Manuel Jabois: "¿Creer en Dios? Me vale con mi madre"

En 'Malaherba', el periodista gallego escribe una novela tierna, divertida y turbadora sobre la mentira y el despegue a la adultez.

El periodista y escritor Manuel Jabois en la biblioteca de la perfumería Abanuc, en Madrid. Foto: Gema López.

 

El verano finta a Madrid. Chispea suave, como si hubieran pasado el agua por un rallador, y el cielo, del blanco fluorescente de una lámpara de oficina, aprieta los ojos. Manuel Jabois está empapado. No lleva paraguas y ha dejado jerséis y chaquetas en Galicia. Solo se ha traído el tiempo.

Jabois siempre vuelve a casa. En tren, avión o teclado. En Malaherba, Tambu, un niño de diez años, se hace mayor en la Galicia ochentera. El Corte Inglés de Vigo, con sus escaleras mecánicas y su perfumería, es la tierra prometida, los descampados deben ser barridos de jeringuillas antes de jugar al fútbol y su padre acaba de morir por primera vez. Con Elvis, su vecino, se hace mayor. Aprende que jugando puede dejar de jugar. Lo que ya es y ellos ya intuyen no necesita ser nombrado.

En Tambu viven Daniel, el Mochuelo, Holden Caulfield, Los niños terribles y todo el Jabois de Manu, el diario que escribió para su hijo cuando aún solo sabían de él lo que chivaban las ecografías. En Malaherba ritmo y estilo se acoplan. Galopa la reflexión rápida, la anécdota con giro, la hipérbole que desarma y el símil tan aguzado que hace de las palabras imágenes. 

Haber escrito una novela le saqueó las horas de sueño. En cuanto llegara a las librerías, no podría modificar las páginas. Con las columnas y reportajes, si aún no ha llegado el cierre, puede limpiar, atornillar. Con Malaherba ni quería ni podía. El repaso habría secado el estilo. “No puedo releerme. Me da muchísima vergüenza. Es una inseguridad enfermiza. Yo cuando escribo un artículo que intuyo que está mal o que ni fu ni fa se lo envío a algún colega y le pregunto si es publicable. Tengo miedo a que no pase un mínimo, pero ser sublime todos los días es imposible. Yo no tengo miedo a no hacer las cosas muy bien: tengo miedo a hacer las cosas muy mal. Siempre tengo muchas inseguridades acerca de eso: no de que las cosas no sean excelentes, sino de que las cosas sean humillantes. Una de las cosas de las que más orgulloso estoy es que ya puedo leerme sin pegarme un tiro, pero nada anterior a 2011, 2012. Había escrito verdaderas aberraciones. He ampliado mi período de caducidad. Me ha costado 15 años releerme con tranquilidad, sin decir ‘Dios mío, quién es este gilipollas que está escribiendo cosas’. Hay algo feo en que te guste leerte o escucharte. Tampoco conviene hacerlo mucho porque normalmente acabas estropeando las cosas. En este libro, por ejemplo, la voz narrativa es la de un niño de 15 años. Si me hubiera releído y corregido, probablemente habría estropeado el tono”.

  

¿Cómo lo cogiste? ¿Prestaste atención a las conversaciones de tu hijo?

Mi hijo es más pequeño. Sí he hablado con varias madres de niños de diez años para saber cómo se referían, por ejemplo, al pito. Dice “pito”, no “polla”. Mi hijo el otro día lo dijo, pero no lo dijo dentro de su lenguaje, sino como “voy a decir una palabrota”. Tampoco en el período en el que sucede la novela eso se usaba la palabra. Muchas de las anécdotas acerca del sexo son reales. El paseo por una playa nudista es de los hijos de una amiga mía, la madre del niño que está obsesionado con los pechos es una amiga mía. Son cosas que ocurren y que hay que llevarlas de forma natural. Se habla mucho de la adolescencia, pero esta franja en la que se deja de ser un niño para empezar a meter la cabeza en otra fase es muy interesante.

