La sociedad de la confianza

Amamos, comemos, viajamos y tenemos sexo a través de Internet. En un mundo tan obsesionado con la seguridad, mantenemos la fe (casi ciega) en nuestro patio de recreo virtual ¿Por qué aún confiamos en la red?

Confiamos en los demás en nuestras comunidades virtuales

Qué crea los vínculos invisibles de la confianza en Internet? ¿Cómo podemos, en una sociedad angustiada por la seguridad personal, vigilada con cámaras y códigos, confiar en compartir datos bancarios, información íntima, el sofá de un desconocido o un viaje en un coche compartido con un conductor al que jamás hemos visto? Las cifras acompañan a una tendencia social que empezó como una fina tela de araña casi imperceptible y que ha acabado por definir el siglo XXI: Internet es una extensión de nuestra propia vida, un patio de recreo para adultos al que entramos a viajar, tener sexo, comprar e hiperconectarnos en una nebulosa de aspecto fiable.

Internet social

Más de 600 millones de usuarios de Twitter, 1.300 millones de Facebook, 10 millones de clientes de BlaBlaCar y otros tantos de la web de alquiler de viviendas Airbnb forman esta numerosa sociedad de la confianza. A pesar de los constantes escándalos de filtraciones (el último de ellos, el famoso celebgate) y de espionaje (el Gobierno de Barack Obama reconoció hace dos años que tenía acceso directo a los datos de las todopoderosas Google, Facebook y Apple), da mucho más miedo cruzar una calle desierta en plena noche que intercambiar fotos íntimas con alguien al otro lado de la webcam. "Internet es igual de seguro o inseguro que las calles. Las hay buenas y malas. Cuando vamos por ahí, no suele ocurrir que aparezcan oportunidades que son demasiado bonitas para ser verdad. Nos olemos que son estafas. Como llevamos muchos años familiarizándonos con la calle y menos con Internet, tendemos a pensar que son diferentes", apunta Enrique Dans, profesor de sistemas de información en el IE Business School. "El fraude se encuentra en páginas relacionadas con los estímulos que buscan satisfacción inmediata: la pornografía, el juego... No podemos comportarnos como niños curiosos que van por todas partes probándolo todo", advierte. Las redes sociales y el sentido de comunidad confiable, el llamado Internet social al que alimentan sitios como Tripadvisor, Yelp y Booking, donde los usuarios opinan y valoran cualquier cosa, son la columna vertebral de esa sensación de fiabilidad. "Tendemos a percibir que una web es confiable cuando miramos hacia arriba en su estructura y vemos a la empresa que, supuestamente, vela por nosotros. Por otro lado, tiendes a sentirte seguro cuando ves a otros hacer lo mismo que tú –explica Dans–. En el plano físico nos fiamos de las opiniones de nuestros conocidos, amigos y familia. Nuestro yo digital es simplemente una amplificación de ese otro yo real. Se complementan". La confianza es también el pilar de la comunidad de Airbnb, la mayor web de intercambio y alquiler de casas del mundo, que nació en San Francisco, el superlaboratorio de ideas virtuales del planeta. Dos de sus fundadores, Joe Gebbia y Brian Chesky, de 27 años, necesitaban un dinero extra para pagar su alquiler. Eso les llevó a alquilar tres camas hinchables en su propia casa y así se creó el primer anuncio de Airbnb: cama hinchable y desayuno (air bed &breakfast). De ahí tomó la web su primer nombre: www.airbedandbreakfast.com. Seis días más tarde tenían a un hombre indio, a una mujer de Boston y a otro señor de Utah durmiendo en su casa.

Hoy funciona en 34.000 ciudades y más de 50 países. "Animamos tanto a los anfitriones como a los viajeros a compartir sus experiencias, a evaluar su estancia de forma justa y genuina", cuenta Jeroen Merchiers, director general de Airbnb España y Portugal. "La web tiene varios sistemas de seguridad: hemos desarrollado la opción de indentificación verificada, que pueden utilizar tanto los huéspedes como los anfitriones, y que permite saber quién es el dueño de la casa que alquilas a través de sus redes sociales y teniendo acceso a su carné de identidad", explica el directivo.

