En contra de los secretos

Tengo una amiga que está enganchada a Whisper, esa web en la que la gente cuenta sus secretos, desde 2014. Eso me ha hecho pensar en la dinámica de los secretos, un fenómeno del que yo tiendo a prescindir.

En contra de los secretos
En "Gossip Girl" los secretos no existían/ Cordon Press.

 

Normalmente te dicen: “tengo un secreto, muy fuerte (añaden siempre que es “muy fuerte y muy secreto”) pero no te lo puedo contar”… Pues no lo cuentes hija, no lo cuentes, pero al final te lo acaban contando, por supuesto, porque a la gente le encanta contar secretos, propios y ajenos. En esto de los secretos siempre se incurre en la contradicción: tal cosa es secreta pero todo el mundo la sabe.

Los secretos se cuentan, básicamente, para liberarse uno del peso de la información y para chulear: quieres demostrarle al otro que “sabes cosas”, que estás en la pomada… Y es que la gente lo del secreto lo tiene muy mitificado, le encanta tenerlos porque en general nos chifla “maquinar”. 

Existen los secretos generados por la vergüenza. Los secretos que pretenden protejerte (del tipo “no te hemos dicho que te iban a echar del trabajo o que tu marido te pone los cuernos porque no queríamos hacerte daño”). O los secretos, con perdón, de mierda, o sea, esos que ni son secreto ni son nada de nada, información de chichinabo que no tienen ni medio pase.

Personalmente (ya lo advierto) estoy en contra de los secretos. A mi me dices “te voy a contar un secreto pero no lo puedes contar” y en medio minuto lo sabe todo el mundo. Por dos razones: ya decido yo si un secreto lo es o no, y por tanto si vale la pena guardárselo o no. Yo tengo, en materia de secretos, el derecho de admisión.

Por otro lado, ¿cuál es la razón por la que tú me cuentas a mí el secreto y yo no lo puedo contar a un tercero? Por supuesto cuando me cuentan un “secreto de chichinabo” no lo cuento porque no quiero hacer el ridículo. Las cosas absurdas que la gente considera secreto las olvido al segundo, por eso no las cuento. Pero si la inforamción es de enjundia, la voceo fijo.

Pasa mucho que, como tengo fama de no guardar los secretos, siempre estoy en grupos de gente en los que todo el mundo sabe menos yo. Es decir, el secreto se ha expandido, a mi no me ha llegado porque yo “no sé guardar un secreto” ni lo prentendo, pero, en cambio, los adalides (o como se llame) del secretismo lo han contado a troche y moche y no lo comentan entre ellos porque saben guardar un secreto y todo el mundo (menos yo, que no me he enterado de nada, ni falta que me hace además), hace un teatrito absurdo que les precipita, sin remedio, hacia el ridículo.

¿Por qué ha bajado tantísimo el nivel de las conversaciones entre amigos? ¿Por qué sólo se habla de series de TV o de la última cerveza artesana que has descubierto hecha en el barrio de Gràcia de Barcelona o en una granja de Granada (que estamos hasta el moñísimo de cervezas artesanas, dicho sea de paso)? ¿Por qué? Porque la gente no se cuenta los secretos y los secretos siempre se corresponden con lo que realmente importa. Pero claro, como es secreto y nadie lo cuenta, te tienes que poner a hablar de Juego de Tronos.

La gente, en lugar de mantener una buena e interesante conversación con los colegas a costa de los secretos propios y -por supuesto- ajenos, se gastan ingentes cantidades de dinero yendo y viniendo del confesionario al despacho del psicólogo. Yo formo parte, junto a un grupo de amigos en Barcelona, de un Club de Secretos en el que como mínimo dos veces al año nos contamos los secretos de todos nuestros conocidos, colegas y, también, de nuestros enemigos.

Pero lo mejor es no tener secretos. Se tienen secretos cuando mantienes una doble vida o cuando eres espía o cuando eres delinqüente. Por eso nunca es bueno tener secretos.

Luego está el asunto de la lealtad. La gente valora mucho lo de la lealtad, el “no te lo puedo contar porque se lo he prometido a fulanito”. Pues rompe la promesa hija, rómpela porque lo estás deseando. Además, ¿tú a quién quieres más, a fulanito o a mi? De repente viene el primer imbécil, te cuenta un secreto y se genera un vínculo entre él y tú totalmente inexplicable, un vínculo que pasa por encima del que puedas tener con tus hermanos o amigos de toda la vida.  

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