¿Cómo fue la tuya?

Tuve una infancia superaburrida, felizmente aburrida. Cuando ocurren situaciones extremas en la vida de un niño, el niño no las digiere de golpe, sino muy poco a poco. Los niños no son tan tontos, pero les encanta fingir que son tontos porque no están preparados para asumirlo. Quizá una de las frases más esclarecedoras del libro es “nos pueden prohibir saber, pero no intuir”. Mi familia es bastante aburrida, gracias a Dios, pero cuando ocurría algo extraordinario los primeros protegidos éramos nosotros. Y a mí me interesa muchísimo ese momento en el que no te quedan fuerzas o en el que seguir disimulando ya es ridículo, que es lo que le ocurre a Tambu en tres meses. La primera escena es de una salón limpito que resulta que no está tan limpio.

 

He leído que tenías una primera frase que te gustaba mucho y un final que te encantaba. Faltaba la novela. ¿Dónde la encontraste?

En las reacciones histéricas que hubo con respecto a unas cabalgatas de los Reyes Magos en Madrid de temática LGTBI. Ya estaba escrita la primera frase y tenía el final, pero no había historia en medio, podría haber sido una novela de adultos, una historia del Chicago de los años 20. Pero tras aquello me llamó la atención no tanto la reacción acostumbrada de la derecha, sino la de muchísima izquierda, supuestamente progresista, que decía que a los niños tampoco los metiéramos en esta historia. Siempre me llamó la atención esa idea: que sí, que el día del Orgullo, pero no, los niños son muy pequeños, no los metamos en esto. A partir de los cinco años a los niños se les pregunta si les gusta alguna niña en el colegio. A partir de esa pregunta se establece qué es normal. Lo otro pasa a ser anormal. Me interesó siempre la idea de explicar a los niños las distintas opciones sexuales, el hecho natural de que a un niño le puede gustar otro niño. Y he observado a muchísimo progresismo decir “dejémoslos”, pero si dejas eso, si no intervienes, dejas instalarse “la normalidad”. Fue la espita que desencadenó la historia. Quería contar la historia de un niño de diez años al que le empezase a gustar otro niño.

 

Tambu dice que estaba “tan aburrido que casi me pongo a llorar”. En Travesuras de la niña mala, de Mario Vargas Llosa, el protagonista solo supera las rupturas saturándose de trabajo. ¿Sin ociosidad no hay dolor?

Yo de niño tenía muchísimos momentos de aburrimiento. Estaba solo, tenía una hermana de dos o tres años. Con los clicks podía estar cinco horas jugando. Él se mete debajo de las sábanas para desaparecer y yo eso lo hacía muchísimo para llamar la atención. Yo creo que llorar es bastante bonito, sobre todo cuando se puede elegir llorar.

 

¿Para qué sirve?

Sirve para que la gente se fije en ti, para quedarte bien cuando acabas. Es la misma sensación de bienestar que cuando acabas de gritar. Yo antes lloraba muchísimo. Hace cuatro o cinco años paré. Era como si el dolor del mundo se me metiera en el cuerpo.

 

¿Pensabas en atrocidades y llorabas?

Sí. Me pasaba a menudo, una o dos veces al año.

 

No es mala media. Volviendo al miedo, el padre de Tambu quería ser periodista para “decirle a la gente lo que es verdad y lo que no” y él, tras oírlo, se quiso “hacer pipí encima”. ¿Tanto te repele el periodismo?

Al principio el padre era periodista. No me repele, pero es un objeto muy bonito del que poder reírte. El periodismo es el encargado de modelar el mundo y de decirle a la gente lo que es verdad y lo que no, sobre todo ahora, que estamos llenos de verificadores. Me gusta meterme con el periodismo porque me gusta meterme con las cosas que más quiero y el periodismo quizá sea la cosa que más quiero del mundo. Me hace muy feliz. Escribí este libro para pasármelo bien.

