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Así es Frogmore Cottage: la casa que Meghan y Harry tardarán 20 años en pagar

Como todos los que pagan una hipoteca, los Sussex tendrán que hacer frente a los 3,5 millones que ha costado la reforma

Los duques de Sussex
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¿Pobres niños ricos o sencillamente malcriados y caprichosos? Opiniones habrá para todos los gustos pero lo cierto es que el tema de la casa de los duques de Sussex no está dejando buen sabor de boca entre los británicos. Todo comenzó antes de su matrimonio. La real pareja se encaprichó de la casa de los picnics de la reina madre, conocida como Frogmore Cottage y decidió que esa sería su residencia oficial, en las inmediaciones del Castillo de Windsor. La casa, deshabitada desde los años 70, cuenta con 10 habitaciones y muchas hectáreas donde en un principio jugaría el pequeño Archie. Pero 40 años casi al abandono son muchos años y como no podía dejar de ser de otra manera, la pareja decidió reformarla.

Meghan entró en la casa y la encontró encantadora lo suficiente para momentos después decir que la quería renovar entera. Las 10 habitaciones se convertirían en 5 suites. El invernadero sería “la casita” de su madre cuando les visitara en el Reino Unidos y las paredes serían pintadas de verde con una tinta especial vegana. La reforma y posterior decoración estaría a cargo de Vicky Charles, una especie de Pascua Ortega de las celebrities anglosajonas y ha costado nada más y nada menos que 3,5 millones de euros, salidos del bolsillo de Isabel II, o lo que es lo mismo: de los contribuyentes británicos. Y aquí empezaron los problemas.

La familia real britanica en los años 70
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Markle, como una Wallis Simpson de nuestra era, apoyada y seguida por su marido, sin profesión, sin oficio, pero con mucho beneficio, actuó a forma de capricho. Suya fue la idea de rechazar un apartamento en Kensington Palace y mudarse para los terrenos de Windsor. Suya fue la idea de reformar por entero la casa sin mirar a costes, y suya fue finalmente mudarse a Estados Unidas por no adaptarse a las “duras normas de palacio”.

Resultado: en el acuerdo de “divorcio”, la pareja tendrá que hacer frente al valor de la reforma, que finalmente no costeará su abuela con el dinero de los británicos. Y es que todo tiene un límite, incluso para súbditos tan entregados como lo son en el Reino Unido. Al final, la conclusión a la que uno llega es que los duques de Sussex son simple y llanamente dos celebridades caprichosas, movidas por la apetencia y el impulso sin pensar en las consecuencias. Ya las tienen. ¿No querían ser normales? Pues ahí estarán, pagando una hipoteca como todos.
 

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