Las opiniones de otros son también las que guían al periodista Carlos Risco en su aventura alrededor del mundo gracias al couchsurfing (dormir en el sofá de alguien a cambio de que le dejes el tuyo). "He tenido en casa a gente maravillosa de Alemania, Finlandia, Japón, Canadá o Estados Unidos. A cambio, he viajado por Francia, España y Estados Unidos, de costa a costa. Al principio pensé que se trataba de un ejercicio de generosidad interesada. Pero proporciona una forma de hospitalidad abierta que te ayuda a conocerte a ti mismo. Siento que tengo amigos en todo el mundo y la globalidad estalla en todo su milagro en cada encuentro. Siempre elijo a la gente por cómo parece ser. Y no me he equivocado. Hoy tenemos cierta experiencia de la sociabilidad online y podemos recibir bastante información de qué hay detrás de una vida resumida en unas fotos y unos párrafos. Me he fiado de todo el mundo que tiene comentarios positivos. En un Internet abierto y social es difícil mentir, triunfa la comunidad y se castiga al troll",  cuenta Carlos.

Aún recuerda un pueblo francés, en una casita de ensueño, donde un arqueólogo y su mujer le recibieron como a un viejo amigo, con "ostras y abrazos. No he tenido malas experiencias, pero en Nueva Orleans mi anfitrión era tan intenso que me marché de su casa antes de lo previsto. No me dejaba a mi aire", recuerda. La intuición, las primeras impresiones y la química también tienen su versión digital. Lo sabe bien Elena Ramírez, jefa de marketing de una multinacional, que usa varias aplicaciones para tener citas por Internet. Reconoce que ha conocido al 80% de sus últimos ligues en Tinder. "Hay algo instintivo que me dice si puedo fiarme o no. Ver en su foto de perfil que viste normal, averiguar a qué se dedica, cómo es su trabajo y sus amigos... Por lo general, intento hacerme con su Facebook, eso me da seguridad. Mi mejor experiencia fue con un hombre con el que salí durante un verano inolvidable y la peor fue justo con uno que no tenía Facebook. ¡Estaba casado y lo ocultaba!", cuenta.

En materia de seguridad no podemos hablar de sistemas cien por cien confiables. Existen comportamientos peligrosos. Utilizar la misma contraseña para todas nuestras cuentas y conectarnos alegremente desde wifis públicas a nuestros perfiles y a nuestros servicios de banca online son los más arriesgados. Un ciberdelincuente podría hacer varios ataques y obtener toda nuestra información", apunta Deepak Daswani, uno de los mayores expertos en seguridad en Internet de España, responsable de ciberseguridad en el Instituto Nacional de Tecnología (INTECO). "Muchas veces damos tanta información sobre nuestra vida privada que un atacante podría estudiar nuestros patrones de comportamiento. A las ocho a trabajar, a las dos a comer, a las cinco al gimnasio... En muchos casos, todas estas publicaciones van acompañadas de localizaciones por GPS. Es mejor desconectar esa función", advierte. Desde que nació hasta hoy, hemos perdido el miedo a la red. Tanto, que la usamos para un fin relativamente nuevo: el sexting, que incluye el envío de fotos y vídeos íntimos. "Una vez que enviamos un contenido sexual o erótico a alguien, perdemos absolutamente el control. Más allá de pensar en qué puede pasar cuando esa persona deje de ser nuestro amante, amigo o pareja y pueda difundirla por cuenta propia (véanse los casos de Tiger Woods y de la concejala de Los Yébenes), incluso sin mala voluntad, puede sufrir el robo de su equipo o un fallo de seguridad –advierte Deepak Daswani–. Siempre que me preguntan sobre este tema respondo lo mismo: La mejor manera de no correr riesgos es no hacerse una foto desnudo". Que se lo pregunten a Jennifer Lawrence

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