 

¿No te impone que la gente acuda a ti para configurar parte de sus pensamientos?

Ese es uno de mis trabajos, que la gente sospeche que no tengo razón aunque lo que esté contando sea verdad. Por eso lo hago con humor, con mucha ironía. Tengo el privilegio de poder contarlo en un formato muy frívolo: la columna, una contracrónica. En los reportajes sí te pones serio, es tu responsabilidad. Pero yo creo que necesitamos quitarle al periodismo la sagrada misión de redefinir los límites del mundo. Es peligroso. No digamos ya en el estado en el que está el periodismo.

 

Tu perfil en la columna ha cambiado bastante, se ha suavizado. ¿Ha sido una decisión consciente?

Siempre he escrito como he vivido. Escribir las cosas con 40 años como las escribía con 20 es un poco ridículo, pero sí intento escribir de lo que más me divierte. A lo mejor me está divirtiendo ponerme serio, aunque sea de aquella manera. Además, meter humor cuando te estás poniendo serio es mucho más divertido. Otra cosa es que la gente no entienda o no capte la ironía. Antes leían los periódicos lectores de periódicos. Ahora los lee cualquier tipo de lector. Para nosotros es bueno porque son más lectores, aunque no dejen ningún dinero, pero para el articulista o el periodista es terrible. No se entiende un doble sentido, el 80% de los comentarios de Facebook o Twitter hacen referencia a lo que el periódico ha decido extractar del artículo. Se pierde la capacidad para interpretar. Es gente no acostumbrada a leer, pero sí a las redes sociales, a poner fotos, a poner likes, a dejar comentarios en un muro.

 

¿No te terminan calando?

No. Hay una tendencia natural a que sean los más ignorantes los que más ruido hagan. 

 

¿De quién sí te importa la opinión?

De cinco o seis personas concretas, algunas de las cuales llevan opinando sobre mi trabajo desde, no sé, 2002. En 2005 monté un blog. Tenía muchísimos comentarios en 2008, estoy curadísimo de espanto.

 

Rebe habla sobre la importancia de hacer las cosas por otra persona, para que otra persona se sienta orgullosa. ¿Quién es la tuya?

Mi madre, la persona a la que le dedico el libro. Ella no lo sabe, pero me ha salvado la vida muchas veces. Me ayuda a tomar decisiones pensando “joder, qué va a pensar mi madre”. O “qué vergüenza si lo ve mi madre”.

 

Casi es tu madre como Dios, de quien hay mucha presencia en el libro.

Sí, mi madre me mantiene ahí. Sus circunstancias fueron muy difíciles, me tuvo muy jovencita y sacrificó su vida y sus estudios. No quiero que vea a su hijo escribiendo cualquier mierda o sin escribir o robando o acabando en una banda criminal. Me ha ayudado mucho. Y yo creo que es muy difícil desligar la infancia de Dios. Nosotros íbamos a catequesis como íbamos a clases. Yo hice la confirmación. A mí me confirmó Rouco Varela. En todos los niños de mi época la presencia de Dios era continua. Hay una cosa que no conté, pero te la puedo contar a ti: yo recuerdo, fíjate qué presencia tan obsesiva, que jugando un partido de tenis le dije a Dios “te prometo que si gano, no me haré una paja en una semana”. Estuve como seis días muriéndome de ganas y en el sexto, me toqué la polla y me corrí. Te hablo de cuando tenía 13 o 14 años. Hacía este tipo de cosas.

Foto: Gema López
 
¿Le hacías promesas a Dios?

Le hacía promesas a Dios. Me tragué todo. Era el niño más tonto de la historia. Tambu hace referencia porque es un mundo que conozco bien: la catequesis, la confesión. Yo me confesaba.

 

¿Ahora no crees en Dios?

No, en absoluto. Me basta con mi madre. 

 

¿Qué te hizo dejar de creer? 

