Leti Canales, la surfista vizcaína que aprende en la montaña

Leticia Canales es ocho veces campeona de España y, antes de que la pandemia trastabillara los planes del planeta Tierra, se encaminaba, con sus seis tablas de surf, hacia los Juegos Olímpicos de Tokio.

Un chico de la universidad la vio de lejos y lo supo. Leticia Canales se dedicaba al agua. Si no era natación, era volleyball. Y si no, surf. Con la tercera sospecha acertó. Leticia Canales es ocho veces campeona de España y, antes de que la pandemia trastabillara los planes del planeta Tierra, se encaminaba hacia los Juegos Olímpicos de Tokio. En marzo de 2020, surfeó hasta el pódium del campeonato Sydney Pro Surf.

Hacía diecinueve años que se había puesto en pie, por primera vez, en una tabla. Los niños empezaban a leer y Leticia ajustaba los pies sobre la cera. Su padre y su hermana mayor ya lo hacían. Su gemela, Loiola, comenzó a labrar olas con ella y ahora es free surfer, de hecho han llegado a competir la una contra la otra. Con seis años, Leticia hizo surf por primera vez. El ocio se estiró hasta convertirse en rutina. El surf se convirtió, a través de una cadena de competiciones, en trabajo y vida. Él lo moldea todo. Leticia vive en un centro de alto rendimiento. En Getxo, el tiempo se mide en rondas de ejercicio físico. Cada día dedica entre cuatro o cinco horas al gimnasio o a la piscina. Otro racimo de horas lo dedica al entrenamiento y el perfeccionamiento de la estrategia. Ve sus propios vídeos y los estudia. En la observación aparece la lección.

En la escalada, la desconexión. En los fines de semana, la distensión sube a la montaña. Leticia descansa y repone ganas entre árboles y rocas. La concentración que requiere trepar por las laderas se la lleva, junto unas baterías recargadas, al surf. Al de ocio, con tablas relajadas, o al de trabajo.

Una surfista, aclara, es una deportista. La surfera, explica, es quien hace del surf un pasatiempo, como sucede a menudo con el pádel o la natación de recreo. Una surfista adquiere un compromiso. Se liga, de manera profesional, a la competición.

Quien convierte el surf en trabajo, como hiciera ella, ha picado el anzuelo. El cebo del surf es la falta de dominio. El marco no se controla. El escenario jamás se repite. El océano, comenta, te pone siempre a prueba. No hay atajos. Cada día se diferencia del anterior y todos se unen con un mismo lazo: exigen, siempre, toda la energía disponible.

En el deporte femenino, apunta, la mujer no desaparece. En el colegio otras niñas se empeñaban en recordárselo. ¿No estaba demasiado fuerte? Se suponía que era una chica. Su físico, musculado, no es, defiende, masculino. Es el de una mujer deportista de alto nivel, con una complexión adaptada a su modalidad. No hay una idea del hombre que se le imponga.

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