De cómo la ansiedad se convirtió en la mayor red social

Su herida no deja sangre, pero la ansiedad necesita remiendo para evitar complicaciones. Todos la experimentan, y más de 264 millones la sufren. Ante ella, la carga de trabajo, la neuroquímica y la personalidad regulan nuestra capacidad de respuesta.

Julieta Serrano, en una escena de 'Mujeres al borde un ataque de nervios'

Tenía 39'5 de fiebre y la garganta llena de placas. Había roto el envase de la última dosis de Zitromax que me habían recetado para una amigdalitis aguda y la pastilla había salido volando. Había movido el sofá, la tele y una vitrina. Había vaciado los cajones y la cesta del pan. Me había tirado al suelo y repasado cada esquina del salón con la linterna del móvil. La pastilla no estaba. La última dosis de un medicamento que solo se obtenía con receta y la había perdido. Era incapaz de hacer algo bien. La pastilla se había volatilizado. No sabía hacer nada. Todo lo que hacía lo acababa estropeando. El llanto llegó solo y el jadeo se convirtió en hiperventilación. Después de siete minutos comprendí que jamás sería capaz de dejar de respirar así. Me iba a morir por no saber respirar. Ya había que ser idiota. Una amiga enfermera ordenó que me tumbara y pusiera las piernas en alto. Tras veinte minutos, el ataque de ansiedad remitió. 

De dentro afuera

La respiración se acelera y las ideas se bloquean, se lanzan al miedo en espiral, se obsesionan con el ritmo al que está resonando el pulso en los oídos, con cómo el sudor y el hormigueo están entumeciendo las manos, con la presión repentina sobre el pecho. Las escenas parecen resbalarse, la sensación es de irrealidad. Más de 264 millones de personas en el mundo sufren, según la Organización Mundial de la Salud, algún desorden relacionado con la ansiedad. De acuerdo con sus datos, de 2005 a 2015 los síntomas del trastorno aumentaron en un 14,9 por ciento a nivel global. En lo nacional, la ansiedad crónica ocupa el décimo puesto de enfermedades que los mayores de 15 años mencionan con mayor frecuencia. Aun así, solo el 10,65 ha sido diagnosticado. De acuerdo con un estudio de la Organización de Consumidores y Usuarios realizado en 2018, el 57 por ciento de la población cree haber sufrido ansiedad a lo largo de su vida. En los estratos sociales donde los recursos escasean, dice la Encuesta Europea de Salud en España, la intensidad de la ansiedad aumenta. 

Porque si es cuestión de presencia, la ansiedad está en todos. Abajo, arriba, al centro. Lo que varía es la capacidad de reacción. Aclara Antonio Cano Vindel, doctor en Psicología y presidente de la Sociedad Española para el Estudio de la Ansiedad y Estrés, que la ansiedad es una emoción natural, como la alegría o la tristeza. Su misión es alertar de posibles peligros. Pero a veces en la percepción del riesgo se producen interferencias. La objetividad del peligro y la duración de la angustia definirán el tipo de ansiedad. Si el mal trago por un peligro objetivo acaba cuando el peligro se desvanece, será ansiedad racional. Si se mantiene y la provoca una amenaza en realidad inofensiva, se hablará de ansiedad patológica. Si esta última dura seis meses, será tratada como ansiedad crónica y generalizada. Cuando entra en erupción encuentra tres puntos de salida: el cognitivo-subjetivo (o sea, la preocupación), el fisiológico (como la sudoración y las palpitaciones) y el motor (es decir, el llanto o la tartamudez). 

Oficinas y apuntes

La genética, la neuroquímica y algunos elementos culturales se encargan de regular los brotes. Pero, explica Santiago Cid, psicólogo experto en desórdenes de ansiedad, existen rasgos de la personalidad que predisponen. Entre ellos, ser exagerado, rígido en las ideas, intolerante a la incertidumbre, catastrofista o perfeccionista. 