El ridículo de haber creído, supongo. Yo respeto mucho las creencias. Hablando de mi madre, ella es de misa semanal y de ponerle velas. Líbreme Dios de meterme con los creyentes, pero yo tengo sensación de ridículo por haber creído. Eso es lo que me hace no creer. 

 

Además de a tu madre, ¿tenías a algún autor en mente, como referencia, para Malaherba?

No, en ninguno concreto. Cuando ponía un nombre y dos apellidos sí pensaba en Ray Loriga, en Lo peor de todo, que es un recurso que él utiliza. Cuando piensas en un adolescente que narra, piensas en Salinger y en El guardián entre el centeno, pero yo me centré en el tono y la escritura de Manu, rápido, de una felicidad casi repugnante. Aquí podía aprovechar el tono festivo.

 

Pero tiene algo, ligero, de reivindicación, de tema social.

Puede verse por ahí, pero no lo sé. También te digo que no soy consciente de muchas cosas que hago y luego se interpretan de una manera u otra. Evidentemente, me interesa que si este libro puede servir para normalizar ciertas cosas, que sirva. No podía conocer la infancia de un niño de esta época. Ha habido una brecha brutal. Son marcianos. Tengo un hijo de seis años que para mí es como si tuviera 13 o 14.

 

¿Por la madurez?

Por la madurez, los cojones. Por el conocimiento que tiene de cualquier cosa. 

 

¿Tú recuerdas cómo eras de niño?

No tenía iPad, eso seguro. No tenía acceso a vídeos, no tenía VHS. Tenía un ordenador de sobremesa que aparece por ahí en la novela.

 

Tambu sí recuerda la primera vez que vio a su padre cantando. 

Sí, me gusta mucho esa reflexión. Con perdón, que la escribí yo, aunque no es mía, es de una amiga. Yo no recuerdo la primera vez que vi a mi madre y es la persona más importante de mi vida. Casciari dijo sobre el amor una cosas hermosísima: no hay nada mejor para una pareja enamorada que descubrir tres años después que tu novia toca la guitarra. Tener unas capacidades ocultas es lo más parecido a ser dueño de un superpoder, que tiene que ver un poco con el libro: el hecho de tener algo oculto que solo aparece en momentos determinados, hacer cosas normales y poder sacarlas en momentos concretos. Como con una novia mía, que hacía licor café y me enteré pasado muchísimo tiempo. Esas cosas que requieren cierto talento para poder hacerlas, pero tú no las comunicas, en cuanto las demuestras tienen un aura de superpoder.

 

De vuelta a los recuerdos. Hay una parte de la vida que no es nuestra, que es de nuestros padres: nosotros no la recordamos. Cuando los padres se mueren, ¿se va parte de nuestra identidad? 

En cierto modo, sí. Pero te han ido depositando en otros círculos, te han ido subcontratando a amigos, a amores, a contextos profesionales. Te han dejado volar solo. Te hacen heredero de una cierta educación, de una cierta carga genética, de unos ciertos valores. Que se mueran cuando tengan 50 años, aun siendo durísimo porque habrán muerto jóvenes, no se llevarán de ti más que cuando tú tengas 50 o 60. 

 

¿No hay una expectativa de envejecimiento conjunto?

No, hay una pena porque no puedan ver lo que tú haces, que yo creo que, en ese sentido, nos gusta mucho tener unos espectadores de privilegio de nuestra vida.

 

El padre de Tambu les dice a él y a su hermana que no destaquen. ¿Y esa apología de la mediocridad?

El aura mediocritas, la mediocridad dorada. Eso nunca lo expresó verbalmente mi padre, pero yo creo que lo piensa. Estamos en un grupo, alguien en el escenario pregunta “¿quién sabe esto?” y yo te juro que levanto la mano y a mi padre le da un infarto. Aunque lo sepa. Siempre, bajo perfil. 

 

¿Por qué?

