto? ¿Será la legendaria culpabilidad femenina la que nos empuja a aceptar lo inaceptable, y a ir día a día reduciendo nuestro tiempo de descanso, como si quisiéramos expiar el pecado original?

“Es verdad que no se me ocurre negarme a aceptar un informe envenenado en el trabajo, cuando me lo dan. Me digo a mí misma que suficiente suerte tengo con poder irme del trabajo a las 18.30, y que algún sacrificio tendré que hacer a cambio”, dice Julia. Una prueba más de que las mujeres han interiorizado el mensaje que les manda la sociedad.

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