La razón (real) por la que Papá Noel llegó tan tarde a España

Tres décadas después del primer descenso de Papá Noel por las chimeneas españolas, su rivalidad con los mediterráneos Reyes Magos ha quedado en poco más que un partido amistoso.

Hubo un tiempo no muy lejano en este país en el que Santa Claus no existía. Pero que nadie se preocupe, niños y adultos, porque en el momento en el que llegó, cambió nuestras vidas. En esa época en blanco y negro y carta de ajuste y ajuste de cuentas, lo más parecido al Matusalén de barba almidonada era Antonio Ferrandiz amotinado en la barca de Verano Azul. Tenían en común ambos su figura chaparra y gruesa, y su bondad aparente, acompasada del vuelo de Rudolph o del bocadillo de mi buen amigo el Piraña según el caso. La diferencia era que mientras su santidad voladora lucía casulla de terciopelo rojo, el vejete de Nerja se embutía en camisas de botón inestable a ras de ombligo y pelo en barriga. Porque si hay una diferencia entre los españoles y los americanos, son nuestras barrigas, maceradas a fuego lento con sangría, espetos, torrijas y sol del poniente, que merecen toda una denominación de origen: Barrigas de España. 

Y no existía, entre otras razones finiseculares, porque el franquismo era religiosamente renuente a aceptar otros iconos que no fueran los tres Reyes Magos que, como es bien sabido, no eran tres ni probablemente venían de Oriente. Y no era posible que procedieran de Oriente porque mi vecino Vicente vivía al oeste de mi calle y era idéntico a Baltasar, tiznada toda su jeta de betún de zapatos de misa del domingo, que parecía una hucha del Domund, para trotar a golpe de camello por la calle Mayor. Pero debía de ser un espejismo porque Baltasar, como madre, solo hay uno, y siempre desfilaba en trío como Los tres sudamericanos o los Bee Gees. Además, España no era país de chimeneas, al menos, en la casas del ciudadano mesetario de Escuelas Pías y de Adoratrices Crucificadas de la Eucaristía. Y así como no había ningún problema para que los camellos accedieran al vestíbulo de la casa y desaguaran sus necesidades en el paragüero de los abuelos, Santa Claus era un ser grávido con menos cintura que Mary Poppins, la del bolso, que no tenía acceso a las viviendas de mesa camilla y brasero del desarrollismo urbanístico de los sesenta. 

 

 

El polo norte (de Turquía)

Tras Santa Claus se agazapa la vida del obispo Nicolás de Myra, nacido en el siglo VI en Anatolia (Turquía), esa tierra, donde, paradojas de la vida, llegas calvo y vuelves con más pelo que el Puma. Hombre de familia pudiente venido a menos, ordenado sacerdote, se caracterizó por su humildad y su esplendidez, ya que llegaba a entrar por las ventanas de las casas para donar bolsitas de monedas a los más necesitados. Su mito pronto se expandió por toda Europa, al punto de que en Holanda en el siglo XVII ya había mutado en Sinterklaas, el nombre del ventrudo anciano que llevaba regalos a los niños el 5 de diciembre. Son los holandeses diestros en la técnica de la pronunciación de fonemas y asonantes imposibles, frente a los americanos que son ahorrativos con la lengua, de allí que Washington Irving en 1809 acabará adaptando el nombre con el que se le conoce. 

Y así fue como, The Yankee Invasion mediante, en la década de los 30 en la Norteamérica de entreguerras, Coca Cola fichó al bonachón volatinero para una gran campaña publicitaria, cubierto con la túnica roja con ribetes blancos, los mismos colores del emblema de la compañía de refrescos. El anciano, muy a su pesar, y sin un contrato validado por una consultora de las Big Four, pasó a formar parte del imaginario colectivo transnacional, a excepción hecha de la España autárquica de Los santos inocentes, donde lo único que volaba era la milana bonita del inocente Azarías. 

Por esta razón, porque las fronteras se habían cerrado y hasta la imaginación estaba proscrita, el enfrentamiento entre los Reyes Magos y Santa Claus en España no llegó hasta finales de la década de los setenta. Como cuarenta años de ostracismo y sombras fueron mucha penitencia en la España de fiestas de guardar, no hubo gran oposición al impostor americano, que no importaba solo ideología secular, sino también moral de consumo. Mientras Cristo necesitaba pesebres, piñatas, turrón y anís del mono, Santa Claus comenzó a entrar por las pantallas de las televisiones como un dios de la materialidad y un icono sacramental del consumo rápido. Porque eran la antítesis: Cristo era joven y delgado, casi transparente, residente en una tierra desértica, soltero por convicción y proveedor de necesidades espirituales; por el contrario, Santa Claus era orondo, de risotada idiotizante ("ho, ho, ho"), dueño de una casa acogedora en el Polo Norte, desposado y suministrador de regalos prêt-à-porter para niños y progenitores biológicos, o no. A pesar de todo ello, no llegaron a ser rivales por mucho tiempo porque la doctrina oficial de la Iglesia no aprobó ninguna epístola para cerrar el paso al becerro de la Navidad. Fue así como apenas tuvo la consideración de extranjero indeseable para, repentinamente, convertirse en oriundo con pasaporte español. El único espacio que no ha profanado es el Belén, pero todo se andará, que tiene fuerza expansiva el terco de Santa. 

 

Cuestión de fe

En aras de la paz familiar y del entretenimiento de los niños en las vacaciones de Navidad, Santa Claus ya es uno de los nuestros. Quizá no tanto como en Estados Unidos, donde hace siete años, en una encuesta publicada por Public Policy Polling (PPP), un 52% de la población de todas las edades creía en Santa Claus, un 19% de los encuestados consideraba que existían los leprechauns, y un 5%, el Conejo de Pascua. Además, la mayoría creía que Santa era demócrata, a mayor gloria en aquel momento de Obama. Pero lo más sorprendente de la encuesta llegaba a la novena pregunta, toda vez que un 17% de los interpelados admitía que era factible que Cupido existiera. En la España en que los ancianos aún piden las papeletas de Adolfo Suárez y Felipe González cuando van a votar y creen que Jordi Hurtado es un clon, creer en Papá Noel es muy sencillo. Este año he pedido a los Reyes Magos que cuiden a Santa Claus y que el bueno de Santa haga lo mismo con los Reyes. Puro Spanish Way of Life.  

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