Viaje al comienzo del día

Jorge Bustos ve a Bernini en los pliegues de Céline. Una frase para el mármol: "la alta costura no puede cometer el peor de los pecados, que es el de la modestia".

La colección de Céline para esta temporada está inspirada en el barroco italiano. Más concretamente en los drapeados pujantes que emergían del cincel de Gian Lorenzo Bernini. El diseñador ha tenido que pasar muchos horas debajo de la tumba de Alejandro VII, en la Basílica de San Pedro, para poder alumbrar esos chalecos insensatos que tocan la punta del zapato de la modelo; esas mangas rozagantes, vueltas sobre sí mismas, que se sujetan mágicamente sobre el pecho o la cadera; esa ropa talar que reniega de su fe para abrazar la carnalidad más sofisticada, del mismo modo que el genio napolitano creaba en la piedra inerte, fría y sensual de Carrara una ilusión de movimiento.

Yo miro fascinado el desfile de estas telas sin cuerpo, ambulantes y huecas, como soportadas por un chorro de aire que naciera del suelo y abultara sus lujosos volúmenes. Me parece que estoy descubriendo nuevos éxtasis laicos como el de Teresa en Santa María de la Victoria. Si acaso un poquito más mohínos, pero eso es por el careto de las maniquíes, que no saben poner cara de orgasmo como la santa, quizá porque nunca han tenido uno.

Si el novelista Céline viajó al fin de la noche para clamar contra el sinsentido de la guerra, el diseñador de Céline propone viajar al comienzo del día, una aventura luminosa bajo el cénit del buen gusto. La modestia del ocre deja paso al estallido del contraste entre los blancos marfileños y los colores satinados que recuerdan la geometría tajante y alegre y limpia de Mondrian. Porque la alta costura no puede cometer el peor de los pecados, que es el de la modestia.

Pero el arte cada vez significa menos si se suelta de la mano de la utilidad. Vestirse es mandar un mensaje, pero también es protegerse del frío de algunos cielos y de un número excesivo de miradas. Por eso el diseñador ofrece gabardinas austeras y elegantes de color negro, vestidos negros muy ponibles –creo que se dice así- que lo mismo sirven para el roto de la denuncia feminista que para el descosido de la transparencia sexy. La impronta del patriarca Balenciaga, cuyo tremendo museo yo visité alucinado en su Guetaria natal, pervive en los vestidos con forma de saco, cuya abertura lateral libera el brazo para que su cadencia rime con el vuelo aflamencado de una falda que se parte por la mitad, paso a paso, verso a verso. ¿Quién dijo que la suprema elegancia y la gitana comodidad no pueden cogerse de la mano?

No me ha gustado, tengo que decirlo, que vistan a una modelo china con una cortina de baño de color rosa palo, por las asociaciones indeseables que esa decisión pueda provocar. En cambio me gusta la modelo negra cubierta de otoño, como un paisaje de espículas invencibles que caminara sobre tacones rojos. Por no hablar del miriñaque acharolado que luce una estilosa caucasiana de ojos azules.

La moda es aquello que pasa de moda, sentenció Coco, y aquí no somos nadie para rebatírselo. Pero quizá la moda sea como la energía, que ni se crea ni se destruye, y yo creo que la colección de Céline tiene categoría física más que suficiente para transformarse en la libertad textil que proclamará la piel de una muchacha una mañana cualquiera de primavera.

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