¿Vivimos en una época de amor 'low-cost'?

El jurista y escritor Mario Garcés escribe sobre el afecto en el siglo XXI, digital y de consumo rápido, donde la batería le dura lo justo para hacer "scroll" en la red social de turno, escaparate de un sinfín de posibles romances con final abrupto

Anne Hathaway y Gary Carr en un episodio de 'Modern Love' (Amazon Prime Video).

Hubo un tiempo no muy lejano en el que los españoles reconocíamos nuestra propia letra, porque convivíamos con ella en cada carta, en cada formulario, en cada examen. Hoy, en cambio, la letra dada es una ortografía menuda, las más de las veces deslavazada, que se asoma descreída y irrespetuosa porque no se siente querida. Gramática de puño y letra maltratada por los rigores de las sociedades líquidas y en proceso de liquidación.

Eran épocas de palabras de amor, sencillas y tiernas, que echábamos al vuelo por primera vez, con la voz de menta del poeta Serrat. Nos bastaban tres frases hechas, viejas palabras de amor, que la tinta desleía y el cartero leía, mientras la vergüenza degollaba nuestra mocedad de escritores carilampiños. En esa galaxia no muy lejana de encuentros y desencuentros, de romances ocultos en cabinas de teléfono o en la habitación del pánico de la casa de los tíos, el romance era romanticismo de roce en la espalda, de mirada turbadora entre espinillas y pecas, y como colofón, el beso de tornillo inacabable y más brazos en los pechos que Pedro Carrasco en un combate con Urtain.

'Una celestina y dos amantes', de Luis Paret y Alcázar.

De la chatina de Arturo Fernández al chat y al Facebook. El romance de citas a destiempo y de furtivos acomplejados, de maceración del amor a fuego lento a través del diálogo y de las conversaciones fijas discontinuas, ha dado paso en el siglo XXI al amor como un contrato a tiempo parcial, celotípico, violento por inminente, descreído por antinatural, y una trituradora de la confianza de las parejas tradicionales. Aquel amor idílico, casi pastoril, de raíz profunda ha sido sustituido por un amor de tocata y fuga, tan inmediato como un anuncio en televisión. Celestina ha cerrado su negocio "Calisto y Melibea, S.L." de casamentería y de intermediación sentimental, porque un emprendedor de nombre "Tinder" le ha dado calabazas.  

El amor ya no busca huertos ni plazas sino que basta un chasquido de dedos, sin prefacios ni epílogos. De hecho, del apretón físico del siglo pasado de persona a persona ya solo queda el apretón tecnológico de un mensaje del ser humano-máquina al ser humano-máquina. Dejamos atrás la época de lo perdurable, de lo trascendente, de lo perenne, para reemplazarlo por lo superficial, lo intrascendente y lo caduco. En definitiva, lo sublime ha sido derrotado por la pasión de lo instantáneo, a mayor gloria de los que tienen habilidades redactoras. El "hasta que la muerte nos separe" ha decaído a beneficio del "hasta que la batería aguante". Y el hippismo de los 60 cuando hablaba de "amor libre" no sabía todavía el festín que se avecinaba. La poligamia ha llegado y no ha sido precisamente por las corrientes del Golfo Pérsico sino por los golfos que han ideado la red tecnológica mas vasta y devastadora del mundo donde el poliamor ya es marca registrada. Ya no hay pareja en luna de miel que se fíe, pues son dos vaqueros en celo y en celos, que no creen que el exnovio de cada uno haya dado por buena la coyunda marital. Bueno sería que los recién casados abandonen los móviles durante ese periodo, siquiera sea para sobrevivir en la mentira de la incomunicación durante el tiempo de consumación.

Paul Rust y Gillian Jacobs en una escena de 'Love' (Netflix).

Amor "low cost" a golpe de falange. Yo, yo y yo. El mismo yo que, como Dora la Exploradora, indaga en el perfil de alguien, para formar una opinión instantánea de ese otro yo, a partir de una imagen postiza, de un historial de felicidad compartida, o del archivo de amigos agregados. Para los menos diestros en el gym del barrio, es fundamental deleitar con verborrea y donaire en los primeros días del cortejo táctil pues eso que te llevas ganado en el momento en que la otra persona se topa con la molicie de tu cuerpo. 

Y práctica extendida es también silenciar el estatus sentimental del aspirante, pues no es buen inicio reconocer pareja estable o semiestable. Quien no tiene reparos en aceptar que está casado públicamente en su perfil tiene un efecto equivalente al que luce un pedrusco en anillo de boda en el dedo anular, que por algo es un anulador de tentaciones. Ahora bien, la omisión en el perfil de la condición del interfecfo ha sido motivo de abundantes desavenencias de pareja, porque no hay razón cabal para silenciar el estatus. Para los moradores del siglo XX, esta práctica es lo más parecido en aquellos tiempos a salir de casa con los amigos y quitarte con jabón en el baño del bar el anillo a ventura de lo que pueda buenamente venir. El problema surgía cuando el enjabonado escurría el aro por el orificio del lavabo. Allí ni Pennywise, el payaso de Stephen King, podía encontrarlo. No faltan tampoco los fiscalizadores de tiempos de respuesta, los intérpretes del evangelio de las conexiones y de los silencios, hasta el punto de que se convierten en profesionales de estadísticas de un partido de baloncesto de la NBA. Estadísticas de tiempos muertos, falta personales y tiros libres. Ingente tarea si no fuese porque, lamentablemente, los celos también están presentes en la canasta de las patologías.

En definitiva, somos más exhibicionistas porque estamos más insatisfechos. Por eso construimos un yo diferente, idealizado, extasiado, porque todos somos protagonistas globales en red cuando antes solo éramos protagonistas de una intrahistoria en la que nos enredábamos. Es el capitalismo, estúpidos, el mismo capitalismo que ha sustituido la vela en la bañera por el "me gusta" en una pantalla táctil. Es un "amor delivery", a la carta, que como viene se va, que no tiene futuro porque no alcanza el presente. Millones de seres a un golpe de clic, ufanos porque han perdido el anonimato en aras del amor de mercado. Celestina busca trabajo mientras se recicla profesionalmente asistiendo a un taller de formación sobre publicidad programática. No se resigna a su suerte de comadre destronada y piensa que Tinder tiene los días contados. O no.

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