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¿Eso es pata de gallo o príncipe de Gales? Así se diferencia el estampado de la primavera

Con un patrón propio de pastores escoceses al principio, se convirtió en símbolo de elegancia gracias al duque de Windsor. Tanto que Dior vistió con esta combinación su primera fragancia.

GALES ESTAMPADO
Diana de Gales, con su estampado no tocayo. O sea, el de pata de gallo.

A diferencia de lo que sucede en España, la pata de gallo ofrece una buena pista sobre su origen en los países de habla anglosajona. Allí, su nombre le dedica una descripción incluso peor que la española –houndstooth (diente de sabueso)– pero también es denominada shepherd's check (cuadro de pastor), pues muchos señalan su procedencia entre rebaños de ovejas de las frías Lowlands escocesas durante el siglo XIX. No obstante, se trata de su interpretación moderna, puesto que en 1920 se descubrió en Suecia 'la capa de Gerum', una prenda de pata de gallo datada entre los años 360 y 100 a. C., que permanecía oculta en el interior de una turbera. Pero lejos de ser un hecho aislado, también fue encontrada una sarga de lana con este motivo en Donbaek (Dinamarca), procedente del siglo III.

Masculina y pacifista

dior pata de gallo
Cara Delevingne, vestida de Chanel y pata de gallo.

En cualquier caso, en Escocia estuvo reservada a los hombres durante su época de mayor apogeo; hasta principios del siglo XX no se extendió al armario femenino. ¿Y cómo logro mantenerse tantos años en boga la pata de gallo sin ayuda femenina? Probablemente, debido a que nunca llegó a ser adoptado por un clan concreto.

Dos siglos atrás, si alguien osaba a lucir el tartán de un clan ajeno, existía el riesgo de que sufriera un buen escarmiento, de ahí que la pata de gallo constituyera la opción preferida de quienes no quisieron o no pudieron probar su pertenencia a un clan específico. De este modo, se convirtió en un tejido estratégico para evitar conflictos: era interpretado como un mensaje político. 

 

Éxito 'made in America'

pata de gallo chanel
Cara Delevingne, vestida de Chanel y pata de gallo.

Sin embargo, el cuadro pastoril no alcanzó el estatus de tendencia hasta 1933, cuando Alfred de Pinna lo introdujo en su legendario taller de costura neoyorquino (fundado en 1885). Lo aplicó a trajes masculinos donde aparecían combinados con cuadros gun club y otros tejidos de origen escocés, unos diseños que se ganaron el favor de la aristocracia inglesa y hasta gozaron de la influencia del Duque de Windsor a este lado del charco.

Ahí comenzó la primera ola de popularidad del motivo, que vivió su punto álgido en 1934, cuando Eduardo VIII apareció en una importante publicación de moda con traje de pata de gallo. La alta sociedad adoptó inmediatamente el tejido como símbolo de estatus, igual que el cuadro príncipe de Gales, el Fair Isle y otros hallazgos del marido de Wallis Simpson. Luego estalló la II Guerra Mundial, y su éxito cayó en picado.

Conquista femenina

La pata de gallo regresó en 1945 con cautela, aplicada a accesorios, hasta que en 1948 las damas de la época recibieron un empujón para adoptarla sin miedo: la colección de PV de alta costura de Christian Dior. Sus fabulosos trajes de tweed con pata de gallo en blanco y negro lograron ser el primer gran éxito de la firma.

Dior se enamoró de este estampado hasta el punto de utilizarlo para engalanar la botella de Miss Dior, su primera fragancia. También solicitó a Roger Vivier que elaborara unos salones para su firma con una versión pequeña en 1959. Con este motivo, asociaba su compañía a la elegancia y el lujo que seguía simbolizando el tejido.

Así, fue adoptado por las principales casas de moda y se convirtió en un clásico que vistió a árbitros de la elegancia como Coco Chanel o Audrey Hepburn. El motivo se agrandó y revoloteó entre los armarios masculino y femenino durante los sesenta. Sin embargo, las mujeres se apropiaron absolutamente de la pata de gallo en los ochenta; a fin de cuentas, resultaba más femenino y simpático que la raya diplomática en los trajes de ejecutiva.

El cuerno de la abundancia, la colección de OI 2009 Alexander McQueen, resume esta última parte de la historia con extravagancia, depresión y malicia: mujeres de clase elevada, con la silueta reloj de arena de los cincuenta, poderosas en su papel y a la vez atrapadas en su estética. Unas jaulas que nada tienen que ver con la libertad de los diseños que nos traen las colecciones este otoño invierno.

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