No lo sé, se pone muy nervioso. Me escucha en la radio y se levanta para no escucharme. Se pone fatal. Claro que le gusta que destaques, como a todo el mundo, pero a posteriori, cuando has destacado, no cuando estás destacando. Ni el último ni el primero, nada de llamar la atención. Mi padre odia llamar la atención y que la llame yo. Si la gente va desnuda a una boda, ve desnudo.

 

¿Y eso lo has asimilado tú, el no querer llamar la atención?

Yo lo paso fatal. Ese comentario del padre lo firmo y lo refrendo. En las reuniones del periódico espero al tercer o cuarto turno. Poco a poco he ido quitando del medio esa sensación, pero hace cuatro o cinco años me metía debajo de la mesa. Lo paso muy mal cuando involuntariamente llamo la atención.

 

¿En el colegio tampoco hablabas?

Todo lo que estoy contando era así también en el colegio. Era la cosa más inadvertida del mundo. 

 

¿De qué grupo eras?

Yo creo que más tendiendo a pardillo. No era de los guais ni de los malotes. No me peleé nunca. En clase me echaban de vez en cuando. Estaba más cerca, por las compañías, quizá de la zona mala, pero mi intento de pasar desapercibido era igual. Recuerdo más cosas del cole que de lo que pasó la semana pasada. Tienen que transcurrir diez años para empezar a recordar con claridad. A lo mejor el dolor cubre el recuerdo como para no hacerte daño y tal y cual.

 

¿A la universidad llegaste a ir?

A un trimestre de Derecho. Y aprobé una asignatura, ¿eh? Eran cuatro. Aprobé Derecho natural. 

 

¿Derecho?

Era lo que iba a estudiar. ¿Por qué? ¿Te sorprende?

 

Creía que habías empezado Filología.

En segundo año, pero nunca fui. 

 

Entonces, ¿seguiste el consejo del libro que dice algo así como “no estudies, pero lee”?

Ese es un consejo a posterior y basado en la ficción porque no me lo dijo ni Dios. 

 

¿Tú lo darías?

No. Estudiar no es solo leer, sino que es perfectamente compatible con leer. No, cómo voy a dar ese consejo. Yo he tenido en la vida una suerte que te cagas.

 

¿Solo suerte?

¿Tú qué crees?

 

Que también se necesita talento. 

Bueno, pero ¿cuánta gente con más talento habrá por ahí? Siempre hay que pensar que tienes suerte para poder tener los pies en la tierra, para cuando se acabe, por ejemplo. Yo sí que creo que tengo talento, pero uno trabajado, ¿eh? No te creas que al principio escribía bien. Pero luego he tenido mucha suerte. He estado 15 años en un periódico local, cobrando mil pavos. No he caído del cielo. Pero podría haber seguido allí, me podrían haber echado de allí. Y, sin embargo, tuve la suerte de acabar en un periódico importante y con un reconocimiento por parte de los lectores. Lo achaco a la suerte. 

 

Rosa Belmonte contó en La Cultureta que creía que habías sido tú el que había comenzado a escribir en el periódico tras mandar cartas al director, que acabó diciendo "oye, deja de escribirme cartas y escribe de verdad". 

¿Quién contó eso?

 

Rosa Belmonte. 

Ah, sí, yo hacía eso. Escribía cartas al director. 

 

¿Y así comenzaste?

Más o menos. Esa es una versión un poco más literaria. No lo recuerdo, pero como corresponsal en Sanxenxo empecé porque mi abuelo estaba buscando a alguien y no aparecía nadie: eran 50.000 pesetas, que ahora es una fortuna, y exigía un trabajo casi full time. Yo utilizaba las cartas al director para todo, hasta para volver con una novia. Era una cosa un poco patética. Pero lo de Sanxenxo fue así. Empecé a trabajar ahí por eso. 

 

¿Quién era tu abuelo?

