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Ni la sostenibilidad, ni las rebajas ni la explotación laboral: el mayor problema de la moda es mental

Esta imagen fue un accidente, no estaba planeada; un detalle que reaviva uno de los debates más sonados del año: ¿padece la moda un problema de salud mental?

Ayesha Tan Jones, en el desfile de Gucci PV 2020
Ayesha Tan Jones, en el desfile de Gucci P/V 2020. © Imaxtree

En el desfile de Gucci que cerró la última semana de la moda de Milán, una luz roja baña un espacio dividido por cuatro pasarelas eléctricas, como las de los aeropuertos. Aquel ambiente –interpretado por algunos como un horno y como un burdel por otros– da paso a una luz cegadora (de hospital... psiquiátrico). Veinte modelos circulan sobre las cintas con la mirada perdida y visten al estilo de los enfermos mentales: de blanco y luciendo múltiples interpretaciones de la camisa de fuerza –monos, anoraks, batas–, aderezadas con hebillas, cintas y nudos. Entre ellos (como muestra la imagen sobre estas líneas), la modelo de género no binario Ayesha Tan Jones, que muestra al público un mensaje escrito sobre la palma de sus manos: "La salud mental no es moda". A continuación, otro fundido a negro –de verdad, parece una película–, y vuelve a hacerse la luz. Finalmente, comienza el espectáculo de "fantasía, nostalgia y postmodernismo" del desfile de Gucci, como lo calificó ShowStudio. Según ha explicado Alessandro Michele en una entrevista, exhibiendo a esos 'locos pretendía representar una especie de borrón y cuenta nueva, de liberación, para luego mostrar una colección donde combate por primera vez esa idea de "lo sexy" con la que él creció en los noventa. Además, en la nota de bienvenida que envió por e-mail a los asistentes, el director creativo de Gucci citaba a Michel Foucault y su teoría de la biofísica, así como el modo en que el grupo social dominante "impone conductas y caminos, en que prescribe los límites de la moralidad". Michele busca romper las reglas, pero intenta comprenderlas. 

 

PARA ENCERRARNOS

Este comienzo del desfile de Gucci no fue del todo casual. 2019 ha sido con toda probabilidad el año en que más se ha cuestionado la salud mental de la moda. Y es que el artículo que Business of Fashion publicó en 2016 titulado "¿Tiene la moda un problema mental?" ha mostrado sus secuelas este año. En agosto, el mismo medio recogió otro tema llamado "Sobre la prolongada epidemia de salud mental de la moda", donde abordaba que la costumbre de ampliar los contratos de prácticas ya finalizadas y de puestos junior a la que se enfrentan los profesionales de la moda más jóvenes puede tener efectos perjudiciales sobre su salud mental (estrés, ansiedad, depresión...).

Por la cantidad de suicidios y trastornos psicológicos que se viven en este sector, incontables medios también se aventuraron a abrir el melón. Un mundo extremadamente glamuroso donde diseñadores, estilistas, periodistas y otros profesionales trabajan con una presión descomunal, agobiados por la competencia y los plazos de entrega, presupuestos minúsculos, altísimas expectativas y sueldos descompensados que ellos equilibran con un amor a la profesión desmesurado.

Un amor alimentado, con frecuencia, por un entorno deslumbrado por este empleo que da acceso a cosas reservadas a pocos mortales y jefes que niegan aumentos salariales ante reiteradas peticiones porque "es lo que hay y, si no te gusta, otra persona puede ocupar tu sitio en cinco minutos". También es normal trabajar gratis durante el primer año y, por bastante poco, el segundo. En El diablo viste de Prada, la protagonista escucha hasta tres veces lo de "un millón de chicas matarían por tu puesto". Y lo peor es que eso es rigurosamente cierto.

Mal de muchos, consuelo de tontos, pero sentido del humor que no falte. Instagram se ha convertido en un recurso maravilloso donde fashion insiders comparten las penas y alegrías cotidianas, con el apoyo de miles y miles de seguidores. 

 

 

¿SE GLAMURIZA LA LOCURA?

¿O acaso Alessandro Michele trataba de ser subversivo con el numerito de los enfermos mentales aderezado por la performance de Ayesha? Ninguna de las dos cosas. El diseñador pretendía expresar el leitmotiv de su desfile (y quizá unirse a la conversación de los medios sobre las locuras de la moda).

Lo cierto es que la activista actuó por su cuenta y riesgo, y según ha revelado, se garabateó el mensaje en el aseo, minutos antes de desfilar, sin que nadie conociera sus intenciones. "Como artista y modelo que ha experimentado su propio sufrimiento con la salud mental, y con miembros de mi familia y seres queridos que han sufrido depresión, ansiedad, trastorno bipolar y esquizofrenia, resulta doloroso e insensible que una gran casa de moda como Gucci use este imaginario como concepto para un momento fugaz en la moda", explicó en Instagram junto a una foto de su protesta.

La actriz Hari Nef, presente en el desfile y amiga de la marca, declaró que se trataba "más de un recordatorio provocativo sobre la sumisión que de una glamurización de la locura". No obstante, en sus cuatro años en Gucci, Michele ya ha sido acusado de apropiación cultural y de representar el blackface en sus colecciones, llevando a la marca a establecer un consejo para la diversidad y la inclusión. ¿Te parece exagerado? Si piensas que cada decisión en esta industria puede representar miles de millones de euros, quizá empieces a entender tanta locura.

 

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