El último es el que mantuvo envarada a Elena durante meses. Tenía 22 años y miedo a no aprobar un examen. Ya lo había suspendido antes. Ahora debía sacar más de un siete si quería que el banco en el que trabajaba le renovara las prácticas. Además, su futuro exnovio era un petardo. A Elena le faltaba el aire. Tenía el cerebro tapizado de "agobio psicológico" y no sabía cómo vaciarlo. Un día su hermana mayor la reprendió por algo que había hecho mal. Elena odiaba hacer las cosas mal. No sabía por qué tenía que hacer las cosas mal. En medio de la bronca, vomitó.

A Paula, de 18 años, la ansiedad también la encontró a través de los estudios. Normal: junto con el trabajo, es uno de los más frecuentes detonantes de la ansiedad. Estaba tan agobiada que no podía dormir. No sabía qué le pasaba. El corazón le galopaba tras las costillas. Se concentraba en que no podía dormir y el mismo pensamiento no le dejaba dormir. El cambio del colegio a la universidad y el examen de conducir la tenían en tensión. Durante una semana, la pesadilla llegaba antes de dormir. Con las vacaciones y algunas técnicas de relajación, los ataques se diluyeron. Ahora planea ir al médico. 

Elena acudió al psicólogo desde el inicio. Lo tuvo que hacer a escondidas de su padre, convencido él como estaba de que lo que le ocurría a su hija era una patochada. En las citas con la psicóloga charlaba; en su tiempo libre aumentaba el ejercicio físico y comenzaba a consumir suplementos relajantes de formulación natural, casi de herbolario. Lo que más a menudo se receta y consume, no obstante, son ansiolíticos. Según el informe de Utilización de Medicamentos de 2014, entre el año 2000 y el 2012 su consumo en España aumentó en un 46,8 por ciento. La rapidez de su actuación es la responsable del efecto boca a boca. Entre amigos se aconsejan marcas como si fueran caramelos para la tos. De las recetas ya se encargará alguien. Solo en 2010, asegura la OCU, el gasto en benzodiacepinas fue de 750 millones de euros. Y lo que se debería prescribir, indica Cano, son antidepresivos. Pero las prisas en la atención médica primaria se enmiendan a menudo con ansiolíticos. Son más eficaces a corto plazo, solo necesarios durante unas semanas. En ocasiones, la actitud de algunos pacientes, recelosos de los antidepresivos, también dificulta los tratamientos. Sobre acudir al psicólogo, explica Cid, el estigma sí se ha reducido. A Paula no le preocupa comentarlo y Elena recomienda la suya a sus amigos. Pero alguna reticencia a hablar sobre la salud mental permanece. Todos los testimonios de este reportaje llevan pseudónimo

Taylor Swift, sin saber reconducir sus pensamientos en el videoclip de 'Blank Space'-
Cosa de mujeres

Y eso que, de acuerdo con la OMS, los trastornos como la depresión y la ansiedad se multiplican cada año. ¿Aumentan realmente los casos o es que ahora podemos poner nombre a síntomas que antes no sabíamos relacionar? Según Cano, el incremento es real. La omnipresencia de la tecnología, que consigue que a la oficina le crezcan ramas que llegan hasta el sofá de casa, y la inmediatez de internet logran mantener en tensión a jóvenes y adultos. Aunque también, en efecto, indica Cid, la información sobre el tema ha alcanzado a un mayor público. Desde Estados Unidos las famosas hablan de sus sesiones con el psicoterapeuta y sus estancias en clínicas donde les enseñan a tratar el estrés, la depresión y la ansiedad. "Que personas de éxito compartan sus miedos nos confirma que cualquiera puede padecerla. Actores, actrices y cantantes, por ejemplo, que hablan de su miedo escénico, han ayudado a muchas personas a tomar fuerza para superarlo. Nos motiva tener modelos en los que inspirarnos", razona Rocío Lacasa, psicóloga especializada en trastornos de ansiedad. Los altavoces de la salud mental suelen ser famosas, en femenino. La ansiedad, detectó un estudio de la Universidad de Cambridge, afecta al doble de mujeres que de hombres. En 2016, concluyó que ellas tienden a interiorizar y somatizar; ellos, a inhibirse. Por cultura o neuroquímica, las mujeres resultan más vulnerables. Sobre todo, en época premenopáusica y antes de los 35, cuando se deben tomar las decisiones que parecen determinar el futuro. En edad reproductiva, concluyó una investigación de las universidades de Valencia y de Málaga, las mujeres son entre dos y tres veces más proclives a experimentar ansiedad. Las papeletas masculinas aumentan en la mediana edad. 