Mi abuelo era pescador y también fue corresponsal del Diario de Pontevedra, pero eso no lo cobraba. Desde los 60 a los 80 escribía las novedades del pueblo y a cambio le regalaban el periódico. Tras otros corresponsales, me lo dieron a mí. Lo cogí a espaldas de mi familia porque tenía que estar estudiando.

 
He leído que escribiste Manu por tu hijo, para que luego lo leyera. 

Sí. Es bonito, ¿no?

 

Como un álbum. 

Sí. No podíamos hacerle fotos porque estaba en la barriga, pero podíamos contarle lo que pasaba. Fuimos sus corresponsales. 

 

En la Tierra. ¿Has pensando en lo que él va a pensar cuando lea Malaherba?

Creo que cuando él lea estas cosas sabrá que su padre es escritor o periodista. Me preocupa más cuando lea Manu

 

Cuando escribes siempre vuelves a Galicia. 

Es lo que mejor conozco. Pero si te fijas, no está muy alumbrado.

 

Está El Corte Inglés de Vigo. 

Eso me gusta mucho. El Corte Inglés de Vigo era para nuestra generación como Inditex para la actual, era el gran motor económico. ¡Tenía escaleras mecánicas! Había que ir a Vigo para ver escaleras mecánicas. Era importantísimo. Y trabajar allí era la hostia, supongo. En la novela tienen mucha importancia, si te fijas, los olores. O el fregadero. Los tres grandes momentos ocurren cuando hay un ruido del fregadero. Da unidad el puto fregadero. Tras detectarlo, la tercera vez fue deliberada. Pero de los olores se dio cuenta mi editora. Soy rarito con los olores. Creo que en mi familia tenemos problemas de respiración, o sea, que cuando hay un olor muy fuerte, respiro mal. Y me fijo mucho. Supongo que tendrá que ver con mi gran nariz. El mayor problema que podría tener yo ahora mismo sería oler mal. Soy muy quisquilloso con la higiene. 

 

Con tu imagen, en general. 

Mi imagen ya me dejó de pertenecer. Me da un poco igual, pero en eso tengo mucho cuidado. Mira, por ejemplo, tengo las uñas largas porque me da grima cortarlas. Me crecen rapidísimo. Tengo que cortármelas, sobre todo, para escribir en el iMac. 

 

Si se escribe con las yemas. 

Pero si las tengo largas de verdad me molestan. 

 

Hay un límite. No puedes tenerlas largas "de verdad". 

Ya lo sé, joder, pero las he tenido mucho más largas que esto. Me da grima. Me las cortaba mi madre cuando dormía. Hasta los catorce o quince años me las cortaba ella.

 

¿De verdad?

Te lo juro. Me da grima porque me imagino sin uñas rozando la pared. Ahora las corto, qué voy a hacer. Pero por el qué dirán, ¿eh?

 

Te las podrías limar. 

Las corto y las limo después. 

 
Bien. Malaherba. También tiene la novela mucha épica, mucha hipérbole. Creas una aventura en cualquier anécdota. 

Sí, en la infancia cualquier cosa que hicieses era el final del mundo. 

 

Pero no es solo de la infancia. Es propio de tu estilo y de tu voz.

Ah, eso sí, porque tengo una vida muy aburrida y tengo que inventarme dramas. Pero este niño cuenta la historia como si hubieran pasado tres siglos: dice “hace mucho que no me peleo, por lo menos dos semanas”. Yo no sé cómo están las cosas ahora, pero estos niños estaban pelándose todo el rato, había palizas. 

Ed. Alfaguara
 
¿El dolor por el que pasa sirve para algo?

Para sentirte mejor, ¿no? Yo creo que la capacidad de sentir siempre es positiva. La tragedia viene cuando ya no sientes nada, cuando no te importan las cosas. Yo creo que está muy desprestigiado el dolor, el sufrimiento, y es una forma de estar vivo. Una peor que estar eufórico y contento y enamorado, pero al menos es estar vivo. Dejar de sentir dolor es el paso a la muerte. No quiero glamurizar nada de eso, pero sí me da un poco de pánico la gente a la que le pasan cosas y se mantiene imperturbable. Ole si es su forma de canalizar el dolor, que puede ser, pero si realmente no existe ese dolor, algo va mal. No es natural. Me estoy metiendo en terrenos muy complicados.

