Marie Claire

En esta exposición secreta de Madrid vas a entender por fin qué es el arte contemporáneo

Está a la vista de todos y nadie lo ve. En el número 5 de la plaza de la Independencia, frente a la Puerta de Alcalá, el museo privado Espacio Solo esconde una de las muestras de arte contemporáneo más ricas de Madrid.

Sobre un busto de piedra hay un plátano. Descansa, pelado, sobre su propia piel. La carne es grumosa. Y de bronce. En la obra Head, Tony Matelli remoldea los valores de las cosas. El artista estadounidense se enfrente al cemento para martillear la estima que asignamos a los objetos. Juega con una cabeza grecorromana. Transforma los cánones del arte clásico en un pedestal de lo efímero. Lo que sobrevive y se glorifica queda bajo lo que expira y se desprecia, se convierte en un objeto casi cómico.
Ese es su objetivo. La pieza de Manelli forma parte de la rama Homo ludens, una de las que da cuerpo al recorrido expositivo Still Human. El museo privado Espacio SOLO lo acoge. Está a la vista de todos y solos quienes miran lo ven. La puerta de hierro del número 5 de la plaza de la Independencia se pierde entre grupos de turistas recibiendo instrucciones desde un Segway y las sombrillas de una cafetería. En el interior, 40 artistas “reflexionan sobre cómo nos relacionamos con aquello que es nuevo”. Las obras se apropian de la tecnología para que el espectador se maraville e interrogue. Se despegan de berrinches apocalípticos y la celebran. Aquí, lo tecnológico es consecuencia y causa: las herramientas configuradas por el ser humano son reflejo de su capacidad creadora. O sea, de su humanidad.
Y la humanidad, como hace Matelli, juega. En Espacio SOLO recuerdan a Friedrich Schiller. El poeta y filósofo alemán había observado el vínculo entre lo lúdico y lo humano. “El hombre”, anotó en Cartas sobre la educación estética del hombre, “solo juega cuando es hombre en el pleno sentido de la palabra. Y solo es enteramente hombre cuando juega”. Nam June Paik se pone a ello. En su Antenna Buddha, un pequeño óleo sobre lienzo, el artista surcoreano valla a un monje budista en el interior de un televisor. Él, como George Macunias y otros miembros del movimiento Fluxus, se despojaron en los años 60 de las herramientas tradicionales del arte y se aferraron, en cambio, a los residuos audiovisuales de radio y televisión.
Yan Yongliang también coge lo que nadie quiere. El artista chino construye paisajes con sorpresa. En sus montañas, las rocas son edificios decolorados y superpuestos mediante técnicas digitales. A unos centímetros de distancia, los riscos de su Taigu Descendants parecen solo chatarra. Con dos pasos hacia atrás, se convierte en las cimas de una sierra que agujerea la niebla.
En el número 5 de la plaza de la Independencia, en Madrid.
Tres veces al día, tres veces a la semana. En su página web, el museo especifica, de forma quincenal, sus pases. Solo diez personas son admitidas por grupo. Aquí no acceden ni más de una decena de pares de zapatos ni las cartelas explicativas de los museos tradicionales. Un miembro de Espacio SOLO se encarga de desmenuzar las obras para el público.
Las visitas son siempre guiadas y la entrada es gratuita. En Espacio SOLO, “por amor al arte” deja de ser una frase hecha.
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