Visto en Marie Claire México: 'Cumplir 40'

….Ooooh shit! De pronto la fecha se acerca y los veintes empiezan a caer como en tragaperras de feria de pueblo. Las canas, y no sólo las de la cabeza, se ven hasta en el cuarto más oscuro, los afters empiezan a quedar fuera de lugar y mientras tus hijos te preguntan algo que no puedes responder, las leyes de la física te hacen odiar a las de veinte. Así empieza el primer año del resto de tu vida. Qué miedo.

Cumplir 40

Faltan más de cinco meses para mi cumpleaños y hasta hoy llevaba nueve haciendo listas, pensando en el diseño de la invitación, el menú, el discurso, los nombres de los drinks (todos definían hitos de algún año de mi vida) y el color del vestido del big event. El mood, más o menos lineal desde hace un par de años, que en mi mente había inspirado cada detalle del evento puntual que enmarcaría la fecha es una mezcla barata de Eyes Wide Shut y The Hangover.

La entrada al temido, y a la vez ambicionado, cuarto piso no podía ser silenciosa: mis 40 merecían nada menor a una extravagantísima fiesta de 200 invitados, 400 excesos y otras cuantas transgresiones, fieles reflejos de la crisis de la mediana edad más común y corriente. Y una que se creía tan lista… La crisis, esa que es cómplice de campañas de publicidad, vende muchas cremas reafirmantes, provoca divorcios e inoportunas salidas del clóset y el enriquecimiento exponencial de cirujanos plásticos, marcas de coches de lujo y clínicas para dejar de fumar. El inicio de la segunda mitad de la vida va siempre acompañado de dos grandísimos lugares comunes: el terror de perder la juventud y sus oportunidades, y la soberbia de pensar que ahora sí todo se vale, porque ya estuvo bueno y nos lo merecemos. Una combinación explosiva que suele provocar bastantes estupideces tan catárticas como ridículas.

Estupideces que sirven de anestesia, como la música de fondo de la sala de espera del dentista, que de pronto pierde su adormecedor efecto cuando un martes cualquiera tienes que partirte en dos para llevar a tu papá al hospital a su quimioterapia e ir al salón de tu hijo para aplaudirle mientras presenta su maqueta del sistema solar. No fueron la patas de gallo (esas las tengo desde los 32), ni las canas (la verdad no se ven tanto). El madrazo tampoco vino por las crudas que duran cuatro días (bendita agua de coco), ni por la inevitable atracción por los dj a los que, desde el punto de vista biológico, bien podría haber parido. En mi pastel, lacuadragésima velita se prendió cuando me di cuenta de que soy el jamón del sándwich: responsabilidad por los de arriba y los de abajo.

Y el tema es que es de esas velitas “mágicas” que no se apagan aunque dejes el pulmón. Y aunque es cierto que a estas alturas del partido la mayoría de las reglas ya se pueden romper, que ya menos cosas asustan, que las expectativas encontraron su sano sitio y que quizá por primera vez te ves en el espejo y te gustas de verdad, cobarde sería no reconocer que aquello de #nopasanada no es más que un hashtag vendedor. Ni la vida empieza (ni que el camino recorrido no contara, faltaba más), ni llegamos a un dead end (¡si apenas abrieron pista!). Simplemente las cuarentonas le empezamos a medir el agua a los camotes con una perspectiva diferente. De pronto, la idea de festejar bajando por una escalinata, en plan Folies Bergère, mientras 200 personas que no sabes muy bien de qué las conoces te felicitan por lo bien que te ves, parece un tanto ajena y la verdad te sientes más tú reduciendo la escena a los básicos: tres o cuatro amigos con self deprecating humor, un buen mezcal y –si me pongo guapa– una puesta de sol. La anestesia y la música de fondo se valen de vez en cuando… Porque ahora sí, hay que agarrar vuelito.

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