 

Tambu está en catequesis y le preguntan cuál es su idea del infierno. ¿Cuál es la tuya?

Tengo muchas. Que exista. Supongo que es la idea más cercana que tengo. Que exista de verdad, como se nos ha explicado. La idea de la eternidad. Creo que la eternidad es lo más parecido al infierno. No soporto la idea de lo eterno. 

 

¿No te gustaría vivir para siempre?

Qué pereza. 

 

¿Las cosas necesitan ser más efímeras para que tengan valor?

Sí. Y no regularizarlas, no normalizarlas. Es como la Copa del Mundo: tiene que ser cada cuatro años para que tenga valor, no cada puto verano. 

 

Regresando a los padres. Dice Tambu que ser padre es mentir todo el rato. Eso no es malo, ¿no? A veces es necesario.

No, no. Es que mentir no es malo per se, ¿no? ¿Cómo sería la vida sin la mentira? ¿Qué estaríamos haciendo tú y yo si no nos mintiésemos ahora mismo? Nos tenemos que mentir necesariamente. No constantemente, pero sí necesariamente. Es un instrumento social para mantener el orden y la civilización. Vivir es contenerte todo el rato. Por eso es tan bonito tener amigos muy íntimos o una persona enamorada cerca: los ejercicios de contención son mucho menores y se puede ser uno mismo. Pero ser tú mismo también es contenerte, uno es uno mismo en la medida en que sabe contener ciertas cosas, desde los impulsos y los deseos a las palabras y ciertas verdades que te asoman de vez en cuando al cerebro. La mentira, desde la piadosa a la que prolonga la inocencia del niño, es necesaria. ¿Cómo le vas a decir a un niño de cuatro años la verdad de todo? Lo metes a hostias en la vida adulta. 

 

Cuéntame por qué, como dice Tambu, la gente que lo quiere ser todo en esta vida está condenada. 

No puedes ambicionar todo, no puedes poner un pie en un lado y en el otro. Yo creo que el que pretende ser más de lo que está destinado a ser está condenado. Es más importante saber para lo que no vales que para lo que sí. Y ahora me preguntas: ¿y tú para qué no vales?

 

¿Y tú para qué no vales?

Pregúntame para qué valgo, mejor. 

 

No. ¿Para qué no vales? 

Para nada. Menos para escribir, que más o menos voy sacando mi vida a flote. Por lo demás, para nada. Me da asco hasta conducir.

 

¿Cómo te mueves? 

En avión, en metro y en taxi. 

 

¿Coges el metro?

Claro. Lo conduzco yo. Es mío. Tengo un metro privado.

 

Hay otro momento en el que Tambu habla de cómo los niños persiguen a las niñas.

Sí, para meterles mano. Es el momento en el que realmente sabes que pasa algo, pero ni siquiera sabes qué es una teta. Recuerdo eso en mi clase. Ese machismo estructural que empieza ahí, en el momento en el que el niño decide disponer del cuerpo de la niña a su antojo, quiera ella o no. Como en un documental de National Geographic: las niñas empezaban a desarrollarse y de repente unos cuantos estaban como locos a su alrededor, molestando, acosando, tocando. 

 

¿Crees que eso es algo natural?

Las niñas no persiguen a los niños. Algún tipo de marco estructural se impone para que esto ocurra así. No es solo la ventaja física. Cuando se hacen un poco mayores la curiosidad es compartida, pero cuando se empieza a crecer el niño comienza a mandar más, a imponerse. Es una época salvaje. Yo recuerdo la primera chica de la clase que se morreó y se dejó tocar las tetas. Era a la que todos iban a poder tocárselas como cuando ibas a Fátima. Yo recuerdo a una chica en un callejón con cuatro chicos haciendo cola para poder morrearse con ella. Ella obtenía el placer y en la mente de todos los niños aparecía la palabra "fácil". 

