Sexo: cuando es ella la que paga

Buscan compañía, pero también la satisfacción sexual que no encuentran de otra manera. La prostitución para mujeres es un fenómeno en alza.

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La diferencia principal entre la prostitución masculina y la femenina puede ser, por lo menos en el caso de España, una cuestión de formas: nunca veremos en la prensa la contrapartida de las tristemente célebres imágenes de las prostitutas africanas ejerciendo su oficio en las inmediaciones del mercado barcelonés de La Boquería. El titular «Turistas alemanas pagan por los servicios de prostitutos en las calles de Barcelona» es bastante improbable. Para las mujeres, las relaciones sexuales no son fast food y, antes que el empleado de McDonald’s de turno, con uniforme y gorrita, prefieren un solícito maitre que no sólo les recomiende las especialidades de la casa, sino que las lleve de la mano a lo largo de una apoteósica degustación. Según la psicóloga y especialista en sexología Marta Arasanz, «un “escort” (gigoló) debe ser por definición alguien educado, tener una buena conversación, ser agradable. A las mujeres no les suele interesar un “aquí te pillo, aquí te mato”». Para la sexóloga, más que la capacidad técnica o artística a nivel sexual, que es importante, las mujeres valoran la sensibilidad del «escort» y lo acogedor del entorno en el que se realice la transacción. Además, a diferencia de lo que se cree, las usuarias son cada vez más jóvenes. «Las mujeres están encontrando más dificultades para conseguir una pareja estable. Por eso van a lo seguro; porque este tipo de servicios, para ellas, no está necesariamente desligado del concepto emocional.»

El andrólogo Josep Maria Pomerol sostiene que ésa es precisamente la razón de que, en la mayoría de los casos, las mujeres recurran a esta práctica sólo una vez: «Ellas se dan cuenta de que necesitan algo más, no sólo sexo». Según Pomerol, a menudo se trata de mujeres maduras que no están satisfechas con su vida íntima, incluso hasta el punto de no haber experimentado nunca un orgasmo, y que intentan reconstruir su sexualidad. Aunque él sostiene que, «si bien alguien que se dedique a ello con paciencia puede ayudar a una mujer anorgásmica», no recomendaría este método porque lo primero en lo que debe trabajar una mujer es en el conocimiento de su cuerpo: debe aprender a masturbarse. Adquirido este conocimiento, llega la búsqueda de la satisfacción, aunque haya que pagar un billete de avión además de los servicios requeridos. En Kenia es común ver a una mujer europea madura y un apuesto joven africano paseando de la mano. Él parece una estrella de la NBA. Además, lleva zapatos, cami- sa y gafas de sol nuevos que le ha comprado ella, claro. Es uno de los muchos jóvenes que día a día recorren las blancas playas de la costa keniata en busca de lo mismo: señoras con dinero y muchas ganas. Una de cada cinco terminará pagando por compañía. de ser educado y interesa un aquí te pillo aquí te mato.

La escena se repite en otros lugares del orbe. En Cuzco (Perú) los nativos que «trabajan» con las turistas son conocidos como «bricheros». En el Caribe se estima que son más de 600.000 las turistas que viajan anualmente a las islas en busca de mozos de buen ver y mejor estar. Un fenómeno que en Barbados tiene un nombre: el «síndrome de la secretaria canadiense». Porque las clientas vienen de Europa, Estados Unidos y, sí, Canadá. Pero ¿son tan decididas las españolas? En Valencia, la ex prostituta (y emprendedora) venezolana Bárbara (37 años) creó hace dos años la primera agencia de prostitutos cuyas clientas son exclusivamente mujeres. Charming Bárbara empezó de manera azarosa, según declaró al diario «El País»: «Me llamó un chico que se ofrecía para trabajar para mujeres. No pensaba contratarlo, pero me picó la curiosidad y tomamos un café. Me gustó y le dije: “Si consigo tres más como tú, monto una agencia”». Los encontró. La oferta de chicos interesados en hacerse «escorts» es un fenómeno al alza. En el mundo de la prostitución dedicada a mujeres no suele haber malos rollos. Se considera un trabajo bien remunerado y, sobre todo, parece tener una dimensión lúdica que lo aleja, al menos en las formas, de los planteamientos morales y los dramas sociales que suelen acompañar la prostitución femenina. Quizá por eso son cada vez más las mujeres que se preguntan: «¿y por qué no?».

Un «escort» ha de ser educado y agradable. A las mujeres no les interesa un aquí te pillo aquí te mato.

Según Arasanz, aunque no existe un perfil típico de cliente femenina, hay por lo menos tres características que se repiten siempre: «Son mujeres adultas, con poder adquisitivo y, por lo general, provenientes de uno o más fracasos amorosos». Para ella, el factor económico es lo determinante: la prostitución masculina es cara. Las tarifas suelen estar entre 200 y 300 euros la hora. Y hay servicios que llegan hasta 1.200 euros por una «compañía» de cuatro horas (el hotel y la cena están incluidos en el precio). A diferencia de los hombres, las mujeres suelen pedir (y obtener) una cita previa para «conocer» a su acompañante. estos realizan dos o tres servicios por semana, y algunos tienen clientas fijas con las que se reúnen cada mes. Iván Zaro Rosado, de la Fundación Triángulo, se sorprende de que «no exista la figura del proxeneta en la prostitución masculina, ni redes de trata de blancos ni explotación. Está tremendamente ligado a un tema de género». Tampoco existe un estereotipo de la figura del trabajador sexual ni del gigoló. La sociedad no suele identificarlo ni clasificarlo. Es como tu amigo secreto.

Mientras en lugares como Kenia el turismo sexual femenino está dejando de ser una anécdota para convertirse en una industria, la prostitución de hombres en España no llega a ser un 10% de su contraparte femenina. Pero crece. David, un «escort» brasileño que trabaja por su cuenta en Barcelona, dice que es cierto lo de la «sensibilidad y la compañía», pero que, a él, algunas de sus clientas le han pedido el numerito del butanero o el de la sumisión. Miguel tiene un trabajo «normal» durante el día y hace de «escort» dos o tres noches a la semana, con lo que casi duplica sus ingresos. Y eso sin necesidad de ofrecerse en la calle y sin proxenetas que lo exploten. Al parecer, las mujeres sí que sabemos de consumo responsable.

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