Don Juan de Borbón: el hombre más allá del conde de Barcelona

El padre del rey emérito Juan Carlos fue el rey de los mares y acérrimo contrincante de Franco al que poco se ha reconocido

Don Juan de Borbón: el hombre mas allá del conde de Barcelona. Un título tan amplio que más que para un artículo daría para una biografía. Más allá del estatus, de heredero y pretendiente al trono, de marido y padre, de profundo demócrata antifascista, don Juan fue hombre. Un hombre puro. Un hombre noble, por encima de su condición. Un hombre de paz. Cuando se cumplen 27 años de su muerte, un 1 de abril de 1993, es el pretexto ideal para revisitar su figura.

Don Juan, conde de Barcelona
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Nació el 20 de junio de 1913 en el Real Sitio de San Idelfonso, hijo del rey Alfonso XIII y su esposa, la reina consorte Victoria Eugenia. Fue el sexto hijo del matrimonio. No nació para rey, como rey nunca llegó a ser, algo que le marcó profundamente. Pero quiso la historia, el destino y su padre, el rey, que finalmente fuera pretendiente al trono, estatus que desempeñó desde 1941. Sus desavenencias con Franco fueron sonadas pero se han quedado diluidas en el tiempo. Primero por un régimen que no le quería y luego por un hijo, Juan Carlos I, al que no le interesaba alimentar la figura de un padre al que, por deseo del dictador, se había saltado. Don Juan fue ante todo un gran demócrata, la mayor oposición al régimen, por encima del partido comunista, algo que se sigue sin reconocer.

Don Juan: el mar y las mujeres

Los condes de Barcelona y Cristina de Borbón
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Quiso profundamente a España, pero esa no fue su única pasión. El mar era la mayor de sus aficiones, donde se sentía verdaderamente libre. Navegó por el Atlántico, el Índico, el Pacífico… De hecho, se enteró de que sería el legitimo heredero de su padre al trono de España mientras navegaba por las aguas de Indonesia. Además del mar, las mujeres fueron su debilidad. Se casó con su prima, Doña María de las Mercedes, por imposición real y tuvo diversas amantes, entre ellas, la estrella de cine Zza Zza Gabor, a la que mantuvo una temporada en el Hotel Palacio de Estoril en Lisboa.

Sus años en el exilio portugués fueron los más dulces pero también los más amargos. España tan cerca pero tan lejos. Allí formó su hogar y desde allí envió a su hijo, don Juan Carlos, para que se educara en España. Creyendo que se acercaba del trono, en realidad estaba poniendo la primera piedra para ser cambiado por su descendiente. Franco era frío, don Juan, pasional.

Para una “guerra” a fuego lento, la frialdad, es sin duda una ventaja. En Portugal le tocó lidiar con que el que quizá haya sido el momento más doloroso de su vida: la muerte de su hijo, el infante don Alfonso en 1956. Un duro golpe que recordó en alguna entrevista: “no puedo decir que soy feliz. Jamás se le olvide a usted que he perdido a un hijo”. Con la muerte de su “rival”, el general Franco, tuvo la esperanza de que sus sinsabores terminaran. No fue así. Siguió tragando sapos. El más grande en 1977, cuando en una sencilla ceremonia, renunció al trono. Su único consuelo fue ver llegar la democracia al país que tanto amaba y a su hijo, a pesar de todo, restaurando la monarquía. A veces, nacer príncipe no es sinónimo de fortuna y felicidad. Bien lo supo este rey de los mares que nunca llegó a reinar.

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