 

¿De dónde crees que viene el complejo de culpabilidad? ¿Solo de la religión?

Y de cómo te haga sentir la gente. Depende de tus referentes familiares, de tus referentes culturales. La imagen de un niño en un callejón con una cola de niños era la imagen de un héroe y la de una niña era la imagen de una puta. Y esto es una desgracia. Yo creo que ahora mismo no ocurre como antes, pero sí que tengo amigas con niñas que me cuentan que ha cambiado muchísimo, que hay una cierta liberación. En el momento en el que dejas de sentirte culpable es una forma de dar un paso para decir “estoy aquí con tanta legitimidad como tú para poder disfrutar de estas cosas”. Al liberarte de eso también te llena de un cierto poder o de una cierta fuerza.

 

Decías en una entrevista que la obligación de un escritor era no ponerle deberes a los lectores. Les has puesto un poquito a los de Malaherba, ¿no? Temías que no se entendiera. 

Sí. No hay que ponérselos nunca, pero sí excitar su curiosidad. Eso nos ocurre con las mejores películas o con las mejores series. Las estás viendo y ya estás en Google indagando. También tiene que pasar con las novelas. Probablemente me refiriese al vocabulario, a escribir de forma que obligues al lector a aprender palabras nuevas en cada página. Si eso pasa cada dos páginas, te aparta de la lectura. 

 

De hecho, tu estilo siempre es muy sencillo, muy limpio, descomplicado. ¿Es un esfuerzo extra la limpieza?

Sí, pero tampoco te creas tú que tengo la capacidad de hacer una cosa más compleja. He sido muy barroco. Con 24 años asociaba escribir bien a llenarlo todo de adjetivos. Cómo voy a estar orgulloso de la novela que escribí a esa edad. Es como preguntarle a Federico Jiménez Losantos por su pasado maoísta. Pero la tan traída frase de Pla: la ventana es verde. Y ya está.

 

Y ya está la entrevista. Salvo que tú, como la cita de Xacobe Casas que encabeza la novela, vayas pensando, al conocer a alguien, en si vas a ser su veterinario o su carnicero. ¿No es más natural temerlo de ellos?

No se consigue nada siendo carnicero. No he conseguido nada haciendo daño, nada desde el odio, desde el resentimiento. Uno de los mejores reproches que me hacen es que no respondo al ataque. Responder a los comentarios te puede servir los primeros cinco minutos. Fuera de internet, la idea de poder hacer daño a alguien involuntariamente me quita el sueño. No quiero ser Mr. Wonderful, pero cuando mejor me ha ido es cuando me he centrado en mí y no he contestado a nadie, cuando he centrado mis esfuerzos en mí.  

Escribes sobre algo parecido, sobre cómo todos somos malos, pero no todos somos crueles. 

Sí. La maldad es muy divertida, pero ser cruel es aplicar la maldad y joder. Una maldad tomando una copa, una broma, está bien. Lo que está mal es transformarla en algo real. Este del periodismo es un oficio de cuchilleros. He visto tantas cosas miserables: gente inventándose cartas al director para joder a un compañero. Imagínate llegar 20 minutos antes al trabajo para hacer eso. Debes de tener una vida de mierda. 

 

¿La crueldad es la racionalización de la maldad?

La crueldad es contar secretos, reventar relaciones, fastidiar amistades, enseñar un vídeo privado. En el momento en que lo descubres, te quedas más tranquilo porque sabes que no eres como ellos. Es una paz de la hostia.

Charo Lagares

Charo Lagares

Iba para registradora y le dio por pensar que el dinero no daba la felicidad. Ahora quiere ser como Dorothy Parker. Solo ha conseguido sus ojeras.

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