La vuelta a la tortilla

Ignacio tenía 43 años cuando su padre murió. Los días en su clínica de estomatología se salteaban con algunos embrollos judiciales –contratos incumplidos por la otra parte– que lo despojaban de tiempo libre. Le costaba respirar y los dedos le hormigueaban. Notaba que la inquietud siempre lo acompañaba. El psiquiatra le diagnosticó estrés, depresión y ansiedad. Los ansiolíticos, que le dejaron "un poco pasota", reencaminaron su forma de afrontar los contratiempos. Pero la ansiedad sigue en su vida. De día y de noche. En la consulta atiende a pacientes (más ellas que ellos) que somatizan la ansiedad en las encías o en las piezas dentales. Con tratamiento farmacológico se suele resolver. De noche, a veces todavía necesita algún relajante para conciliar el sueño. Enrique solo necesitó ansiolíticos durante un semana, después del segundo ataque. Antes del primero creía que lo iban a despedir. Tenía 53 años y en su empresa se rumoreaba que el ERE que los rondaba mandaría a todos los mayores de 50 a la calle. El trabajo y algún asunto familiar le bloqueaban la respiración. Algo le aplastaba el pecho, notaba una presión que le subía a la cabeza y atontaba durante unos segundos. El aire, decía, no le llegaba a los pulmones. Pero claro que lo hacía. Sus pulmones estaban bien y tenía el corazón de un atleta. En Urgencias le propusieron solucionar su ansiedad con medicación o deporte. Escogió lo segundo. Tras la última crisis, hace cinco meses, se apoyó en los tranquilizantes. La semana de Diazepam le disolvió la presión y, más tarde, dobló las sesiones de ejercicio físico. Cuando tiene que realizar alguna presentación en el trabajo nota la angustia y la presión, pero ahora, cuenta, sabe sortearla. Uno de los médicos le explicó que tras un ataque, la ansiedad se adhiere, que es complicado deshacerse de ella.

La psicoterapia, señala Cano, sí puede lograr que el paciente se desprenda de la ansiedad. Los tranquilizantes a menudo funcionan como una tirita: protegen, pero no curan. Aunque cada caso se debe estudiar, la combinación de tratamiento farmacológico y cognitivo-conductual, apunta Cid, funciona en el 85 por ciento. En consulta se pueden remodelar los atajos que, por malos hábitos, toman los pensamientos. Lacasa opta por ella desde hace años. Ha bautizado a su método como "psicoinversión": con terapia en su consulta de Madrid, elimina el eclipse que la ansiedad forma sobre la intuición para revertir los mecanismos de pensamiento que, bajo la angustia, el paciente toma de forma automática. Desde el pasado octubre, los centros de atención primaria de la misma comunidad autónoma deben contar con psicólogos clínicos. La iniciativa aspira a que el cuidado de la salud mental sea eficaz a largo plazo.

Domar la ansiedad es crucial, indica Cano, por el papel que desempeña en el avance de nuestra vida. Sin ella, razona, no sentiríamos la presión para esforzarnos ante un examen o una presentación. Controlada, es positiva. Lacasa la llama "tensión sana", una emoción que bordea el estrés y la ansiedad, una tirantez "consciente" que amplía los límites personales y mejora la inteligencia. "La ansiedad, además, es en muchas ocasiones un despertador de conciencia", explica. "Tienes que parar y reajustar tus patrones. Supone un gran aprendizaje. La ansiedad te avisa de que estás cayendo en un malentendido mental". 

Charo Lagares

Charo Lagares

Iba para registradora y le dio por pensar que el dinero no daba la felicidad. Ahora quiere ser como Dorothy Parker. Solo ha conseguido sus ojeras.

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