¿Dónde pongo a mi ex?

Tras la tempestad emocional de una ruptura y a la hora de afrontar una nueva vida, la figura de esa pareja que hemos dejado puede ser un lastre o un apoyo, pero siempre resulta perturbadora.

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El final de una relación puede ser un cataclismo o una bendición, pero más allá de las circunstancias, una ruptura transforma a dos personas que lo han compartido todo en auténticas «desconocidas íntimas» susceptibles de odiarse, amarse o ignorarse, pero que, a pesar de todas sus diferencias, siguen teniendo mucho en común.

«Experiencia es el nombre que damos a nuestras equivocaciones», escribió Oscar Wilde. Nadie duda de que con las rupturas aumenta nuestra experiencia, pero también la nómina de los ex, esa figura ambigua que algunos consideran tan incómoda como un jarrón chino y que gracias al actual paradigma de la monogamia sucesiva no deja de multiplicarse.

«Tu ex no tiene por qué ser tu enemigo, pero es recomendable poner una distancia prudencial, curativa y sanadora con el otro cuando termina una relación», opina la psicoanlista Mariela Michelena. El problema es que a veces las vidas de dos personas se fusionan hasta un extremo que poner una distancia es imposible. ¿Qué hacer, por ejemplo, si el ex es compañero de trabajo o continúa siendo amigo de tus amigos? ¿Le borras de tu vida o continúas la amistad?

«A menos que sea una relación incipiente donde no ha habido grandes pasiones y los dos hayan decidido dejarlo de mutuo acuerdo, tener una relación de amistad con el ex me parece algo muy duro. Lo único que hace es recordarte lo que no fue y ahondar en el dolor –añade Michelena–. A veces el que deja la relación siente culpa y una manera de disminuirla es decir: “Aquí sigo, no te he dejado del todo”. Hay casos en que sería más sano y tranquilizador dar al ex por muerto.»

Síndrome Rebeca

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Como en «Rebeca», la película de Hitchcock donde la nueva mujer ni siquiera tiene nombre y se siente empequeñecida por la arrebatadora personalidad de la ex, a veces la presencia de una relación anterior puede entorpecer la construcción de una historia de amor que está empezando. Es lo que los especialistas dan en llamar precisamente «el síndrome de Rebeca», un tema al que la escritora Carmen Posadas dedicó todo un libro y que en alguna entrevista incluso ha llegado a reconocer haber sufrido en carne propia: «El fantasma siempre gana, porque cuando perdemos a alguien tendemos a idealizar su memoria y él ya no está aquí para desmentirnos ese recuerdo ideal con sus actos reales». La figura de un muerto (en el sentido real o figurado) es susceptible de ser venerada, se puede idealizar y se puede acrecentar, llegando a convertirse en un obstáculo (el auténtico elefante azul de la habitación, al que nadie nombra pero en el que todos piensan), pero no siempre es un problema del ex. «En “Rebeca” –comenta la psicoanalista–, quien tiene la obsesión en la cabeza no es el marido, sino la nueva mujer. Ésa es la clave, porque a veces, en una relación, es la nueva pareja quien mete al ex en la cama. Empieza a preguntar y a compararse por su propia inseguridad.» Claro que en ocasiones los celos retroactivos están justificados, ya que para muchas personas tener sexo con un ex no es tan grave como iniciar una aventura con un desconocido y recurren a los nombres del pasado cada vez que se sienten solas.

Un ex es para toda la vida, y aunque aquellas fotos del amor perfecto en París estén enterradas en un cajón y sean el holograma de un fracaso, tienen su sentido y su porqué. Lo dice Antonio Bolinches, psicólogo experto en terapia de pareja: «Lo peligroso de un fracaso emocional no es que se produzca, sino que se reproduzca, ya que las personas que, por no sufrir, no se arriesgan a vivir, no evitan el sufrimiento, sino el aprendizaje. Tener una primera pareja, una segunda o una tercera es la única forma conocida de disponer de un referente afectivo que nos permita valorar después la bondad de otras relaciones posteriores. Pero el aprendizaje no se produce por elegir mal, sino porque somos capaces de reconocer y rectificar el error a posteriori». Queramos o no, el reencuentro con un ex puede ser memorable: coqueteos, sonrisas, «¿te acuerdas de...?», pero a la larga es difícil no enredarse por los mismos motivos que, sepultados en el pasado, nos llevaron a romper y hacernos daño.

Se lleva lo «retrosexual»: en Facebook resulta sencillo rastrear el fantasma de un ex hasta resucitarlo.

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