Claro que tu compañero de oficina te roba: investigamos por qué

A la hora de la comida, el táper sale vacío de la nevera, una mano intercepta el pedido de Amazon que redirigiste a la oficina y el iPad a resguardo en el armario se volatiliza. Rebuscamos en los tejemanejes de los compañeros de trabajo aficionados al disfrute de lo ajeno.

Técnica para contener a superiores y compañeros indeseables no alentada desde Marie Claire. Foto: 'Cómo eliminar a su jefe'.

En el descacharrante tugurio cibernético que es Reddit, los hilos de sus chats hilvanan historias de hurtos de oficina. Las fiambreras y los termos se vacían antes de que su dueño los alcance al mediodía. Por ejemplo, un usuario al que le desaparecían los dumplings dobló la cantidad de guindilla de su receta. Las lágrimas de su compañero delataron al ladronzuelo. Como los llantos en el cuarto de baño al que había ingerido un vaso de leche ajeno cargado de laxantes, táctica legalmente no recomendable. YouHadMeAtOthello aplicó el método Daniel Radcliffe, que durante varios días repitió camiseta para aburrir a los paparazzi y provocar la devaluación de sus fotos: el redditero llevó durante semanas tomates rellenos de arroz y espinacas. Nadie violentó su fiambrera. En Madrid, en una antigua redacción, a una periodista de belleza (de pseudónimo, Gema) le desaparecían los perfumes que necesitaba para reseñar o fotografiar. Se desvanecían los paquetes en algún punto entre la recepción del servicio de paquetería y su mesa. Otros se evaporaban debajo de su mesa. Un día, por su cumpleaños, llevó a la oficina galletas caseras envueltas en unos manteles bordados por su abuela. Los paños desaparecieron.

Tipos y motivos

No tenían un sospechoso concreto. Sabían que sucedía por las tardes, cuando la redacción se vaciaba. Solo intuía que formaba parte de un departamento contiguo. "No se me ocurre por qué lo haría. Supongo que de los perfumes pensaban que ya teníamos suficiente. Pero se trataba de nuestro material de trabajo". Entre la arrogancia y la envidia se enrosca uno de los perfiles que Andrés Quinteros, miembro del centro de psicólogos Cepsim, observa en los mangantes oficiniles. Aventura tres ejemplares: el ladrón que actúa para provocar daño, navegando por un afluente del bullying o el mobbingel narcisista que considera que él también merece los privilegios de los que sus compañeros o superiores gozan; y el envidioso que no puede controlar el impulso y no dispone de una víctima concreta. Cualquier compañero le vale. En ningún caso, aclara Quinteros, se trata, de forma preceptiva, de una variación de la cleptomanía. Ese es un trastorno que suele vivirse en comercios y busca calmar un impulso que anda tras el placer culpable. Aquel sería un cuadro clínico más complejo, apunta María Saavedra, especialista de El Prado Psicólogos. "Estamos tanto tiempo en la oficina que la vida atraviesa el trabajo y los roles sociales y laborales se funden. En las multinacionales esto es más habitual. Allí, como en la sede del Santander, hay guarderías para los hijos de los empleados". La propiedad ajena cobra tanta familiaridad que el respeto ante ella se reblandece. También en las empresas grandes, cuando están organizadas de manera vertical, la envidia prende mejor. "Las políticas jerarquizadas fomentan la competitividad. En que tú tengas algo que no tengo yo surge un espacio para hacer daño". Y así se evapora un paquete de Amazon, una bolsa de galletas integrales de la despensa común o el cargador de repuesto de un móvil. "La desaparición de objetos en el trabajo puede causar mucho sufrimiento. Primero te castigas por no saber dónde has puesto lo que no encuentras y luego comienzas a desconfiar de tus compañeros, surgen los corrillos y la paranoia. Puede acabar afectando a la productividad. Yo recomiendo que el jefe de departamento mantenga charlas individuales con sus empleados con cierta regularidad. Así se logra controlar el ambiente".

 

Todo por escrito

Eso, como prevención. Instalado el ladrón reincidente en la oficina, desde Infoempleo sugieren no recurrir a enfrentamientos directos con el compañero sospechoso. "Lo mejor es ponerlo en conocimiento de los superiores para que ellos puedan valorar lo ocurrido y, en su caso, si procede, lo gestionen por la vía judicial. Muchas empresas cuentan con códigos éticos o de conducta donde se especifican con claridad las consecuencias ante robos, fraudes, malversación, destrucción o usos incorrectos". Por esa medida, la de preestablecer canales de cumplimiento normativo, aboga Joan Fontrodona, director del departamento de Ética Empresarial del IESE. "Al adelantarse y avisar de las posibles sanciones que acarrean determinadas faltas, la empresa gana en autoridad y legitimidad. Mientras estén aclaradas las medidas, los empleados sabrán a qué atenerse. Así, además, no se cometerán injusticias por exceso o por prudencia". 

La otra pata en la detección del ladrón será la de la proporcionalidad. "Debemos tener en cuenta", indican en Infoempleo, "que en los lugares de trabajo pueden existir cámaras de videovigilancia que podrían ser utilizadas en estas situaciones". Pueden, siempre que los trabajadores tengan constancia de la existencia de las cámaras de seguridad. Con una pegatina que informe de su presencia es suficiente. Para que sirvan en un posible juicio, los aparatos tendrán que constar en la Agencia Española de Protección de Datos y las imágenes deberán contar con una marca de agua que especifique la fecha de grabación. "Pero las medidas deben estar compensadas. Instalar cámaras e invadir la privacidad de los trabajadores para vigilar que nadie sustraiga un rotulador fluorescente no es proporcional", espeta Fontrodona. "Si quisiéramos controlar un espacio concreto de las oficinas, podríamos cercar el espacio de grabación para no violar el derecho a la intimidad de todos los trabajadores". Tras la admisión de la tropelía, antes de optar por el despido, al rapaz de oficina se le podría relegar sus funciones o rebajar el sueldo. Que compartida la vida será más. Pero la lasaña del mediodía, el iPad del trabajo y la botella de vino regalo de un cliente, no. 

Charo Lagares

Charo Lagares

Iba para registradora y le dio por pensar que el dinero no daba la felicidad. Ahora quiere ser como Dorothy Parker. Solo ha conseguido sus ojeras.

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